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Era imposible detenerse. Ahora se lo recriminaba. Se recriminaba una y otra vez ese apetito insaciable, esa sed inextinguible, esa necesidad incontenible, sexual, lujuriosa. Dicen que se recuerda toda la vida antes de morir; Laura no la recordaba toda en este instante, sólo los detalles últimos que la condujeron a este nudo intrincado del tiempo y el espacio, que se le antojaba ahora vano y fútil.La primera imagen, probablemente la causante de todo, pertenecía a una película que vio cuando tenía unos diez años. Esa ominosa mirada del repulsivo ser calvo y de orejas puntiagudas le había impresionado de inmediato. No fue como cuando vio “Poltergeist” y no pudo dormir hasta que su madre la aceptó en su cama. “Nosferatu” era más que un fantasma de la noche de su habitación: era una sombra que invadía sus momentos completos, sus sonrisas, sus sueños, incluso veía sus ojos en los de los demás. Se acostumbró pronto a las quejas de su madre acerca de su tendencia a taparse el cuello, y también a los escalofríos que recorrían su espalda cuando imaginaba esos colmillos. También se acostumbró a descubrir que su entrepierna solía estar mojada después de esas imágenes, una sensación que sólo unos años después identificaría como sexual.
En los años siguientes su habitación acumuló fotografías y afiches del Conde Drácula, y vio cada película de vampiros que pudo. Drácula de B. Stoker fue el primer libro que compró con sus ahorros, aunque ya lo había leído varias veces. También leyó a Polidori y cuanto cuento de vampiros pudo encontrar entre los vetustos libros de la biblioteca local.
Laura reía ahora - lastimosamente - ante esos recuerdos que constituían realmente su vida. En la secundaria siempre fue distinta, y se sentía orgullosa de serlo; se sentía superior, diferente, irreal. Siempre sola en el recreo leyendo algún libro o dibujando a Bela Lugosi como lo recordaba, sus ojos ardiendo como drogado, poseso, enfermo.
Justo como ella se sentía esa noche en que con 12 años dijo adiós a su niñez y se volvió adulta, no físicamente (eso ya había sucedido un par de meses antes) sino psicológicamente. Su madre había ido recelosamente a una fiesta, devolviéndose a cada segundo para asegurarse que todo iba bien en su casa y recordándole a Laura que debía acostarse temprano y que debería llamarla en caso de cualquier problema. Una vez Laura estuvo segura que se había ido se puso manos a la obra; estuvo excitadísima toda la tarde sólo por esperar el momento justo, y este había llegado. Corrió al cuarto de atrás de su casa, allí donde se guardaban todos los objetos viejos y abandonados. Aguantando a medias la respiración para no estornudar con el polvo llegó al baúl donde su madre había puesto los trajes que su padre había dejado abandonados una mañana de la que sólo recuerda gritos y una niña muy pequeña llorando junto a su madre que estaba en shock emocional sentada en un rincón.
Ya había inspeccionado el cajón otras veces, temiendo que su madre entrase y la viese escarbando en su pasado. Con todo, sabía bien el orden de todo, pues todo lo había dispuesto con anterioridad.
Sacó una a una todas las prendas que sabía necesitaba, dejando para el final la más importante. En la fotografía en blanco y negro que había debajo exhibían sus padres una afable sonrisa disimulada por sus disfraces. Él con sombrero de copa, saco leva, corbatín, y la capa. Ella en un hermoso traje del siglo XIX, que oprimía sus pechos apenas insinuados por el escote, y que resaltaba su cintura. Sus padres se habían conocido actuando y esta foto se había tomado después de una de las últimas presentaciones de Madame Bovary que realizaba, de una manera no muy afortunada, la desaparecida compañía de teatro del pueblo donde vivían. Ya con todo fuera, una Laura de 12 años, sus pezones apenas empezando a emerger de entre lo plano de su pecho infantil, cargó con el atajo de ropas y zapatos hacia el cuarto de su madre. Debía ser allí, pues el espejo estaba justo en ese lugar. Los ojos de Laura brillaban a la luz de las velas, recordando esto, y él, en lo inconmensurable de ese tiempo escaso lo vio todo en sus pupilas dilatadas.
Sola frente al espejo, temblando de ansiedad empezó a quitarse la ropa con la falta de delicadeza propia de su edad. Antes de bajarse las bragas las sintió mojadas como esperaba. Le gustaba pasárselas por la nariz y sentir ese olor tan suyo, tan penetrante. Una vez desnuda se observó, amándose, notando el nacimiento de un vello levísimo en ese sitio que según descubría a diario, tenía una función distinta a la de dar salida a lo que su cuerpo eliminaba. Descuidadamente acarició el inocente centro y se detuvo su respiración ante esa electrificante nueva sensación que no hizo más que dejarla estupefacta.
Le gustó la forma en que se abrió su boca inconscientemente ante el espejo y decidió continuar con lo que se había propuesto varias noches antes. Se introdujo entre la ropa interior de su padre que desde luego le quedaba grande, se puso los pantalones que apretó con el cinturón hasta el orificio más alejado. Se puso también la camisa, grande también por lo que arremangó las mangas. El corbatín se fijaba con un gancho por lo que no le resultó difícil colocárselo, antes que el chaleco. El saco vino luego y entonces agarró su no muy largo cabello y lo enrolló, asegurándolo con el sombrero. Los zapatos también grandes confirmaban su idea de que no todo era tan perfecto como lo imaginó antes, pero se mantuvo y se colocó por último la capa. Este era el aditamento necesario y último por lo que procedió entonces a mirarse.
Dentro de la inmensidad en que parecía estar inmerso su cuerpo se encontró bello (¿bello? - pensó). Acarició su rostro y abrió la boca como si pudiera ver los colmillos surgiendo. El que no aparecieran le dio una rabia inmensa que alimentó su expresión hasta encontrarse siniestra. Sentía una sensación extraña en su estómago, una sensación nueva que sin embargo había previsto en sus ocasionales visitas anteriores a su deseo, incipiente hasta entonces. Sin embargo, era una sensación extraña, como un mareo leve, que llevaba hasta su culmen la agudeza de todos sus sentidos que parecían actuar de forma autónoma. También sentía calor surgiendo del medio de sus piernas y ocasionalmente una gota cálida resbalando entre sus muslos de niña. Bajó intrépidamente las manos por su cuerpo, sintiendo a una vez el aumento en su respiración y en el número de sus latidos, y la génesis de sus primeros gemidos que en principio sintió ajenos a ella.
¿Había alguien más allí? ¿Su madre? ¿Él? ¿y si fuera él, acercándose en silencio, mirándola, acariciándola con su mirada antigua como el tiempo, mordiéndola, devorándola? No, era ella misma gimiendo con fuerza incontenible, aún más fuerte mientras sus manos bajaban más. El libro de Stoker estaba sobre una repisa, abierto donde ella lo había elegido y lo atrajo hacia sí con una de sus manos, mientras la otra, la izquierda, avanzaba tímidamente rodeando su fuente. Leyó la escena del beso, de la sangre, de la maldición, y se imaginó como él y como ella. ¿Sentiría él algo en ese momento en lo que ocupaba lo que fuera que hubiera en su cuerpo masculino y que su cuerpo femenino no tenía? Su mano siguió el curso establecido y empezó a frotar con fuerza e ingenuidad la raja intacta hasta ese momento. Sus gemidos aumentaron hasta que se pudo oír casi gritando y sin aguantar más aflojó el cinturón y las prendas cayeron a sus pies, zafándoselas como pudo con todo y zapatos y cogiendo el libro corrió hacia la ventana de su cuarto que daba a la calle, desnuda de cintura para abajo y con la capa volando a sus espaldas. El cabello ya se había escurrido del sombrero y también se levantaba con su afán.
Ni siquiera prendió la luz, era lo mejor pues así era más difícil verla, y la noche era su reino, ese fue el primer descubrimiento de su adultez. La calle estaba casi vacía, apenas iluminada por las luces amarillas de los postes. En la esquina hablaban un par de hombres. Aquí y allá transitaban dos mujeres. Apenas mirándolos empezó a pasarse el lomo del libro entre las piernas desesperadamente, uno, dos minutos, sintiendo morir a cada instante y con los ojos perdidos en el infinito, soñando que él estaba allí detrás, sintiendo sus colmillos fríos y agudos, muy agudos, resbalando por su cuello, y sus uñas largas rasgando su vulva con lascivia.
Sin resistirlo más se pegó a la ventana con una mano en lo alto y la boca empañando el vidrio, el libro cayó y descuidadamente un dedo se coló en la vagina empapada en el momento mismo en que gritó una última vez sintiéndose derretida completamente, sus caderas agitándose lejos de su voluntad y el sudor mojando la vieja camisa. En el último instante antes de cerrar los ojos y caer al suelo notó que un hombre y su pareja estaban mirándole.
Se levantó unos quince minutos después, con el corazón en la mano, pero la sonrisa satisfecha. Volvió al cuarto de su madre, llevó su ropa a su cuarto y luego se dirigió al cuarto de atrás. Guardó delicadamente los zapatos, el pantalón y los calzoncillos de su padre. Luego el sombrero, la capa, saco, chaleco y camisa, y volvió desnuda a su cuarto, colocándose allí el pijama, pero dejándose sin ropa interior. No quería que al volver su madre la encontrara desnuda. No quería más que dormir: estaba agotada, saciada y plena. En efecto su madre llegó y la encontró profundamente dormida con el pijama puesto. Sin embargo, si hubiera levantado el cobertor habría encontrado a su hija con el camisón enrollado hasta por encima de la cintura y una mano apaciblemente puesta encima de su coño.
Laura no podía creer que estuviera riendo en ese mismo instante de su vida (o mejor, de su muerte), 15 años después. Todo transcurría como en cámara lenta, y se dispuso a hacer de su última fantasía una realidad mandando como esa noche su mano izquierda a su entrepierna, derritiéndose por última vez ante las paradojas de la vida.
por Shitsu
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