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-Lo que más me gusta – dijo ella – es esta sensación de dualidad.-Sí, ya sabes – prosiguió – estar en una reunión discutiendo de la conveniencia de llevar a cabo determinada estrategia y contemplar al hombre que tienes enfrente sabiendo que no sospecha ni por asomo que detrás de esta mujer competente, que puede muy bien convertirse en su rival, hay “otra” que, con sus armas, le haría claudicar.
Dijo “otra” con un tono lleno de intencionalidad que le hizo levantar la cabeza y entonces la contempló con su vestido chaqueta estricto de color gris merengo, con falda hasta la rodilla, y se dijo que efectivamente, era cierto; resultaba difícil imaginar, viéndola así vestida, que pudiera convertirse en la mujer apasionada que él conocía, cuya entrega, lejos de hacerla esclava, la convertía en dueña.
Se acerco a ella y cogiéndola por la cintura empezó a besarla en el lóbulo de la oreja obteniendo inmediatamente una especie de suspiro preludio de lo que, él sabía, podía convertirse en un juego interminable, pero le paró en seco y se alejó de él.
-Todavía no es el momento- le dijo, sonriendo, y se sentó en el sofá en una pose estricta que ya nada tenía que ver con el gesto que él había interpretado como un envite.
-Ven, acércate y siéntate. Tomaremos una copa y me contarás un poco que es de tu vida- de nuevo el tono tenía algo de malicioso pero él ya no se atrevía a tomar ninguna iniciativa porque presentía que era ella quien iba a establecer las reglas del juego.
Empezó a hablarle de sus últimos viajes pero le pareció que no estaba escuchándole como si estuviera pendiente de algo. De repente, llamaron a la puerta y ella se levantó para ir a abrir. El se quedó sentado, un poco molesto por la interrupción. Oía que ella estaba hablando con alguien al que invitaba a entrar y esto le irritó aun más. Hacía tiempo que no la veía y esperaba con ansia el momento de poder tenerla en sus brazos pero era una mujer imprevisible y sabía que el que le hubiera invitado a su casa no quería decir ni mucho menos que iban a tener más intimidad que la que ella quisiera darle. Aún así, no se esperaba en absoluto la llegada de otra persona y eso sí que le fastidiaba.
Entró, al poco rato, acompañada de una mujer rubia que le presentó como su amiga Carla y a la que hizo sentar a su lado. Tenerlas a las dos, sentadas enfrente de él, hablando de cosas y otras, sin que ni ella, ni su amiga, manifestaran en lo más mínimo cuales eran sus intenciones, sin saber si iban a pasar la velada así, frustrando sus esperanzas en cuanto a ella, le tenía mal humorado. Hubiera querido preguntar, pero no se atrevía.
Llevaban ya un buen rato hablando y él había, en parte, olvidado su contrariedad cuando ella se levantó y poniéndose detrás de él, empezó a darle masajes en los hombros, distraídamente. El se puso tenso, porque aunque ella actuara despreocupadamente, él sabía que solía ser el preludio de juegos más precisos y la presencia de su amiga le tenía desconcertado. Giró ligeramente la cabeza y la miró a los ojos y vio su sonrisa burlona y sus ojos un poco acuosos y supo que el juego había comenzado.
-Hoy, vamos a jugar a algo nuevo- le dijo ella y dándole un beso en el cuello, le tapó los ojos con un pañuelo de seda.
-Harás el amor con las dos pero sin que sepas con cual de nosotras lo estás haciendo- le pareció tan increíble lo que estaba oyendo que no supo que contestar y su silencio fue interpretado por ella como un acuerdo.
La oscuridad en que ella le había sumido, le produjo una fuerte excitación y se concentró en el resto de sus sentidos haciendo una apuesta consigo mismo: jamás ella conseguiría despistarle. Conocía demasiado bien el tacto sedoso de su piel, la textura de sus labios, el olor a almendra amarga de su vulva y sobre todo, de ello estaba seguro, nada ni nadie le podría engañar cuando bebiera su miel. Por todo ello, se prestó de buena gana al juego.
Sintió unas manos ágiles que empezaban a desabotonarle la camisa, quitándole antes la corbata y, presuroso, ayudó él mismo a quitarse los pantalones y el resto de la ropa, quedándose enteramente desnudo, lo que le dio de inmediato una sensación de vulnerabilidad.
Alguien le llevó hasta la cama y le ayudó a instalarse cómodamente mientras le susurraba al oído: -tienes que estarte quietecito. Está prohibido tocarnos. Abre los brazos, agárrate a la cabecera de la cama y no te muevas, limítate a sentir.
Sintió entonces que algo, que parecía ser otro pañuelo de seda, le envolvía las muñecas atándolo a la cama y estuvo a punto de protestar pero la novedad de la situación le excitó aún más de lo que estaba, produciéndole, al mismo tiempo, el desasosiego que se siente ante lo desconocido. Estaba dispuesto a obedecer porque se había picado con el juego por lo que permaneció quieto y a la espera.
Pasó cierto tiempo, pero no ocurría nada. No oía ningún ruido, ni nada que las delatara. Empezó a pensar que se habían burlado de él y que le habían dejado allí solo y ridículamente desnudo. Empezaba a sentirse irritado y tenía ganas de levantarse de la cama arrancando las casi simbólicas ataduras, pero la curiosidad le retenía y le obligaba a permanecer quieto y a la escucha. Fue entonces cuando percibió un ligero ruido y alguien se puso encima de él y empezó a darle minúsculos besos paseando sus pechos desnudos sobre su cuerpo.
Se preguntó de quien eran aquellos pechos. Como no podía tocarlos le era difícil adivinar, pero sintiendo la dureza de los pezones le pareció sin duda alguna que se trataba de ella. Sí, solamente ella sabía acariciar con tanta suavidad, solamente ella sabía mordisquearte el labio lo suficientemente fuerte como para que tuvieras la sensación de que la sangre llegaría a aflorar pero deteniéndose justo a tiempo. Sin embargo, algo le desconcertaba, pero no sabía el qué, hasta que comprendió: era su perfume. El perfume que olía no era el que ella acostumbraba a usar y cuando cayó en la cuenta, se quedó perplejo y desorientado. Ya no tenía la misma certeza de antes.
A partir de ahí, su duda fue en aumento y la idea de que era quizás la otra mujer, a la que no conocía, la que estaba con él, le procuró una erección de inmediato que le sorprendió.
Estaba todo él pendiente de este flujo de sensaciones cuando de repente se encontró con el vacío y todo su cuerpo se tensó a la espera de lo que iba a venir. Ya no le importaba saber con quien estaba, al contrario, su ignorancia aumentaba su placer. Sintió entonces un leve roce en su miembro orgullosamente erguido y se estremeció. Una boca sumamente deliciosa lo engullía, al mismo tiempo que una vulva apetitosa se ponía a su alcance. A punto estuvo de diluirse en lava ardiente, pero consiguió retenerse, concentrándose en la degustación minuciosa de unos labios salinos que se abrían dejando paso a libre a su intimidad. Lo que más le excitaba era no saber. Ella le había dicho “Harás el amor con las dos pero sin que sepas con cual lo estás haciendo” e iba jugando con esta idea, barajando posibilidades, cuando de repente se le ocurrió que quizás lo estaba haciendo con las dos al mismo tiempo y esta idea desató en él un placer incontrolable que le hizo verterse en esa boca que le succionaba ávidamente, mientras él bebía a su vez de esa vulva que se le ofrecía y fue ahí que, de inmediato, sus dudas se desvanecieron y su cuerpo supo lo que su mente no acertaba. Era ella, sólo podía ser ella. Su sabor era inconfundible y sin saber muy bien por qué, aunque quizás fuera porque no quería experimentar con otra lo que sentía con ella, se alegró de que fuera así. Entonces ella le besó dulcemente mientras le desataba y le quitaba el pañuelo de los ojos.
Necesitó un momento para recuperarse y luego le preguntó:
-¿dónde está tu amiga?
-se marchó en cuanto te vendé los ojos- y ante su cara de sorpresa, añadió
-de verdad, ¿creíste que iba a compartirte?. Era un juego, nada más que un juego, como tantos otros.Y entonces fue él, quien agradecido, le besó.
por Nana
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