Clase de diseño
TOM

Estoy en clase de diseño.  Este curso es especial.  Casi todo son mujeres.  Eramos tres chicos.  Uno de ellos dejó el curso a mitad hace unos días.  Quedamos Rufo y yo.  Recuerdo la risa de Rufo cuando le dije con teatralidad:  “No irás a dejarlo tu también.  Quedaría solo como gallo en corral con doce gallinas.”  “Tranquilo” (me contestó).  Rufo es poco hablador.  Bien parecido.  Corpulento.  Anchas espaldas.  Le cae el pelo a la frente de un modo artístico.  Creo que la profe está loquita por él.  Le invita cuando estamos en el bar, después de convencerle, cuando lo ve cabizbajo y se aísla, a que se venga a almorzar con todos...  Pero es un curso raro, hoy sobre todo.  Estamos desnudos en clase.  Es un aula pequeña, rectangular.  Estamos dispuestos a ambos lados, para la pared, frente a los monitores y teclados, de tal manera que nos damos la espalda la mitad de la clase con la otra mitad.  Bibiana, la profesora, está desnuda, de pie, explicando el programa con una voz Carla y aguda.  Las palabras las moldea con unos labios finos y rojos.  Es rubia.  Sus pechos, medianos, redondos y tersos.  Pezones sonrosados.  Pubis casi blanco.

Muslos delgados.   Ombligo redondo, sin pliegues.  Axilas limpias, afeitadas e higiénicas.  Es preciosa.  Parece una muñeca.  Tiene aspecto de niña.  La veo y me muero por estrujarla contra mí.  Le suelen caer las cosas de las manos.  Le ha caído, ahora,  el rotulador.  Éste, se ha colado debajo de la primera mesa de la izquierda.  Yo estoy en la segunda. Hemos hecho ademán de coger el dichoso rotulador y se nos ha adelantado.  Bibiana está agachada como una gatita.  Busca,  estirando los brazos.  Palpando el suelo.  Adopta una postura super erótica.  La cintura arqueada y cóncava.  El culete sacado, en punta, abierto, mostrando un sexo pequeño, casi infantil, jugoso...  Ya tiene el rotulador.

Se dirige hacia la pizarra blanca y sigue escribiendo mientras explica.  De espaldas, con el brazo alzado esta para comérsela.  Estoy sudando. Para el monitor contemplo escenas eróticas.  Meiga, que está a mi izquierda, observa dibujos pornográficos en el suyo.  Otras  tienen penes en escena que agrandan con las herramientas del programa Photoshop.  Rufo tiene ante sí una vulva gigante, copiosa de bello, abierta.  Y colorea su interior de un rojo intenso...  No me lo puedo creer.  Estoy desnudo.  Sí.  Agacho la cabeza y me doy contra mi cosa.  Ya dudo.  ¿Estoy en diseño o aprendiendo lecciones de pornografía?  No sé.  Sólo sé que tengo calor, que doy vueltas como si estuviera soñando en una noche calurosa de verano.  Meiga es morena.  De pelo rizado hasta el infinito.  Millones de rizos florecen en su cabeza.  Se sienta con los muslos juntos, apretados.

Su pubis es negro, brillante, ensortijado hasta el aburrimiento.  Es muy delgada.  Vivaz.  Ojos negros y penetrantes.  Voz extremeña.  Pechos pequeños, oscuros, con pezones marrones.  Mientras miro sus encantos se me acerca Bibiana por detrás.  Restriega sus ingles por mi espalda.  Me rodea con sus brazos delicados.  Sus cabellos se precipitan por mi pecho.  Siento su cara en la mía y sus manos en mi pene erecto.  Mientras lo zarandea se despega de mí.  Giro la cabeza y se me viene encima.  Rufo por detrás la enviste con una fuerza inusitada.  Cada empujón que recibe lo trasmite a mi sexo  con un movimiento violento hacia delante.

Gime en mi oído.  Grita.  El tímpano me pita. Separo la cabeza huyendo de los agudos gritos y tropiezo con la boca de Meiga.  La miro placenteramente.  Ella entreabre los labios.  Y se inclina para metérsela en la boca como puede.  Mi pene está ahora dentro de ella y a la vez rodeado por las manos de las dos.  De repente, mi monitor, como por arte de magia, desaparece.  Lo han arrancado, literalmente, de la mesa.  Tina, la embarazada de unos meses, ocupa su lugar.  Sentada, con las piernas abiertas, su culo se aplasta contra la superficie de manera excitante.  Su coño es negro, alargado, rojo.  Me abanica con sus muslos cerrándolos y abriéndolos sin parar.  Su cara es pícara.  El brillo de sus ojos oscuros lo clava en los míos.  Sonríe con unos labios bien dibujados, algo salientes, de color rosa mate.  Coloca sus manos detrás para apoyarse y poder acercarme su tesoro hasta pegarlo contra mi nariz. Yo lo chupo sin cesar con movimientos cortos y rápidos.  Pero me separan.  Tras de mi noto jaleo.  Bibiana  se esfuma.  Y un par de piernas largas salta por encima de mí.  Ante mis ojos atónitos tengo el pompis de Carla, la que tiene ojos de gata y piernas de avestruz.  Empuja a Tina.  Se da la vuelta mientras me la coge y se la mete entre sus piernas como si nada.  Sube y baja flexionando las piernas como una muñeca de goma larguirucha.  Casi llega al techo su coleta.  Se abre de tal manera que me voy volando.  No hay nada que me excite más que ver a una mujer, con gran tirada de pierna, abierta de par en par.  Exhausto, vacío de todo, contemplo el jolgorio que han montado todas las demás con Rufo.  Forman  una pelota de carne alrededor de él.  Que fiesta.  Es mucho más joven yo.  Y ha salido a más parte.

Veo que Bibiana está también.  Empezó conmigo para darle celos.  Para que la deseara más.  Ahora cabalga sobre Rufo que apenas veo y todas la demás rodean a la pareja acariciándola sin parar.  De repente vuelven la cabeza todos hacia mí y como una avalancha carnal se precipitan sobre mi cuerpo y empiezo a sentir miedo.  Me despierto.  Que suerte.  Era un sueño...
 

TOM
 

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