Por la mañana
 
Aquella mañana se había levantado muy temprano y con poco esfuerzo. Cosa extraña, porque habitualmente sufría una interminable tortura antes de decidirse a poner los pies en el suelo y salir renqueando camino del cuarto de baño, para seguir los primeros movimientos rutinarios que la pusieran en contacto con el mundo.

Aquella mañana abrió la tapa del water, se sentó sobre él y notó el frío blanco del material de Roca en sus nalgas y en la cabeza. Al vaciar su vejiga notó ligero escozor y recordó que la noche anterior había acabado durmiéndose sobre sus propios efluvios y el suave contacto del vello y el sexo de Glenn, relajado ya después del esfuerzo. Entonces sonrió, recordando el agradable combate con un enervado músculo ardiente que peleaba por introducirse en su lubricado y profundo mundo interior. Normalmente sabía que los primeros besos y la mirada tierna de Glenn podrían acabar llevando sus manos a investigar cómo funcionaba ese día la sensación de sus pezones y si los músculos de la pelvis estaban relajados y dispuestos a llegar más allá de las caricias. Y ayer sucedió de nuevo. Los mensajes de sus labios golosos paseándose por la espalda de Glenn le había animado a volverse y a pasear sus dedos rápidamente por sus caderas, hasta fijar las manos en los pechos que esperaban erguidos. Los labios de Glenn habían llegado hasta los pezones y habían saboreado el conocido contacto con ese caramelo que deseaba ser absorbido por toda la boca.

Recordaba al mismo tiempo que encendía la radio que siempre tenía en la mochila del retrete, al lado de la cadena. Y mientras oía la lectura de las noticias de primera página de los periódicos, dictadas por un locutor acelerado y despierto, sentía satisfecha de nuevo el olor glandular que emerge cuando el deseo es el único protagonista en el mundo. Quizá hizo demasiado ruido y lo vecinos se enteraron de su irremediable clímax saliendo a cuatro patas por todos los sentidos. Pero no le importaba. Mientras escuchaba la noticia de la muerte de una vieja gloria de la literatura, pensaba que la noche convierte en el único habitante al sexo cabalgando con movimientos rápidos y sonidos guturales que anuncian: "quiero más", "más abajo", "todavía no, que no se ha abierto la puerta de entrada a la aventura de dos cuerpos pensando al unísono que aquello no se acabará nunca". Pero se acaba, y entonces los dos se abrazan, para agradecerse mútuamente haber sido partícipes en la aventura de averiguar hasta donde puede llegar el incontrolable traqueteo del cuerpo lanzándose al vacío. Y después se quedan mullidos entre las sábanas averiguando si aquella piel es la misma que acompañaba aquel beso que había animado a seguir el rastro del deseo.

Aquella mañana, se levantó del water cuando escuchó en la radio primeras notas de una cuña conocida. Siempre igual, los minutos que te meten prisa. Hay que desayunar, ¡qué hambre!

Viernes

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