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Es viernes por la tarde, ya terminó el horario de trabajo. Sin embargo aun sigues allí. Como si necesitaras salir de a poco del ruido, de los apuros, de las voces que te rodearon desde el lunes. Piensas: unos minutos, para retomar el aliento y ya me voy.
Yo había olvidado una carpeta con documentación, por lo que apuré mi regreso a la oficina antes de que cerraran las puertas. Con pasos firmes y rápidos atravesé los pasillos. Pero veo que por debajo de la puerta hay una línea de luz. Me detengo. Camino suavemente y sin hacer ruido giro el picaporte, empujo la puerta y tu imagen recortada en la silla me da la espalda. Vuelvo a detenerme, y te observo. Esbozo una sonrisa y meneo la cabeza al verte, cansado, con los ojos cerrados, como si estuvieras mirando tus pensamientos.
Sigilosamente me acerco y pongo mis manos sobre tus hombros. Reaccionas con una inspiración profunda.-¿Cómo estás? No es común verte así. Giras tu cabeza y con una sonrisa conciliadora me invitas a sentarme a tu lado.
–Descanso, hoy tuve un mal día y no tengo nada que hacer, entonces me voy despacio, sin apuros (mantienes tu mirada sobre la mía).
-Pues permíteme, te haré unos masajes en el cuello, verás cómo te recuperas.
Yo llevo un traje de falda corta celeste, blusa de seda estampada y un abrigo (que me quito para estar más cómoda).
-mmmm me entrego. Haz con mi cuello lo que quieras.
Me paro detrás de ti, restriego las palmas de mis manos para que se calienten y las coloco sobre tu piel. Dejas caer la cabeza hacia delante y con mis dedos recorro las vértebras y los músculos aun tensos. Llevo mis manos hacia tu garganta, es una mezcla de masajes con caricias. Mantienes los ojos cerrados disfrutando del recorrido que hago. Tu rostro está allí, esperando también ser acariciado, mis dedos lo presienten, y lo buscan con cuidado.
Cuando mis índices tocan tus labios, abres apenas la boca liberando tu aliento cálido. La música funcional acompaña el suave ritmo de la sesión. Buscas nuevamente mis dedos con tu boca y un pequeño mordisco los retiene. Los dejo allí, en la calidez que encontraron . -Oh! No sé si esto forma parte de la digitopuntura...... No me respondes. Sólo continúas saboreando mis dedos como si fueran un manjar. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Allí estábamos los dos, alargando el último día de trabajo. Un reloj Dalineano estiraba el tiempo para que lo vivamos juntos. Extiendo mi brazo hasta la tecla de la luz. La apago con la intención de que nadie pase por allí. Nuestros ojos tardan unos instantes hasta acomodarse a las penumbras.
Hace años que trabajamos juntos, pero nunca habíamos estado solos. Era una experiencia que ambos habíamos deseado desde siempre.
Continúo con los masajes, y tu te dejas. Abro apenas el escote de tu jersey y acaricio con cierta presión tus pectorales, que laten fuerte al ritmo de tu corazón. Mis dedos recorren tus hombros, tus axilas, vuelven hacia tu cuello. Prolongo el deseo apoyando mi mentón sobre tu cabeza. Escuchas cómo expulso mi aliento. Bajo mi cabeza y nuestras mejillas apenas se rozan. Nuestra bocas están muy cerca, ya se confunden las respiraciones haciéndose una.
En un movimiento rápido me tomas por la cintura y me sientas sobre tus piernas.–¿Y ahora? (me preguntas sabiendo la respuesta).
–Déjame seguir, aun necesitas más. Me acerco y beso suavemente tu nariz, tus ojos, tu frente, tus mejillas, tu mentón... mientras con mis manos acaricio tu nuca, tu me sostienes con tu mano derecha mientras que la izquierda sube por mis muslos. Sigo besando todo tu rostro, hasta que me detengo en tus labios... quedamos suspendidos en un deseo contenido. Siento la presión de tu boca y tu lengua que me penetra buscando la mía. Se encuentran y estalla un juego desenfrenado y loco. Todo mi cuerpo se ha preparado para sentir el recorrido de tus manos que se dedican a desprender los botones de mi blusa. Me acaricias como estudiando el terreno, recorres centímetro a centímetro mi vientre, mi abdomen, mis pechos, mi cuello... Siento un tirón en mis cabellos. Es tu mano derecha, para apartarme y poder sumergirte en mi cuello que lo besas presionando tu lengua. Disfruto de cada lamida . Bajas tu mano izquierda buscando mi sexo. Separo levemente mis piernas dándole lugar. Me vuelvo hacia atrás, y me besas los pezones, los muerdes, los succionas, los lames... siento como fluye la sangre por cada capilar. Pequeños gemidos se mezclan con la música que sigue sonando en el techo. Lentamente me incorporo, sacudo mis cabellos y sonrío. Tú me miras inquieto. Te pido que no te muevas. Me paro frente a ti y en una danza apenas perceptible voy sacándome la ropa. Sonríes, te gusta el juego. Intentas tocarme pero no te permito. Aceptas las reglas que propongo. Ahora te desnudo a ti, siempre mirándote a los ojos. Cada elemento que te quito te provoca más excitación .
Tomo tu corbata y ato tus manos por detrás de la silla. Con el pañuelo que llevaba en mi cuello cubro tus ojos. Y ahí estás, indefenso, inmóvil, pero confiado. Me agacho, te tomo un pie y lo llevo a mi boca. Sumerjo cada dedo y lo recorro con mi lengua. Tu piel se eriza. Sientes cada dedo como una extensión de tu pene que se yergue. Tu respiración se entrecorta . Voy al otro pie y repito. Otra vez tu columna se arquea ante los efectos del placer. Comienzo a subir marcando con mi saliva el territorio de tus piernas. Me detengo en tus rodillas y con pequeños mordiscos las separo. Los músculos de tus piernas están cada vez más tensos. Acaricio la parte interna de tus muslos con las yemas de mis dedos, aumentando tu excitación. Me siento sobre tus pantorrillas, sientes cómo patino con mi humedad en tu piel. Quisieras desatarte pero no puedes, entonces te dejas. Con ambas manos tomo el tronco te tu pene y lo acaricio. Tus testículos están firmes, llenos. Al fin lo que deseas: sientes un calor húmedo en tu glande, y mi lengua que lo saborea. Acaricio el vello de tu vientre con movimientos circulares, acompañando los de mi lengua. Te quieres incorporar.
–Por favor!, no puedo más ... ven!. Tienes la boca seca. Cada tanto mojas tus labios con tu lengua. Sobre el escritorio hay una botella de agua mineral. La tomo, doy un sorbo y mantengo el agua en mi boca. Vuelvo a introducir tu pene en un ambiente más fresco.
–Mmmmmmmm ven! Tomo otro sorbo y voy hacia tu boca. Te lo paso suavemente. Lo bebes y te acercas para besarme. Retiro mi rostro.
Me siento sobre ti, sobre tu pene que entra untándose en mis jugos. Levantas tu pelvis y te siento todo dentro mío.
Me echo sobre ti y desato tus manos, luego retiro el pañuelo. Tus manos fuertes recorren mi espalda y bajan hasta mis caderas. Me pellizcas, me palmeas, me aprietas... mientras te cabalgo.
Nuevamente bebo agua, y nuevamente te transmito un trago refrescante que se prolonga en un profundo beso. Estamos abrazados, somos un solo cuerpo hirviendo. Te levantas conmigo y me llevas hasta el escritorio. Empujas los objetos, que caen al piso, y me acuestas sobre la tabla. Te retiras un momento. No quieres que esto termine aun. Estoy tendida. Me tomas las piernas y las llevas a tus hombros. Bajas tu cabeza acariciando con tus cabellos mis entrepiernas y comienzas a pasar tu lengua por mi clítoris. Tus manos acarician mis piernas mientras me lames. Comienzo a sentir que vuelo, el placer del orgasmo que se acerca, que llega, que me provoca espasmos y que hace latir... –Ohhhhhh!!! Te gusta verme así. Retiras tu cara humedecida, y me tomas por la cintura incorporándome. Aun me tiemblan las piernas. Me giras y quedas detrás. Me inclinas sobre el escritorio y besas mi espalda mientras me acaricias. Nuevamente me penetras. Arremetes sobre mi, entrando y saliendo de mi vagina que todavía late. Tu respiración es cada vez más fuerte. Con movimientos cortos aceleras el ritmo. Estás a punto de correrte. Cierro mis piernas para disfrutes la presión. Retiras tu pene y echas un chorro caliente sobre mis glúteos. Suspirando, esparces tu semen por mi piel. Siento el peso de tu pecho que cae sobre mí. Y nos quedamos así hasta recuperar la respiración.
-¿Qué venía a buscar? Oh! Juro que volví por algo. En medio de sonrisas cómplices comenzamos a vestirnos nuevamente, para salir.
Al volvernos hacia la puerta, miramos el ángulo superior de la oficina. La cámara de televisión que da al sector de vigilancia estaba encendida. Bajamos la cabeza. Aunque ya era demasiado tarde para ocultarnos de los serenos.MUÑECA
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