Juana
TOMNo sé como pero me he ganado toda su confianza. Juana ya no es una jovencita. Raya los treinta. Y me lo cuenta todo. Estamos en el bar, almorzando. Bueno, si a tomar un cortado se le llama almorzar. Tenemos media hora. Pero, a veces, la alargamos. La profesora, a la vuelta, entonces nos riñe como a niños. Y yo ya tengo cuarenta y pico. Pero así están las cosas. Nos comportamos como colegiales. Nos riñen. En clase hacemos gamberradas. Hemos vuelto, por lo visto, a la adolescencia. Ha tenido varios novios. Me lo confesó la semana pasada. Y me contó sus experiencias. Nada de particular. No cree en el matrimonio. Esta un poco de vuelta de todo. Pero hoy me ha dejado atónito. Ha salido el tema del amor entre más de dos personas. Y se ha disparado. Sus labios se mueven con un aire erótico sin cesar. Me mira mientras me cuenta una historia increíble, pues jamás pensé me la contaría una mujer:
...Y sabes, yo andaba muy floja en filosofía. Así es que quedamos tres chicos y yo en mi habitación alquilada de estudiante. Era amplia. La cama a un extremo. Mesa y sillas para estudiar en el centro. Lavabo... En fin, lo indispensable. De los tres me gustaba Juan, el moreno. Javi era demasiado bajito pero tenía personalidad. Y el empollón de filosofía era el tercero. Nos iba a explicar las diversas teorías de filósofos escuetamente para contrastarlas. Nosotros tomaríamos apuntes, pues no habíamos asistido a la mitad de las clases. De esta manera podríamos, al menos, aprobar. Al lumbreras le hubiera apetecido venir solo conmigo. Yo sabia que le gustaba. La idea de que vinieran más no le satisfizo. Pero le convencí. Pienso que le gustaba mucho y accedió. Juan trajo coñac de su casa. Le gustaba mucho. Sobre todo cuando fumaba. Pedro, el sabiondo, empezó con el rollo. Pero no había más remedio. Apuntábamos todo lo que decía. Según él, era lo mínimo indispensable que debíamos escribir en el examen para aprobar. A mitad de sesión descansamos. Yo me desperecé. Los tres se quedaron boquiabiertos ante mi postura. Les pareció muy sexi. Al menos eso me dijeron. Yo enrojecí. Hacía calor. El ambiente estaba cargado de humo. Bebíamos coñac sin parar. Se nos subió a la cabeza. El coñac embota bastante y es bastante soporífero. Estaba asada. Me quite la camisa sin pensar. Deseaba no se que. Pero deseaba algo. Era pícara. A Pedro lo tenía encandilado. A Javi también. El pobre aún no se había comido una rosca según me dijo. Juan se comportaba orgulloso, guardando las distancias pero me miraba bastante. No lo podía evitar. Estaba en sujetador. El calor insoportable. La conversación subía de tono. El humo lo envolvía todo.
“Chicos, les dije, dejémonos de filosofías. La experiencia es lo que vale. El filósofo ha escrito lo vivido. Después lo ha analizado y ha expuesto una teoría. Hagamos lo mismo. Estudiar a los demás, ¿para qué? Venid...” Me dirigí a la cama y me tumbé. Estaba caliente.
Me quemaba todo mi interior. Llamé a Juan: Ven tu primero. Bájame los pantalones. Y así lo hizo. Me quedé en braguitas blancas. Estaba excitadísima. Los demás no daban crédito a lo que veían sus ojos.
“Acaríciame debajo de las bragas, suavemente”.
Sentí su mano tibia y me moje. Juan apretó más fuerte. Y se desnudó. Llamé a los otros dos que estaban como estatuas: Vamos, venid. Como soldaditos obedecieron. Los tenia alrededor de mi. Uno desnudo. Los otros vestidos. ¿A qué esperáis? Se desvistieron. Y los vi de pie, con sus penes al aire y eso me gustó. La de Pedro pequeña como cacahuete, del miedo que tenía. Se la cogí dulcemente, los masturbe, y me la metí en la boca. Era pequeña y me sobraba por todas partes. Pero bueno. Me la saqué. Dije a Juan se tumbara sobre mi. Abrí las piernas. Muy nervioso me penetró con poca habilidad. Pero me gustaba Juan. Así es que le ayude un poco a introducirla. Le apreté su culete pequeño y respingón hasta que se soltó y ya no paró de moverse sobre mí. Mientras tanto cogí otra vez el pene de Pedro y lo succioné con la boca. Creía tragármelo todo. El estaba asustado pero daba muestras de un gran placer. Quedaba Javi. Estaba como loco deseando que le hiciera algo. Como pude lo tome por el rabo y se lo meneé hasta cansar el brazo de tal manera que se me quedó parado y exhausto. Note mis manos mojadas de un liquido espeso y blanco. Sentí mi boca llena de semen dulce y caliente. Y mi sexo lleno de los fuegos artificiales que disparó mi morenazo. Me hubiera gustado me atravesaran el culo. Pero no era lo suficiente valiente, entonces, para haberlo insinuado....
Me dejas de hielo –le digo—
--¿Te ha gustado?
--Mucho
--Narro muy bien mis experiencias
--Desde luego. Y...¿después?
--Nos fuimos cada uno por un lado. Estabamos al final del último curso de la carrera.
--¿Y no insistieron en repetir la escena?
--No. Tengo mucho carácter. Dejé las cosas claras
--Yo hubiera insistido
--Me tienen en un altar como a usa santa. Hice mucho por ellos. ¿No crees?
--Si. Si. Mucho. ¿Acabasteis los apuntes de filosofía?
--¡Qué curioso eres! Pues claro que no
--¿Aprobaste?
--Claro que sí. Me tiré al catedrático.
--Me gustaría saber que vas a hacer conmigo.
--Tengo una perversa idea.
--Dímela. Estoy a cien.
--Ya lo he notado. Tienes las pupilas dilatadas. He advertido el movimiento de tus manos sobre tu cosa para ponértela bien. ¿Tan caliente estás?
--Me gustas. Me encanta hablar contigo. Me cuentas tus más profundos sentimientos y apetencias... , pero esto no me lo esperaba. Mientras avanzabas en el relato notaba entre mis piernas mi pene como se estiraba y lo tuve que llevar hacia arriba porque me molestaba. Ahora tengo su punta en mi ombligo. Como verás yo intento también ser sincero
--Para ti tengo pensado algo estupendo. Ayer lo planeé. Te he contado primero la historia para que te excites
--Sigue, por favor, estoy en ascuas
--Voy a ir a lavabo de señoras. Es individual y tiene, por supuesto, cerrojo. Tu vas a la vez al de caballeros. Pero no entras. Cuando yo abra te cuelas en el mío y cerramos
--Juana, estoy ardiendo
--Aunque tengo que decirte antes de levantarnos que me he inventado todo lo que he dicho
--Entonces lo que va a venir también será una mentira, una ficción
--Tu venEstoy confundido. Se levanta y me levanto. No pienso más que en guarradas con ella dentro del lavabo. Nos dirigimos hacia él. Todo sale a la perfección. Estamos dentro los dos. El recinto es pequeño. Huele a orín. El espejo está sucio. La luz amarillenta. Juana, perfecta, está frente a mí. Que poderosa la siento. Es bella. Sus labios rojos y morados a la vez. Grande la boca. Grandes los ojos. Iris canela. Pechos grandes, voluminosos. Culo pequeño, caderas rectas. Muslos creo que redondos y gruesos. No empiezo por no acabar pronto. Como el niño con el helado que no quiere empezar para que no se le acabe nunca. Miro el espejo donde se reflejan sus cabellos largos y castaños, su espalda estrecha y regular, sus hombros redondos por los que asoman mis manos y mi cabeza.
-- La historia la acabé con un deseo..., ya sabes, por detrás, análmente (me susurra)
--¿Eso es lo que quieres? Me encantará hacerlo.
--Sólo me voy a quitar los zapatos, el pantalón y las braguitas. Con eso es suficiente. Además, resulta así más erótico.
--A mi también me lo parece
--Tú, bájate solo la cremallera. Es más excitante
--De acuerdo, JuanaY así lo hace pausadamente. Se da la vuelta y coge el lavabo con las manos, agacha la cabeza y estira el culo hacia mi de tal manera que a penas me deja sitio. Está ansiosa. Lo noto. La abrazo por los pechos y Juana se abre todo lo que puede hasta mostrar sus dos agujeros. No se cual deseo más. El de arriba es redondo, bien hecho, con un circulito moreno alrededor. Esta dibujado con limpieza. Se lo toco con el pulgar. Ella gime. Me dice que lo bese. Me pego a ella, abro el grifo, enjabono mi mano y restriego con destreza sus dos sexos. Con papel los limpio bien. Me acerco. Qué bien huelen: a jabón mezclado con sal marina. Se lo beso, le doy lengüetazos, abro su pompis con las manos de par en par y meto toda mi cabeza. Que placer. Con las manos bajo su trasero hacia abajo de manera que venga bien a mi altura. Cojo mi trasto y meto la puntita. Aprieto un poco más y ya tengo media metida. Un poco más y toda. Juana enloquece. No para de decir: ¡ay, ay! No grites, le digo. Y le envisto con fuerza. Con una fuerza brutal. Su cabeza casi da contra el espejo. Su cuerpo va y viene sin cesar ante mis movimientos continuos. La penetro de tal manera que mis testículos se estrellan contra sus nalgas y me duelen. Quisiera explotar. Y ella también. Me corro con una fuerza inusitada. Y me muero.
Salimos. Estoy sudando. Y me suben unos calores a la cabeza insoportables. El cuello me escuece. Está irritado por el sudor que quema mi piel sensible. El bar bulle. Charlan todos. Humo por doquier, del tabaco, de la cocina. No se donde esconderme... ¡Qué bien, la calle! Estoy fuera con ella. Respiro hondo. Juana está extraordinariamente tranquila. Me desconcierta su actitud un poco. ¿Cómo te encuentras?, le pregunto obligándola a que me mire.
--Yo bien (responde molesta)
--¡Uf! He sentido tanto. ¿y tú?
--¿De qué me hablas?
--Estás de broma, ¿no?
--Mi relato lo inventé. Pero ahora eres tu el inventor.
--No comprendo.
--Es que no se de que me hablas.
--¿Y en el baño...? ¿Acaso fingiste?
--No se trata de eso. Lo que ocurre es que tienes tanta imaginación como yo. Creo una falsa historia y tu intentas copiarte y crear otra--Pero Juana.
--Adiós. Ah y dile a la profe de diseño que dejo el curso. Me ha salido un “curro” importante.
--Adiós.
Estoy perplejo y perplejo sigo en mi casa. A la mañana siguiente voy a clase. Juana no está. Por supuesto. Y es que lector, yo también inventé esta historia. Ha sido todo una mentira. Ya sabes, la literatura es un bulo y la vida un camelo.
TOM