Iniciación al tranformismo (III)
por VALDExpedición a Canarias
El domingo, al abrir la puerta mi madre me comunicó con tristeza:
-Mañana nos vamos a ver al tío Federico que está destinado en Lanzarote. Tienen una casa en la playa y nos han invitado a pasar unos días con ellos
Se presentaba una horrible perspectiva. Conocía la casa en la playa, conocía al tío Federico, conocía a mi tía Aurora y conocía a mis primas. Se trataba de un páramo desierto junto al mar, continuamente batido por el viento. La playa no era tal, sino una masa de rocas que se hundía en el océano. La única arena que se veía por allí era la que el viento arrastraba continuamente. No había ningún vecino cerca donde volver a sentir que estábamos en el siglo XX. Solo entrar en aquella casa volvería a imaginar las siniestras salas de tortura de la Inquisición, dotadas de ruedas dentadas, artilugios quebrantahuesos, grilletes y demás mecanismos aterradores.
Unos días en aquel lugar para mí significaba únicamente un continuo rezar, desde la mañana hasta la noche, sin televisión ni radio, en la beata compañía de mi madre, mi tía y mis primas, mientras mi padre y mi tío desaparecían con el coche buscando algún lugar aún más solitario donde pescar. Años anteriores las únicas diversiones disponibles habían sido: o bien cazar escorpiones, y yo ya estaba un poco mayor para tal menester; o bien matarse a pajas a la salud de la señora Torrente. En cualquier caso, el futuro no era demasiado alentador.
- ¿A qué hora saldremos de aquí? - le pregunté yo sin demasiado interés
- No, tú no vendrás, te quedarás trabajando en la gasolinera de Cortés y estudiando para septiembre - me respondió con un hilo de voz
- ¿Aquí, yo solo en casa? - pregunté con fingida incredulidad. La situación mejoraba por momentos.
- No, Marcela se quedará contigo para cuidar la casa y hacerte la comida - se apresuró a asegurarme
- Pero, no lo entiendo, ¿Porque no puedo ir con vosotros?
- Es decisión de tu padre. Quien bien te quiere, te hará llorar. Dios sabe que le he intentado convencer, pero él no quiere oír hablar del tema. Dice que tú te quedas aquí y punto - me dijo mientras una lágrima resbalaba por su mejilla
Estuve a punto de ir corriendo a abrazar al tapón de mi progenitor para felicitarle por su mala leche, pero me contuve. Ya imaginaba lo que podrían ser los próximos días con toda la casa para Marcela y para mí. Intenté que mi cara se mantuviese tan hierática como la máscara de Tutankamón. Solo pregunté:
- Entonces ¿Cuándo os vais?
Ella me respondió - Esta madrugada, tu padre nos ha conseguido una plaza en un avión militar que sale a las seis, tendremos que levantarnos a las cuatro para llegar a tiempo al aeropuerto... ya pasaremos a despedirnos de ti
-Si marcháis tan temprano, creo que lo mejor será que nos vayamos todos a dormir. Hasta mañana, mamá.
Nadie es tan tonto como para no hacérselo de vez en cuando, así que, sin decir ni una palabra más, fui a mi habitación y me encerré. Si no hubiese estado tan cansado, hubiese brincado de alegría.
Desayuno sin diamantes
Por la mañana, después de oír como se cerraba la puerta de mis padres permanecí en la cama despierto, presa de una excitación incontrolable. Solo pensar en las cientos de posibles escenas que podría representar con Marcela mantenía una erección constante, potente y dolorosa. Cuando ya no puede resistir más mis nervios me levanté, me duché, bajé a la cocina y me senté, esperando que Marcela apareciese como siempre hacia las ocho, para preparar su propio desayuno. Pero, iba a sufrir una primera decepción, ella no apareció a su hora, ni una hora después, ni dos. Sobre la mesa de la cocina yacían los restos del temprano desayuno de mis padres en un confuso desorden. Me puse manos a la obra, recogí y fregué las tazas, platos, cubiertos y cacharros sucios que habían dejado como recuerdo.
A las diez y media ya me dolía el culo de estar allí sentado y me sabía de memoria la posición exacta de todos los cacharros en la cocina, pero, por fin, observé como se abría la puerta del cuarto junto a la cocina. Ella apareció solo con una camiseta y unas chanclas, el pelo ensortijado sin peinar y al verme, me dijo:
- Buenos días, pequeño señor, pensaba que todavía estarías durmiendo
- No podía dormir, tenías tantas ganas de verte que solo hacía que dar vueltas en la cama - le repuse
- Sí, claro, claro. Pero a ver si te aclaras., tú no querías verme a mí, lo que tú querías era ver mi culo... y todo lo demás, ¿no? ...
- Yo creo que te equivocas... - intenté responder
- Mira chico, las opiniones son como el agujero del culo, todos tenemos uno y creemos que el de los demás apesta... menos el mío, que huele a rosas —replicó riendo
Se quedó callada mirándome, yo tampoco supe que contestar. Ella se debió dar cuenta de que, a pesar de mi cuerpo, en el fondo estaba hablando únicamente con un chiquillo y continuó:
- Perdona, aún no me he despertado, espera un rato a que tome un café, desayune y me duche y continuamos la conversación
Me quedé sentado en el banco de la cocina viendo como ella comía y bebía sin decir palabra. Cuando se movía por la pieza, su miembro y sus testículos aparecían danzando por debajo de la camiseta, oscilando fláccidos entre las negras piernas del travestí. Los había imaginado una y otra vez, mientras me revolvía inquieto entre las sábanas, pero no de una forma tan familiar. Debo reconocer que vistos así perdían parte de sus características de obsesión erótica y me recordaban más a los colgantes atributos viriles de los toros de Osborne, símbolo racial de la masculinidad hispánica.
Una vez que hubo acabado, volvió a desaparecer en su cuarto durante media hora larga. Cuando volvió a salir lucía únicamente un body blanco. Me dijo:
- Ven, acompáñame, mi cuarto es una porquería, vamos al de tus padres
Pasó delante de mí y subió las escaleras.
El sabor amargo del cacao
El cuarto aún estaba por hacer. La ventana estaba abierta y una catarata de luz brillante entraba a través de ella. Desde el interior solo se podía ver un rectángulo deslumbrante de cielo azul. Las paredes blancas reflejaban la luz que se multiplicaba, cegando a quien entraba desde la penumbra de la escalera.
- Esta mañana te voy a enseñar a follar con la señorita Marcela. ¿Serás
un buen alumno, o tendré que castigarte?Por toda respuesta le besé en la mejilla.
- Mal, empezamos mal, a la señorita Marcela no le gustan estas cursilerías. Si quieres besarme algo, bésame el culo, ayer te lo besé yo a ti y, ¿a que te gustó?
La idea no fue de mi agrado.
- Marcela, no creo que me guste, me parece asqueroso
- ¿Qué te parece asqueroso? ¡Cómo se nota que no lo has probado nunca! - repuso ella - Ven, sitúate detrás de mí a los pies de la cama - , continuó, poniéndose a cuatro patas de través sobre el tálamo paterno, de tal forma que me ofrecía su culo en pompa.
- ¿Lo que ves te parece asqueroso?- me preguntó.
No tuve que meditar la respuesta ni un segundo:
- ¡¡¡NO!!!
Ella tenía el dominio absoluto de la situación, en tono severo me ordenó que le lamiera el culo, poniéndolo a mi entera disposición.
- Pues ¿A qué esperas? - me instó
- Lo intentaré Marcela
- O lo haces, o no lo haces, pero no lo intentes - me respondió transmutándose en mi particular instructor Jedai y yo en un extraño émulo de Luke Skywalker
En primer plano veía sus nalgas oscuras, pulidas y brillantes entre las que atraía mi atención el blanco deslumbrante de sus braguitas tanga. La tira central se perdía, rodeada por los arabescos de blonda, entre los dos hemisferios, para volver a reaparecer más abajo cubriendo un enorme abultamiento que colgaba entre sus piernas. Estas eran dos columnas oscuras, lisas y bruñidas que se apoyaban sobre las sábanas, tras ellas podía adivinar el cuerpo de la señorita Marcela cuya cabeza descansaba sobre una almohada. No conseguía recordar como podía haber dicho que aquello podía ser “asqueroso”. Apoyé mis manos en sus piernas, aproximé los labios a sus nalgas y deposité sobre ellas un beso delicado. Despedían un olor delicado de crema hidratante perfumada y su tacto era sedoso y cálido. Comencé a lamerlas tal y como recordaba que ella me había lamido a mí, muy despacio, en círculos lentos, partiendo del exterior y acercándome poco a poco al interior.
Tras cada círculo me apetecía más y más probar el sabor de su culo. Con los dedos separé el tanga descubriendo el suave cono volcánico completamente depilado. Rocé el extremo externo con la lengua y ella me respondió con un estremecimiento tan violento que pensé que iba a acabar en aquel mismo momento. Era curiosamente blando y su olor, al contrario de lo que había pensado, era excitante. Sentía curiosidad de ver como reaccionaba, así que tracé un círculo amplio, rodeando su perímetro. Marcela suspiró. Me dirigí al centro, situando la lengua como un punzón afilado y tanteé la posibilidad de penetrar a través del esfínter con ella. Éste cedió con facilidad, mi lengua se deslizó blandamente hacia el interior y escuché un gemido apagado:
- Así, mi cielo, hummm, que bueno, así me gusta
Animado por la respuesta y sabiendo que teníamos todo el tiempo para nosotros, jugueteé con mi lengua sobre su ano que tenía el sabor levemente amargo y la textura untuosa del cacao criollo y, humedecido por mi saliva, emanaba un aroma dulce a ciruelas pasas. Cuando aparté un momento mi cabeza, su negro miembro se había escapado de las bragas y colgaba enhiesto hasta medio muslo, su culo estaba completamente abierto, brillaba con mi saliva y palpitaba pausadamente. Mi pene, violentamente erecto, rezumaba un pequeño riachuelo. Lo apoyé encima de su ano y acabé de lubricarlo con mi flujo preseminal.
- Ahora, príncipe mío, ensalívate la minga - ordenó Marcela.
Cuando lo hube hecho, tomó mi miembro con su mano y lo apuntó contra su ano.- Ahora, muy, muy despacio, ve entrando
Empecé a empujar, costaba más de lo que yo había pensado, teniendo en cuenta la facilidad con que anteriormente había entrado mi lengua. Ella comenzó a gemir en voz alta. Pensé que le había hecho daño y paré, pero, ella me ordenó
- No pares, no pares, mi rey. Me encanta lo que me estás haciendo
Haciendo servir sus largos brazos, pasó su mano por detrás de mis nalgas y me incitó a empujar. Así que continué penetrando en aquel hoyo celestial. En pocos segundos se relajó, se acomodó a mí y pude sentir como aspiraba mi miembro. El olor de su culo me llegó a las fosas nasales como un aroma afrodisíaco. Podía sentir la suavidad esponjosa y cálida de su recto abrazar mi pija. Empecé a moverme dentro de su cuerpo, tal y como se me había dicho: con mucha delicadeza. Percibía cómo su esfínter palpitaba, dilatándose y contrayéndose, dirigido por Marcela, lo que me hacía jadear sonoramente, tanto por el gusto que me daba como por el esfuerzo que tenía que hacer para no correrme en su recto. No obstante, por mucho que quiso hacerlo durar, en menos de un minuto me corrí salvajemente dentro de ella.
- Quédate ahí dentro, príncipe mío. No la saques todavía - me pidió
Entonces me di cuenta de que mientras yo la follaba, ella se había estado haciendo una paja. Los movimientos de su brazo hacían que sus testículos saltasen hacia atrás, golpeando los míos con violencia. Era una sensación muy agradable que duró muy poco tiempo. Marcela emitió un gemido más ronco al tiempo que su ano se convulsionaba y ella se desplomaba sobre la cama
Abriendo nuevas vías
Nos quedamos los dos tumbados sobre la cama, disfrutando del aire fresco de la mañana que aún entraba por la ventana, Marcela descansando sobre la cama y yo sobre ella. Entre mis piernas se dormía su miembro, vertiendo un riachuelo de semen sobre las sábanas que yo percibía como una humedad tibia y pegajosa. Me parecía maravilloso escuchar los latidos de su corazón con la cabeza apoyada en la espalda. Al cabo de unos minutos, ambos nos adormilamos en aquella posición.
Me despertó Marcela moviéndose debajo de mí.
- Mi rey, tendrás que moverte, se me ha dormido un brazo - oí que me decía.
Rodé sobre un costado y quedé tumbado boca arriba. El sol estaba muy alto, ya debía ser mediodía. Ella se puso en pie y se quitó el “body” y las braguitas que aún llevaba puestas. Así completamente desnuda, me miró, sonrió y propuso:
- Ahora te voy a enseñar algo nuevo. Puede que al principio te duela un poco, mi cielo. Pero, tú debes aguantar y hacer exactamente lo que yo te diga
Se arrodilló a mis pies, me tomó de las piernas y las levantó. Me besó los muslos con mucha delicadeza, después su boca se apoderó de mis testículos y me enseñó el placer que se puede sentir cuando son chupados por una boca maestra como la suya. Si se refería a esa nueva sensación, no entendía como a alguien podía dolerle. A continuación se entretuvo en mis ingles, de ahí, levantando un poco más mis piernas, descendió a mis nalgas. Su lengua caracoleó sobre ellas, haciéndome sentir el deseo de que se besase mi ano. Sin embargo, ella demoraba una y otra vez la aproximación. Cuando, por fin, se decidió, me hizo gemir de placer. Yo podía sentir como mi esfínter anal se abría por su propia voluntad, tragándose su lengua, un apéndice líquido, ardiente y dúctil que serpenteaba dentro de mí.
Ella intentaba abrir más mis piernas, para facilitar su manipulación, hasta el punto que yo mismo tomé mis tobillos y tiré de ellos hacia atrás. Tenía el ano completamente abierto y empapado de su saliva. Marcela apoyó el dedo índice y con facilidad lo introdujo hasta el fondo. Con este dedo empezó un movimiento de mete-saca lento. En una de las extracciones apoyó un segundo dedo y con mucha suavidad intentó meter los dos a la vez. Aquello dolía y subconscientemente, cerré mi ano.
- Relájate mi rey, déjalos entrar, si aflojas la musculatura del ano es mucho más fácil - me aconsejó.
Intenté hacerle caso y, efectivamente, al cabo de muy poco tiempo, los dos dedos entraban y salían con tanta suavidad como antes lo había hecho el índice en solitario.
A continuación fue al cuarto de baño de mis padres y volvió con un bote de crema hidratante de mi madre. Se volvió a arrodillar a mis pies y volvió a lamerme una vez más el culo. Después de los dedos, la lengua parecía más blanda, pequeña y líquida que antes. Paró, y sentí el frescor de la crema aplicada, después volvió a empezar, primero con el índice y luego con dos dedos. Esta vez no hubo ninguna sensación de dolor. Puso más crema y, muy despacio, añadió un tercer dedo. Nuevamente, sentí un leve dolor inicial, que desapareció cuando me relajé. Después, mientras me follaba con la mano, acercó su boca y volvió a comerse mis huevos con la misma maestría de antes. Todas aquellas sensaciones nuevas para mí, me habían hecho perder el sentido del tiempo y la realidad. Para mí no existía nada más que mis genitales y mi ano. Todos mis sentidos estaban
concentrados en ellos.Finalmente, añadió un cuarto dedo y más crema. Esta vez no dolió nada, únicamente una leve sensación de escozor y pude sentir sus dedos moviéndose dentro de mí. Cuando los tuvo todos dentro, comenzó un masaje circular increíblemente placentero, acompañado de caricias sobre mi vientre. Sentí como en mi interior se iniciaba un fuego lento semejante y, al mismo tiempo, diferente a lo que había sentido cuando era yo quien follaba a Marcela. No lo hice de forma consciente, pero me escuché a mí mismo decir:
- Fóllame, cariño, hazme tuya
Ella sonrió, extrajo su mano de dentro de mí con suavidad. Tomo su miembro completamente erecto lo untó con la crema de mi madre con parsimonia, me lo enseñó y dijo:
- ¿Es con esto que quieres que te folle, príncipe mío?
- Sí, métemelo todo dentro... ahora
Marcela, se retiró, apoyó su miembro contra la entrada de mi ano y acercó su cara a la mía.
- Cariño, ahora relájate o te va a doler... bésame - me dijo, al tiempo que sentí su lengua deslizarse dentro de mi boca.
La besé e hice todo lo posible por no hacer ninguna presión con mi esfínter anal. Sentí como ella apretaba y como su picha empezaba a deslizarse a través de mi culo. Al principio no dolió nada, después sentí un ardor insoportable, como si una barra de hierro al rojo vivo se clavase en mí. La cornada de aquel toro azabache se hundía en mi cuerpo desgarrándome por dentro
- Aguanta un poco, mi vida, ya está dentro... deja que tu cuerpo se acostumbre. Sé que duele, pero después gozarás como nunca - me susurraba
- Torito, torito bravo, me estás matando - susurré sin poder apartar de mi imaginación el símil de taurino aquel cuerpo broncíneo que me estaba empalando
- ¿Qué has dicho? - me preguntó mirándome a los ojos
- Nada, una gilipollez. Tú sigue, no pares ahora. ¡O Dios, como duele!
- contestéIntenté hacerle caso, apreté los dientes y no pensar en ello. Marcela no se movió durante un rato, después empezó a moverse muy, muy, muy despacio. Sentí como se deslizaba con facilidad y, efectivamente, no dolía, o si dolía, era un dolor placentero. Cuando llegó al final y sentí su vello púbico contra mis testículos, pude notar como mi vientre se abultaba hacia fuera empujado por su miembro descomunal. Continuó moviéndose durante largo rato sin aumentar la intensidad. Yo comencé a gozar de aquello. Anhelaba poder sentir el calor de su semen deslizándose dentro de mi recto, pero ella no parecía tener prisa. Le grité:
- ¡Córrete ya, cabrona, que quiero sentir tu leche en mi culo! ¡Venga, Marcela, descarga de una vez!
Hasta que, finalmente, cuando ella aceleró y se corrió en mis entrañas, sentí un orgasmo completo, como nunca hasta entonces había sentido.
Todo mi cuerpo participó del incendio que partiendo de mi vientre se propagó por mis muslos, mis piernas, mi pecho, mis hombros y mis brazos.
Una ola de placer incontenible que me impedía respirar y me hizo perder el mundo de vista. Cuando me recuperé, sentí mi propia leche corriendo sobre mi vientre, deslizándose hacia la cama Marcela, cuando dejó de eyacular, se derrumbó boca arriba a mi lado sobre la cama, con todo, su pitón azabache permanecía duro, latiendo contra el aire denso y quieto de la habitación donde flotaban las notas de una canción de entraba por la ventana abierta. Entre mis piernas sentía palpitar cálidamente mi ano.
Vald