Una semana fantástica (1)
Por Fernando y Raquel

Era el principio del verano cuando decidimos tomarnos una semana de vacaciones en un hotel en la costa. Además, nos las merecíamos, pues no habíamos salido para nada en dos años por cuestiones de trabajo.

Yo tenía varias fantasías sexuales que quería hacer realidad e intuía que Raquel, mi pareja desde hacía cinco fantásticos años, me iba a ayudar sin ella saberlo.

De este modo, preparé sin saber muy bien como saldría, una
semana que para los dos, a priori, iba a ser inolvidable. Reservé una habitación en un buen hotel y el día en cuestión nos dirigimos hacia allí en nuestro coche.
 

LUNES

Por el camino fuimos hablando de muchos temas. Yo intentaba en todo momento dirigir la conversación hacia temas de sexo, sobre lo bien que lo pasaríamos, que en todo momento estaríamos en un continuo éxtasis sexual y  cosas por el estilo.

Aunque salimos temprano, el sol ya calentaba lo suyo dentro del coche así que insinué a Raquel que por qué no comenzaba ya a broncearse. Dicho y hecho. Se subió la falda lo suficiente como para, además de sus piernas, dejar al descubierto sus níveas braguitas de algodón que perfilaban la forma de su sexo. Sin querer forzar la situación pero terriblemente excitado comenté distraídamente que yendo por la autovía podía reclinar su asiento y tomar el sol de forma más cómoda. No hace falta comentar que mi intención era que se quitara la camiseta y luciera sus siempre apetecibles pechos a las caricias del sol y a alguna que pudiera prodigarle yo sin distraerme de la conducción, cosa que me iba a resultar muy difícil. De tanto en tanto, aprovechaba para ir acariciando sus tersos muslos y pasarle los dedos por encima de las bragas, incidiendo en su zona más sensible. De esta forma conseguí ponerla en un estado de excitación suficiente para que mis planes empezaran por buen camino. Como si hubiera adivinado mis intenciones no tardó en sacarse la camiseta y el sujetador, cosa que sus pezones agradecieron poniéndose duros al contacto con el tibio calor del sol. Mi imaginación una vez más se disparó. Me excitaba la idea de que algún camionero al adelantarnos pudiera verla desde su privilegiada posición y creo que Raquel también era consciente de ello mientras se estiraba como una gata bañada por la luz solar.

Una vez llegados a nuestro destino y después de registrarnos en el hotel, subimos a la habitación, situada ésta en el primer piso, disponiendo por ello, de una terraza mayor a la de pisos superiores, y dada su situación, quedaba un edificio secundario del hotel a nuestra derecha, pues el complejo formaba una L.

Nada mas entrar en la habitación, Raquel me dio muestras de su ardor abrazándome por el cuello y dándome un apasionado morreo. Se recreaba en mis encías y dedicaba especial atención a mis labios introduciendo su húmeda lengua en lo más profundo de mi boca. Me hacía cosquillas. Separándola suavemente, comencé a desnudarla. Raquel sabía cuánto me gustaba hacerlo, así que complaciente se dejó hacer. Su camiseta negra de propaganda de una bebida alcohólica, el sujetador sin costuras, la falda, sus braguitas. Para mí era como un ritual.

Cogiéndola en brazos la deposité en la cama. Empecé por acariciar su exuberante cuerpo sintiendo la tersura de su piel y deteniéndome especialmente en sus senos coronados por unos oscuros y duros pezones. Sabía que eso era lo que más la gustaba, sentir cómo mis manos los recorrían hasta aprenderlos de memoria, cada pliegue, cada poro.  Cuando noté que su nivel de excitación era el idóneo, cuando vi en su expresión que pedía caricias más íntimas, mis manos buscaron su sexo, sus labios superiores, abriéndoselos y cerrándoselos, mientras mi dedo rodeaba su clítoris sin llegar a tocarlo en un lujurioso juego de provocación.

Me gusta oírla gemir cuando al mismo tiempo muerdo y lamo su cuello, sus hombros, la parte interna de sus brazos, otra vez sus pechos, su ombligo, su vientre, las ingles, y así hasta llegar a su sexo. Con la boca continuo el juego que comencé con mi mano. Rodeo el clítoris sin tocarlo, para acto seguido introducirle mi lengua lo mas profundo que puedo. Esta excitante situación la mantuve por espacio de más de 30 minutos, intentando y consiguiendo que ella no explotara en un orgasmo, haciendo caso omiso a sus innumerables peticiones de acabar con su también placentero suplicio y le introdujera mi miembro que en esos momentos estaba tenso como la cuerda de una arco a punto de ser disparado.

Notando la inminencia de su orgasmo, pregunté:

– ¿Quieres correrte amor?

– Sí, sí, síiii, – respondió en tono suplicante

– Pues hagamos un trato y prométeme que durante esta semana harás todo lo que yo quiera, absolutamente todo, sin importarte nada y sin que me pongas pegas.

– No, no, de eso nada – Me respondió frunciendo adorablemente sus cejas .

Al oír su respuesta dejé de lamer su excitado y húmedo coño e intenté separarme pero ella cogiéndome con desespero de la cabeza la acercó nuevamente a su entrepierna mientras movía sus caderas intentando restregar su pubis contra mi cara. En esta situación estábamos cuando, sin vacilar, introduje un dedo en su ano, dando ella un pequeño respingo, acto que aproveché
yo para separar mi cabeza de su pubis, coger mi verga con la mano y empezar a golpear con ella su vientre y restregársela a lo largo de toda su hirviente rajita. Ella enlazándome con sus piernas intentaba atraerme para que la penetración fuera un hecho, pero yo interponiendo mi mano no dejaba que se introdujera mas que la punta.

– ¿Aceptas la proposición?

– Métemela...

– ¿Sí o no?

– Síii, pero métemela de una vez...

– ¡Dame tu palabra de que no te vas a echar atrás!

– Sí, sí, síii... – mientras ella respondía afirmativamente le introduje de un golpe de riñones todo el miembro.

Sentir el calor de aquella bien lubricada y conocida cuevita en la delicada piel de mi glande me hizo arquear la espalda como en un espasmo. Anhelaba ese momento, mi excitación también estaba al límite. Reclinándome sobre Raquel la agarré fuerte por los glúteos casi elevándola de la cama y me fue imposible reprimir un violento mete y saca que en pocos segundos la  llevaron a un orgasmo furioso, daba gritos y gemía de una forma tal que incluso pensé que los inquilinos de las habitaciones contiguas compartían el acto. Antes de que el orgasmo que estaba experimentado pudiera enlazar con otro se la saqué derramando unas gotas de su propio flujo sobre su vientre. Ella se lanzó literalmente a por mi pene que mostraba una tremenda erección; lo cogió con una mano y llevándoselo a la boca lo engulló, produciéndome un tremendo éxtasis al sentir cómo lo succionaba. Con una mano me sobaba los huevos mientras que con la otra ella continuaba estimulando su clítoris. Al notar que iba a eyacular intentó retirarse, pero se lo impedí agarrándola firmemente de la cabeza. Vacié mis tensos testículos casi doloridos por la excitante espera en el interior de su cálida boca.
Mientras limpiaba con su mano los restos de semen que resbalaban por la comisura de sus labios dijo reclinándose en la cama:

– Sigue cariño.

– No, ahora no. Tienes que empezar a cumplir tu promesa.

En una mezcla de curiosidad y excitación preguntó:

– ¿Que quieres?

– Mira es muy simple, tienes que cumplir las siguientes normas:

· Harás todo lo que yo te diga, siempre sin protestar.
· No usarás ropa interior en ningún momento.
· En la piscina y en la playa sólo podrás usar un tanga que yo te compraré.

– ¡Eh! No, de eso nada, tu sabes que no me gusta estar así en público.

– Pues a partir de hoy y durante estos días lo estarás; ya sabes que si no cumples aquí, en casa yo tendré libertad para no hacer lo que tu bien sabes...

– Eso es jugar sucio – me interrumpió.

– Pues precisamente no llorabas cuando me has dicho que sí. Y es más, me lo has dicho varias veces.– Ella con una sonrisa en la boca me dijo:

– Me la pagarás, ya verás.

Yo continué enumerando las reglas.

– sigo

· En la habitación estarás siempre desnuda, a no ser que yo te diga lo contrario.
· Vestirás en todo momento como yo te diga y con la ropa que te diga.
· Serás sumisa y obediente y no podrás rechazar nada ni a nadie sin mi consentimiento.

– ¡Pero... !

– No me interrumpas.

· Me pedirás permiso para hacer cualquier cosa, incluido el comer, si yo quiero.
· Y por último y englobándolo todo, estarás a mi completo servicio y tu misión principal será satisfacer mis gustos o necesidades de cualquier tipo.

– Así que, para empezar ponte la ropa más provocativa que hayas traído, pues vamos a ir a comer y luego de compras.

– ¿Que vamos a comprar?

– Esta es la primera y última pregunta que me puedes hacer, las preguntas, a partir de ahora, las hago yo. Y sin que sirva de precedente te contestaré.

Vamos a comprar ropa, parte de la que deberás usar estos días y luego ambos iremos a un sex shop donde vamos a comprar algunos juguetitos, o mejor dicho donde vas a comprarlos tu.
 

Raquel siempre era muy tímida y no podía, ni por mucho, imaginarla haciendo todo esto. A pesar de tener un cuerpo de escándalo y parecer muy decidida, era todo lo contrario. El mero hecho de pensar en entrar a un sex shop hacía que se le subieran todos los colores. Salía de todos sus cálculos
imaginar ir sin ropa interior o llevar solo un tanga en la playa o
piscina. Por supuesto eso de "no rechazar a nadie", era ya impensable.

En estos momentos, yo, no sabía como iba a actuar Raquel y como se comportaría ante diferentes situaciones en las que se iba a encontrar en un gran aprieto. Desde luego yo jugaba con fuego pues ella podía mandarme a paseo con mis perversiones, pero en lo más profundo pensaba que, si salía bien, luego le sacaríamos partido los dos juntos llegando a disfrutar... pero no adelantemos acontecimientos.
 

Raquel se vistió con un pantalón ajustado de color negro de lycra, el cual se pegaba asus piernas como una segunda piel y, por primera vez, como yo siempre había querido, sin bragas. Ella siempre que se vestía con éste pantalón se poníaalgo que le cubría sus respingonas y prietas nalgas, de esta forma nadie
podía ver las evidentes marcas que origina incluso la más breve ropa interior. Pero esta vez era diferente, el pantalón se le introducía entre sus glúteos, e incluso por
delante se le marcaban a la perfección sus grandes labios superiores. Fue asacar el pantalón de su prisión carnal cuando le dije:

– No, así está perfecto, si quieres haz que se te marque más.

– No..., de acuerdo así esta bien. – Me respondió titubeando.

Luego se colocó una camiseta blanca de tirantes muy ceñida al
cuerpo, prenda que normalmente usaba debajo de otra, con un gran escoteredondo que dejaba al aire buena parte de sus pechos, esas preciosidades que semantienen firmes y levantadas gracias al constante ejercicio físico que haceen el gimnasio y que para mí tienen el tamaño ideal, ni pequeños ni grandes.

En esos momentos debido a la excitación acumulada, tenía los pezoneserectos, distinguiéndose perfectamente; cuando está excitada llegan amedirle algo mas de un centímetro de largo. Esto ha hecho que en ciertosmomentos se ruborice. Recuerdo una vez, en la playa, al salir del agua y dada su frialdad, se le excitaron en su grado máximo y desde que salió hasta
que llegó a la hamaca fue el centro de atención de todos los hombres queestaban en su camino pues se le marcaban a través del top de su bikini como sino lo llevase. Este hecho me excitó enormemente, e incluso creí adivinar quea ella también, pero en ningún momento lo reconoció, a pesar de mis preguntas.

La miré detenidamente y vi una mujer sensacional de 27 años con una preciosa cara, unos labios carnosos muy sensuales y, una largo y cuidado cabello rubio.
 

Salimos de la habitación y nos dirigimos hacia la calle; mientras ellabajaba las escaleras, yo iba detrás, contemplándola, excitándome sólo de verla. Le dije:

– Rubia, espero que sepas menear más sensualmente ese cuerpazo.

Ella captó enseguida mi sugerencia y atravesó el vestíbulo del hotel con un meneo de caderas muy sexy que hizo que los allí presentes la miraran descaradamente lo que hizo que se pusiera roja de vergüenza aunque mantuvo el tipo, mientras yo entregaba la llave de la habitación.

Nos metimos en el coche y me preguntó:

– ¿Dónde vamos?

A lo que yo le respondí

– Recuerda, nada de preguntas. Solo debes obedecer sumisamente.

Paré el coche en un lugar céntrico, eran las 12 de la mañana y nos dirigimos hacia un salón de belleza donde, previamente, yo había reservado hora para los servicios que tendrían que prestarle.

– Bájate y dirígete a ese salón de belleza, entra, da tu nombre y di quetenías reservada hora. Ahí dentro ya saben lo que tienen que hacerte. Tusolo déjate hacer y cuando termines, sales y me esperas en esa cafetería. Yote recogeré cuando crea conveniente.

Y dándole un beso con intercambio de lengua incluida, le sobé las tetas sin olvidar pellizcarle malévolamente los pezones para excitarlos. La despedí, no sin antes recordarle que sus movimientos deberían ser siempre sensuales, femeninos
y lo más provocativos de que fuera capaz.

La vi entrar en el local y permanecí un rato mas sentado en
el coche recreándome en recordar los movimientos felinos con los que había entrado e imaginándome lo que nos esperaba. No en balde, el movimiento sensual, era quizás lo que le faltaba a ese cuerpo de vertiginosas curvas que poseía y no terminaba de sacarle todo el partido posible. Aunque esto ya empezaba a cambiar.

Arranqué el coche y me dirigí a comprar varias cosas que, a lo largo de la semana, me harían falta y, que no quería que ella viera hasta el momento adecuado. No quería que fuera haciéndose idea de lo que la tenía preparado, y que se las fuera encontrando conforme yo quisiera.

Imaginé la cara de Raquel mientras le teñían su querido pelo rubio de moreno, se lo rizaban y la depilaban. Pues una de las cosas que tenían que hacerle era la depilación completa, incluido su precioso coñito de labios abultados. Mientras, yo compraría unas correas para manos y pies, cuerda, crema lubricante, tres bragas tanga de baño, un par de minifaldas y algunas cintas de vídeo. También quería comprarle ropa de fiesta provocativa pero iría con ella para así poder elegir cual le sentaba mejor.
También fui al hotel y solicité que me pusieran un aparato de vídeo en la habitación, y ya en ella la preparé para mis planes, corrí las cortinas de la terraza, así como las de la ventana, para que de esta forma el interior de la habitación estuviera bien visible. Salí a la terraza y lo comprobé. Coloqué las tumbonas de la terraza en la posición que creí oportuno y sobre una de ellas
deposité uno de los minúsculos tangas para que cuando yo se lo ordenara tuviera que salir a la terraza a por él.

Como era ya la hora, me dirigí a recogerla. Al llegar entré en la cafetería enla que habíamos quedado y la busqué con la mirada.
Estaba sentada en un taburete en la barra tomando un refresco. Tenía las piernas cruzadas y estaba preciosa. Frente a ella en una mesa había un chico algo mas joven, que no le quitaba ojo y, no era para menos, estaba buenísima. Me acerqué y al verme se levantó del taburete. Tomándome por el cuello me dio un soberano y mojado beso mientras me decía:

– ¿Lo hago bien? ¿Te gusto?

La atraje hacia mi cogiéndola de la cintura y bajé mi mano por su espalda hasta llegara a su prieto trasero para estrujarle descaradamente uno de los cachetes sin importarme donde estábamos:

– Vas bien, sigue así. Y ahora vamos a comer algo que es muy tarde.
 

Sentados en la terraza de un bar en el Paseo Marítimo mientras comíamos,estuvimos charlando un rato.

– ¿Te empieza a gustar el cumplir tu parte del trato?

– Eres un cerdo... Pero sí, te soy sincera, me gusta y me excita.

Creo que si me lo hubieras planteado en otro momento te hubiera mandado al cuerno, pero me apetece jugar.

– Pues vete preparando que esto es solo el principio y no te puedes imaginar lo que te espera.

– ¿A que te refieres?

– Ya sabes – le interrumpí – las preguntas las hago yo. ¿Te agrada estar de morena?

– Bueno, de verdad no creía que me iba a sentar tan bien.

– ¿Y tu conejito depilado?

– Esto también me lo pagarás, sabes que…pica un poco cuando vuelve a salir.

– No te quejes, ya sabes, es para que te siente mejor el bañador tanga... cuando lo lleves.

– ¿Como...?

– Venga termina que tienes que comprar algo.– Y enseñándole una revista porno donde venían diferentes tipos y tamaños de consoladores le dije:

–¿Ves este?

– Sí

– Pues cuando termines de tomarte el café, te vas por esa calle, doblas a la izquierda y encontrarás un sex-shop. Entras y compras uno igual. Y de camino le pides al dependiente unas bolas chinas...

– ¿unas qué... ?

– unas bolas chinas y le dices que te explique como se usan. Y por supuesto te las pones y te vienes para aquí con ellas puestas.

– ¿Dónde se ponen? – preguntó con cierto tono irónico.

– Eso pregúntalo allí.

Ella terminándose el café se levantó y se encaminó a cumplir la orden. Se dirigió hacia la calle. Cuando estaba a unos cinco metros la llamé:

– Raquel, ven. Espera.

– Dime.

– Toma siéntate de nuevo y ponte esto – le dije tendiéndole un pequeño paquete.

Estábamos en una esquina de la terraza del restaurante, y dos lonas a modo de pared, una por detrás y otra por la derecha la tapaban mientras que la mesa la ocultaba por delante. Abrió el paquete que contenía una pequeñísima minifalda de color azul y me dijo con gran extrañeza:

– ¿Aquí? ¿Ahora?

– Sí, aquí y ahora. Venga no te demores.

Mirando a todos lados se fijo que por detrás y por su derecha no se la podía ver y que por el frente la tapaba la mesa, pero por su izquierda cualquier persona que pasara y se fijara la podría ver.

Para ella esto era un mundo, aunque mirando fríamente era casi imposible que alguien pudiera verle algo mas que las piernas, ya que ella estaba sentada. Pero repito, esto de desnudarse en la calle le producía cierta vergüenza, aunque creo que también le producía cierta excitación, sobre todo porque los pezones empezaron a delatarla marcándose sobre su ajustada camiseta.
Con rápidos movimientos de manos y caderas se deshizo de los pantalones y cuando estaba sin ellos y antes de que pudiera coger la minifalda, la cogí yo. Me miró a los ojos, pero no dijo nada. Mientras ella mantenía la mirada llamé al camarero.

Ella se quedó inmóvil, sentada a la mesa; llegó el camarero y le pedí otro café y éste dirigiéndose a ella dijo.

– ¿Desea usted algo mas señorita?

Ella no contestó, seguía con la mirada fija en mi.

– ¿Señorita...?

– No– dijo – nada, gracias.

Cuando el camarero se fue le entregué la minifalda y mientras ella se la ponía le dije:

–¿Que te ha pasado? Desde donde estaba el camarero no se te puede ver nada.

Ella por toda respuesta se levantó se terminó de ajustar la estrecha falda e inclinándose me dio un beso y se dirigió hacia la tienda. Mientras se alejaba la estuve contemplando. Por detrás si la falda hubiese sido un milímetro menor hubiese mostrado su culo, era la falda más corta que jamás se había puesto y dudo que la hubiese mas corta. Se alejó meneándose como yo
le había dicho, con andares sensuales, pero debido a lo corto de la falda y la estrecha camiseta hacía que dichos andares fuesen aún más provocativos.
 

Aproximadamente a los veinte minutos la vi que regresaba; venía con los mismos andares y tanto su cara como sus erectos pezones demostraban que venía excitada. Se sentó y le dije que me contara como había ido todo al pie de la letra. Esto es lo que me dijo:

Entré muy cortada al sex-shop, dentro solo había un cliente eligiendo una película y el dependiente colocando artículos en una estantería. Localicé con la vista donde estaban los vibradores y me dirigí hacia ellos. Por cierto no sabía que había tantas clases y tantas formas. Estuve buscando el que me dijiste y con él en la mano me fui hacia el dependiente y le pedí las
bolas chinas. Él me miró de arriba abajo desnudándome con los ojos y me dijo que lo siguiera. Nos dirigimos hacia una vitrina y señalándolas preguntó:

– ¿Cuál quieres?

– Pues la verdad, ¿cómo funcionan?

– Mira – me dijo – se introducen las dos bolas en el "coñito", dejando fuera un poco de cordón, al andar las bolas dentro tienen otras bolas que se van moviendo y al frotamiento con el interior del coño te irán excitando. Igual con esas otras, tan solo que te las introduces por "tu culito".

Mientras me decía esto, su forma de expresarse había cambiado
considerablemente, haciéndose más grosera, mas llana, más directa. Esperando que yo le contestara depositó su mirada en mis excitados pezones. Yo cogiendo una de cada le dije:

– ¿Hay algún sitio donde pueda ponérmelas?

Se quedo cortado durante unos segundos, pero me dijo:

– Si, eh, pasa aquí – llevándome detrás del mostrador me dijo que entrara en un cuartucho que por puerta tenía una liviana cortina. Entré y él se puso en el mostrador, pero sin dejar de mirar hacia la cortina que no tapaba todo el hueco de la puerta.

Yo fui hacia un lado del cuarto para evitar su mirada y levantándome la falda un poco me las introduje en el coño y en el culo. Cuando acabé me di la vuelta y allí estaba él, apoyado en el marco de la inexistente puerta observándome:

– Eres muy hermosa y tienes un culo idóneo para meter otras cosas.

Yo sin decir nada salí de la habitación y le dije que me cobrara.

– Si quieres, te hago un descuento y me calmas un poco.

– Cóbreme, por favor– le respondí en tono cortante, pagué y regresé.

El relato de lo acontecido hasta ese momento me excitó bastante pero haciendo un esfuerzo por controlarme le dije:

– Ahora vamos a ir a comprar algo de vestir. Vayámonos.

Nos dirigimos en el coche a una zona de boutiques. Aparcamos y entramos en una cuyo escaparate llamó mi atención.

Le dije:

– Elige un vestido de fiesta, pero recuerda que debe ser de lo más sexy.

– ¿De fiesta?

Asentí con la cabeza mientras hacía una seña a una de las dependientas para que nos ayudara.

– Quiero un vestido de fiesta, pero debe ser elegante y sexy, dijo Raquel.

– Por supuesto – le respondió la atenta dependienta mientras empezaba a enseñarle diversos vestidos.

Ella escogió uno, pero yo lo rechacé porque tapaba mucho, otro porque no me gustó y al tercero le dije que le dejara aparte pero que siguiera eligiendo. Después de probarse unos cuantos nos decidimos por dos. Raquel se sorprendió por el precio de
los vestidos pero no dijo nada. Los pagamos y nos fuimos.
Uno de ellos era blanco y le llegaba la falda por los tobillos, aunque tenía dos aberturas en los laterales hasta la cintura, por encima de las caderas que le obligarían a no llevar bragas, ni siquiera las cintura alta. La espalda iba enteramente al aire hasta el comienzo del trasero y por delante dos escasas tiras de tela bajaban tapándole ligeramente los pechos en el centro,
quedando los laterales al aire.

El otro era negro, también de una pieza y se componía de una corta falda abierta a un lado con adornos brillantes unida a una blusa gasa transparente que se sujetaba en el cuello pues en la espalda el escote, al igual que en el otro vestido, le llegaba hasta el principio del culo.

Era ya tarde, y aún no habíamos descansado completamente del viaje, por lo que conduje hasta el hotel. Descansaríamos un rato y luego iríamos a cenar y a tomar unas copas. Al entrar en el vestíbulo del hotel, Raquel ya daba la impresión de que no
le importara la ropa que llevaba puesta; posiblemente las bolas iban haciendo su función, pues como elemento significativo los pezones los llevaba constantemente marcados por eso no era de extrañar que los ojos de más de una persona fueran a fijarse en esa parte de su anatomía. Al entrar en la habitación, me fijé que ya estaba el aparato de vídeo conectado al televisor, y para mi sorpresa Raquel se quitó rápidamente la ropa, tal y como yo le ordené al  principio. Aunque cuando cayó en la cuenta de las ventanas abiertas, dijo:

– Voy a ducharme... con tu permiso.

Mientras se duchaba me tumbé en la cama y me quedé dormido. A eso de las nueve de la noche me despertó Raquel con una gran sonrisa preguntándome si me apetecía ir a cenar. Yo abriendo los ojos la vi preciosa, estaba de pie delante de mí, totalmente desnuda y caía en la cuenta de que todavía no la
había visto con el nuevo look en sus partes bajas. Me fijé y la deseé, se veía suave, apetecible con sus grandes labios abultados. Le dije:

– Ábrete de piernas – ella sin preocupación ninguna lo hizo.

– Acércate más, ponte a mi lado.

Puse mi cabeza entre sus piernas y sacando la lengua empecé a recorrer todo a lo largo su apetecible raja. Estaba suave y me pareció que incluso tenía un sabor especial. Cuando comenzó a estremecerse le dije que me hiciera ella lo mismo a mí.

Subiéndose encima cogió mi polla, todavía a media erección, y se la introdujo en la boca. Con una mano guiaba mi miembro en la dirección adecuada y controlaba la profundidad de la mamada, mientras que con la otra se acariciaba los pezones de uno y otro pecho. Comenzó a pasar la lengua arriba y abajo de mi pene,
entreteniéndose en la punta como nunca lo había hecho, notaba como lo aspiraba y con la lengua me rodeaba todo el capullo.

Cuando aceleraba mis acometidas linguales a su clítoris, ella presionaba mi glande con su boca. Eso me servía de estímulo y para saber su grado de excitación. Si introducía mi lengua en su rajita podía notar como intentaba atraerla hacia su húmedo interior. De tanto en tanto se le escapaba algún pequeño mordisco, que pese a causarme dolor hacía que mi miembro se endureciera un punto más, si ello fuera posible. Al poco rato de estar en esta situación noté que estaba próxima al orgasmo, así que paré, pero Raquel continuo chupando hasta que yo sin poder aguantar mas estallé, regándole toda la garganta. Ella tragó glotonamente hasta la última gota. No se lo tuve que pedir, pues a sabiendas de que a mí me gusta lo hizo llevada por la excitación del momento. Estuvo unos minutos mas limpiándome los restos lechosos hasta conseguir que se volviera a poner dura, entonces le hice que se pusiera a cuatro patas y se la introduje muy suavemente, di varias embestidas y me salí, para evitar que llegara al orgasmo.

Seguía en esa posición cuando le pedí que cogiera el vibrador y se lo metiera. Ella no lo dudó, se lo fue introduciendo y cuando ya lo tenía todo dentro, cogí yo otro vibrador, pero éste anal, y untándolo con vaselina se lo fui introduciendo poco a poco en su estrecho esfínter que fue abrazándolo como si de una diminuta boquita se tratara.

Posiblemente sería por la excitación acumulada y por la vaselina, pero la verdad es que entró muy bien y tan solo gimió levemente al principio. Con los dos vibradores bien adentro, me fui por el otro lado de la cama y le metí la polla en la boca. Ella gemía y suspiraba mientras yo le decía:

– Quiero que tengas bien abiertos todos tus agujeros para cuando yo quiera.

Ella asentía con la cabeza.

– ¿Te gustaría cambiar los vibradores por pollas auténticas? – No respondió, pero noté un estremecimiento en todo su cuerpo.
Entonces saqué la polla de su boca y me dirigí a cambiar los vibradores. Quité el de su culo primero y cogiendo el de su coño se lo introduje en el culo, dando un pequeño gritito debido al aumento de tamaño. En este momento no pudo aguantar mas y empezó a correrse dando grandes gemidos de placer. Antes de que terminara me situé debajo de ella entre sus piernas y comencé a comerle el coño, con lo que enlazó un orgasmo con otro entre espasmos que duraron algunos minutos.

La dejé descansar un rato en la cama, quedándose dormida de inmediato.

Dos horas mas tarde la desperté y le dije que se pusiera el vestido negro que habíamos comprado esa tarde y que previamente había depositado sobre un sillón pero le ordené que antes se pusiera las bolas chinas.

Se sentó en un sillón con las piernas bien abiertas con la espalda reclinada y procedió a colocarlas primero en su sexo y luego en su culo. Nos fuimos a tomar unos bocadillos, ya que por la hora, era improbable que nos sirvieran otra cosa.

Después de esto nos dirigimos a una discoteca cercana. Estábamos sentados en unos sillones en la discoteca cuando le ordené que se fuera a bailar, pero que lo hiciera como si estuviera ella sola y me quisiera excitar. Ella se levantó y
se dirigió hasta la pista, empezando a bailar bastante recatadamente en un primer momento. Me gusta verla cuando baila, pues lo hace muy bien y, en este caso más aún, ya que se notaba perfectamente como sus pechos libres se contoneaban al ritmo de la música.

Mi excitación iba en aumento, motivada por ver cómo era admirada por la concurrencia masculina y alguna femenina también. Imagino que a ella, el hecho de sentirse observada y las bolas haciendo de las suyas, empezó a gustarle, pues sus movimientos se hicieron más sensuales; ya no quitaba la vista cuando algún chico la miraba, sino todo lo contrario, la mantenía y no dejaba de sonreír, en un encendido juego de provocación. Varios chicos se le acercaron intentando ligarla pero Raquel los rechazó de forma simpática. Fui un momento al servicio y al regresar la vi en la pista rodeada por un pequeño grupo. Se movía como algunas bailarinas de streaptease, sus manos recorrían sus piernas subiendo y arrastrando ligeramente la falda hacia arriba enseñando su precioso culo y parte de su depilado pubis. De repente se dio cuenta de donde estaba y poniéndose bastante roja dejó de bailar y se vino junto a mí. Le di un fuerte beso en la boca mientras se sentaba sobre mis piernas. Le dije:

– Has estado preciosa.

– No sé lo que me ha pasado... estaba...

– Estabas muy bien, has estado media hora bailando, y te puedo asegurar que has levantado mas de una polla, incluida la mía.

– ¿Dos horas? ¿De verdad?

– Por supuesto, pero ahora volvamos al hotel – Y levantándonos salimos de la discoteca.

La llevaba agarrada del culo, pero la mano por dentro de la falda y lo más sorprendente es que no protestaba, incluso mientras subíamos las escaleras no dijo que la retirara, por lo que desde abajo podían y de hecho dos chicos jóvenes le vieron perfectamente el culo. Estaban sentados en la escalera y
solo les bastó un leve movimiento de cabeza para vérselo.

Continuará...

Fernando y Raquel

 

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