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El verano se iba despidiendo calurosamente y la invitación de mi marido a ir al mar fue muy tentadora, aunque hace años que no tenemos más que una relación de afecto, solamente. El hotel contratado frente a la playa, donde había unas carpas en alquiler hacía presumir una semana tranquila y placentera.
Como el viaje en auto había sido cansador, apenas llegamos dejamos las valijas y fuimos al mar. Una playa casi vacía, abandonada por los turistas que regresaron a sus trabajos me esperaba para que la camine una y otra vez.
Pero lo que no imaginé es que aun es ese lugar, pudiera vivir una aventura nueva.
Frente a nuestra carpa, tres niños pequeños de piel morena jugaban, alguien, que aparentemente era su padre se acercó y preparó la merienda. Yo miraba cada movimiento desde mi reposera, en silencio, cómo preparaba su cámara fotográfica y partía a lugares desconocidos, mientras mi marido leía a la sombra. Pronto descubrió mi mirada, y también en silencio me miró fijamente.
Cada mañana, al llegar a nuestras respectivas carpas, sabíamos que seríamos mirados uno con el otro. Pero esa tarde, el fotógrafo se quedó. Armó su trípode, montó su cámara y comenzó a fotografiar a los niños. Yo estaba tomando sol, tomé la crema humectante y dejé que cayera sobre mi piel bronceada. Suavemente comencé a untarla sobre mi pecho, mi vientre, mis piernas..... el fotógrafo miraba silenciosamente cómo realizaba mi trabajo. Nuestras miradas ya tenían objetivo. Con una sonrisa cómplice giró levemente su cámara y apuntó sobre mí. Sentía su ojo sobre mi cuerpo, y con cada disparo sentía que penetraba sobre mi. Sólo nosotros sabíamos lo que hacíamos, sin hablarnos, pero con la certeza del deseo.
Esa tarde, en que mi marido leía una novela de Chase, lo miré fijamente, luego me incorporé, tomé mi walkman, coloqué un cassette de Natalie Merchand y partí hacia la playa a caminar. No había casi nadie, las olas que entraban acariciaban mis pies desnudos. La música, el mar, el cielo diáfano. Al cabo de un rato, algo cambió. Por el rabillo del ojo veo dos piernas fuertes que caminan a mi lado, siguiendo mi ritmo. Levanté mi mirada y encontré la sonrisa del fotógrafo indiscreto.
Caminamos sin pronunciar palabra. No era necesario que nos presentáramos. Dejé mi walkman en un costado y nos internamos en el mar, entre las olas que golpeaban nuestros cuerpos, y en medio de risas nos besamos profundamente. Sentíamos cómo nuestros cuerpos no obedecían a nuestras mentes, cómo nuestras manos buscaban locamente acariciar al otro.
No regresamos por el mismo camino, nos desviamos hacia donde estaba estacionada su trafic. Entramos por la parte trasera, también en silencio. En el piso había un colchón (tal vez para que duerman sus hijos). Nos sentamos frente a frente, él acomodó mis cabellos despeinados con sus manos cuidadas, y se acercó a mi cara.. Me besó suavemente y con su lengua retiró la sal de mis labios.
Con mis manos le indiqué que se recostara. Que no hablara, que sólo mirara como lo hace con su cámara. Me arrodillé, y me saqué la bikini. El sol había bronceado mi piel dejando sólo las marcas de la bikini. Me sentí segura. Me incliné sobre él y comencé a lamerlo, lentamente, su cuerpo salado se erizaba, sus ojos estaban cerrados y su boca entreabierta exhalaba un jadeo tibio.
Retiré su short de baño, dejando liberado su pene que parecía un obelisco, firme, ansioso. Desde los pies, comencé a transitar por sus piernas. Sus muslos estaban tensos, aunque su rostro se veía relajado. Tomé con mi mano derecha su pene, y acerqué mi boca, lo humedecí con mi saliva y lo pasé por mi cara. Desde ese lugar veía su pecho latir. Sus brazos abiertos. Estaba dispuesto a sentir.
Introduje su glande en mi boca y lo acaricié con mi lengua mientras con la mano lo presionaba suavemente.
Cuando ya parecía que se acercaba el orgasmo, me separé y seguí subiendo por su torso. Sus tetillas estaban firmes y esperando que las mordisqueara. Me senté sobre él, sintiendo cómo penetraba en mi vagina. Tomé sus manos y puse sus dedos en mi boca, luego los llevé a mis pezones, los presionó aumentando mis deseos.
Me tomó por la cadera y me invitó a cabalgar. Con mis dedos acaricié mi clítoris hasta llegar a un orgasmo profundo. Nuestros cuerpos salados y sudados se mezclaron. Retiró su pene aun erecto. Me recosté a verlo, comenzó a masturbarse sobre mí. Y derramó su leche en mis pechos. Los unté como lo había hecho con la crema. Luego nos acercamos y nos besamos por última vez. Me pude la bikini y salí. Regresé lentamente a la carpa donde estaba sentado mi marido. Levantó su mirada de la lectura y me preguntó:
-¿Cómo te fue?
-Bien, estuve caminando.
-Si, te estuve mirando. Tienes el mismo andar elegante de siempre.
Bajó su cabeza y se introdujo nuevamente en su lectura.
MUÑECA
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