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- Miralo y si te mira sostenele la mirada. ¿Te diste cuenta que no se siente intimidado?.Llegué antes porque quería leer un rato y desde que llegué que se acerca, apoya la boca sobre el vidrio, me mira y se va. Lo miré fijo, le sonreí, le pregunté su nombre, hasta le pedí que entrase, pero no, no me da bola, sólo eso: se acerca, me mira y se va.
- ¿Está pidiendo limosna o vende algo?
- No sé. Vender algo creo que no, al menos no lo ví.
Cirujean. Está con la mamá y con otros chicos que supongo son los hermanitos. Hay un tipo también con ellos… será el padre. Revuelven la basura. Sacan los cartones, latas, vidrios y los ponen en ese carrito ¿ves? Ese. ¿Viste? tienen carritos de supermercado como los "homeless" yankees… se están modernizando… ¿de dónde sacarán los carritos?
- …los robarán...
- Nooo. No creo, se los deben dar en los supermercados… los que ya están viejos. Además... ¡no sé qué es peor! ...que les “regalen” un carrito de supermercado vacío... es cínico, ¿no?. Todo está al revés... no nos dábamos cuenta que estabamos tan mal...
- ...hablá por vos, niñita “barrio norte”...
- ¿qué te pasa?... disculpame... tampoco tanto... lo que quiero decir es yo no puedo creer que todo esto sea real... no puedo acostumbrarme. Porque esto es lo que se ve: cada vez más chicos pidiendo en la calle, la nenita de Tucumán ... ¿la viste? Pero hay un trasfondo que se percibe pero no se ve... es como una amenaza constante que no sabés dónde está ni por donde te va a agarrar. Me resisto a vivir así todo el tiempo. No quiero dejar de hacer las cosas de siempre, tampoco sé que cosas tendría que hacer. Por momentos quiero hacer algo, pero no sé qué. Y si no hago nada siento que me hago la boluda... en fin... por momentos hasta extraño la melancolía que inspiraría un tango, extraño a esa tristeza que supuestamente nos caracterizaba...
- ¿?
- ...por lo previsible...
Apagó el cigarrillo y puso su mano sobre la mía. No dijo nada más, ni siquiera cambió de tema. Sus manos tibias me recordaron por qué nos habíamos encontrado y supuse que mi monólogo lo estaba aburriendo. Me molestó, para qué negarlo, pero acepté la propuesta. Después de todo hacía ya más de una hora que estabamos charlando. Le sonreí resignada y busqué algún gesto de complicidad.
Encontré sus ojos detenidos sobre los míos y la boca dispuesta para un beso. Acerqué mis manos a su cara, apoyé los codos sobre la mesa y me acerqué a sus labios. Los rocé apenas con la lengua y me recosté hacia atrás. Pagó, le di mi parte y salimos a caminar por Chacarita. Lo invité con un taxi y le propuse que eligiese el destino. “¿A dónde yo quiera?” preguntó. “A dónde quiero” respondí.
Nos habíamos conocimos un par de semanas atrás. Nos contamos la historia que quisimos contar - y nos acercamos- , las fantasías - que compartimos -, los gustos literarios y cinematográficos - un desafortunado desencuentro que dejamos pasar - antes de vernos las caras. La seducción comenzó a dar sus frutos cuando quedamos sin qué decirnos y entonces, para alimentar a esa pequeña y mágica coincidencia que logró encontrarnos yo le propuse que nos conociéramos de verdad. “¿De verdad?” escuché del otro lado. “De verdad quiere decir vernos los gestos, la ropa, el modo de tomar café - porque en principio te invito con un café - sentir nuestros olores... descubrir si tenemos pasta para ponerle el cuerpo a todas esas cosas que me decís, literalmente, al oído... “.
Cuando llegamos al hotel fue él quien se encargó de elegir la habitación y agradecer la llave. Fue él también quien sin buscar permiso me agarró de la cintura por detrás, apretando mi culo en su bragueta. No espero a la intimidad para hacer saltar con la presión de su muñeca el primer botón de mi camisa y apretarse a mis tetas por debajo del corpiño. Sentí su aliento cálido en mi oreja y el olor a la cerveza que compartimos después del café. Los pasos de una pareja dejando otra habitación nos interrumpió y nos reímos. Sobre la cama y pasado el primer fragor supo abrirme a su cuerpo con parsimonia y tenacidad. Fue entonces que me maravillé con su lengua abriéndome los labios, su saliva densa, su humedad rancia y agitada. Arrastré con mi lengua las perlas de sudor que cubrían su cuello y buscando más fue que lo desnudé con prisa sin detenerme a mirar, sólo bebiendo y saboreando su calentura.
Cuando llegué a su ombligo me detuvo en seco levantándome en sus brazos. Traspasó mi piel hasta acariciarme por dentro, llenando de tibieza y humedad cada resquicio, primero con su lengua dibujando garabatos en mis axilas, buscando que mis pezones le rogasen atención, después. Cuando el ambiente estuvo calmo de pensamientos supo identificarlo como su momento. Me tomó del pelo y me obligó torcer el cuello hacia su mitad. Siempre al acecho, su verga hinchada asomaba entre sus piernas todavía cubiertas. Sometida a cuanto él quisiera, deje allí mis ojos, entregándome a lo que obligasen sus maniobras. No imagine que se levantaría entonces para mirarme estar . Me pidió que me desvistiese lentamente, mirándolo a los ojos. Cuando comencé a inquietarme me besó de a lengüetazos y me ofreció su sexo. Lo tomó con su mano derecha y lo descubrió forzando un reflejo que contrastó ternura con la violencia de su enormidad. Se desnudo por completo y recostando su cabeza sobre sus manos me invitó a iniciar el viejo ritual para merecerlo dentro cuanto más tiempo pudiera. Me monté en cuatro con su pija entre los labios, la grupa levantada y las piernas exageradamente abiertas para tentar a sus ojos y a sus dedos mientras ganaba mi trofeo. Me miraba extasiado, cubriendo por momentos mi nariz con la presión de sus huevos que sostenía desde abajo. Se mecía rítmicamente ajustándose a mi garganta, sacándola por momentos para admirarla y volver a entrar.
- Dame lo que prometiste- rogué. No dudó un instante. Tomó sus nalgas con ambas manos y se abrió con fuerza para ofrecerse. Sólo la yema de mi dedo bastó para provocar la humedad que me dejaría entrar. Ajustado todavía, ceñido y levemente hinchado, quise todo ese abismo frente a mis ojos. Lamí con ternura su contorno y luego de un dulce gemido, giró sobre sus rodillas recostándose sobre su pecho. Su culo, joven, firme, velludo, abierto, tirante hacia los lados. Puse una almohada por debajo para sentir su olor a madera húmeda, para chuparlo, penetrarlo con la lengua, saborearlo. Cubrí con mis palmas la cara interna de sus nalgas. Su culo, mi lengua y mis dedos. El era mi hembra. Mi hembra alzada disfrutando en silencio que la penetrase sin sexo. Por debajo, el bulto rojizo, oscuro de sus huevos y la base de su pija que sostuve en la curva de mi mano para darle calor y no perderla. Arañé suavemente sus piernas para abrirlas aún más. Otro dedo que inmediatamente invitó a otro más. Los moví sin esfuerzo hacia un lado y otro. Los doblé hasta sentir la resistencia de su tejido en mis nudillos. Era desesperante tener tanto para mi y su entrega. Me senté sobre él, extendiéndome hacía adelante para sentir en el clítoris toda la curva de sus nalgas. Avanzando y retrocediendo precisa sobre mi vértice descubrí el primer esbozo de un estallido que intenté atrapar para disfrutarlo un tiempo más.
Me veía verme en los espejos. Su cara sudorosa y desconocida se aprehendió a mi memoria para siempre. Me sonreía por momentos cuando no cerraba los ojos. Nos mirábamos y si nos mirábamos, en el espejo o a los ojos, sonreíamos. Me corrí lentamente invitándolo a que se diese vuelta. Giró sobre su cadera y me abrazó tan fuerte que sentí mis hombros cubriéndole el cuello. Se pronunció en mis tetas con un suspiro leve. Las cubrió con sus manos y allí descubrí sus manos. Sus dedos largos rasgándome gemidos. Apretándome los pezones con los cuatro dedos. Me tomó de la cintura y sentí mis tetas descansar en su pesadez, erectas y hambrientas, amé mis tetas como si no fuesen mías. Las desee para mi como sabía él las deseaba. Dos mujeres que sin sospechas se imitaban en el espejo. Me toqué con los ojos, me delinee con mis manos, las dibujé con la yema de mis dedos. Me recosté sobre su boca para que las masticase una vez más. Finalmente lo atrapé con mi vaina que era suya. Lo saboree con mi jugo que lo endulzaba en cada embate. Lo tomé de los hombros para inmovilizarlo y hacer de ese beso anclado el único escenario. Clavada, empalada, me retiré hacia atrás para disfrutarla, viéndola. La oculté hasta hacerla desaparecer y adentro, muy adentro, el estremecimiento voraz del latido profundo y desgarrado. Más, más fuerte, más adentro, todos y cada uno de mis gemidos se liberaron recortándose de un llanto viejo, reseco y acumulado. Para callarme me tomó con firmeza y metió sus dedos en mi boca. Lo mordí con fuerza y no resistió. Lo cogí con más fuerza y no resistió. Lo vencí apretándolo con las piernas, clavándole las rodillas a los costados y me inundó de leche, abriéndose en gajos, liberando su pulpa, despojándose de excesos para finalmente rezumar en mi abertura el ultimo vestigio de un orgasmo que se fundió mágico de tan nuestro.
-Besame- imploré al segundo después.
Me devolvió un abrazo largo, cálido y sin final que deje hacer sobre mi espalda. Acomodé mi cabeza en su pecho y cerré los ojos. Supe que me había dormido porque al despertar me faltó su tibieza. Me sobresalté. Me senté en la cama y lo busqué. Estaba sentado a mi lado, cubriéndose su desnudez con la almohada y ojeando el libro que yo había traído conmigo. Me enterneció que me hubiese dejado dormir. Miré el reloj. Eran las tres. Necesitaba descansar, y faltaba una media hora hasta para completar el turno.
- ¿Cómo seguirá esta historia?- me pregunté en silencio al cerrar los ojos. - ¿Podremos algún día compartir un mate para el desayuno? Ojalá... - y me dormí.
No se si fue algún ruido de la calle, un sueño o qué. Lo cierto es que desperté. Cuando lo vi me sorprendió que se hubiese vestido por completo, incluso tenía la campera puesta y a su lado mi cartera abierta sobre el sillón.
- ¿Buscas cigarrillos? - pregunté. No respondió. - ¿qué pasa? ¿por qué estás vestido? - insistí. Comencé a preocuparme.
- Flaco... ¿me podés decir qué te pasa? - me enojé.
Me miro con los ojos tan ásperos que toda la noche se hizo de golpe en mi cansancio. Sentía las piernas rígidas y el cuerpo entumecido. En ese momento creí que el esfuerzo del placer me había dejado exhausta pero al mirarlo nuevamente a los ojos entendí que era miedo. Más tarde pánico y después, mucho después, desolación. En su mano derecha tenía mi billetera y en la otra los pendientes que cuidadosamente había guardado en el bolsillo interno de mi cartera. Finalmente no hizo falta que dijésemos algo, porque aunque por diferentes motivos, la sorpresa nos había tomado por asalto a los dos. Será que sintió mi silencio amenazador, porque inmediatamente tomó el arma que escondía en su campera y me apuntó a la cabeza. Su voz firme no se correspondía al temblor de su mano.
- Quedate quieta, no hagas nada raro y deja que me vaya- . Preciso como sus manos minutos antes sobre mi cuerpo. Fue tan breve esa distancia que la tibieza era lo suyo y sus palabras profundamente ajenas. Segundos después estaba sola en la habitación. Sin pensar y como una autómata levanté el teléfono y llamé a recepción. Escuché tres disparos, gritos y finalmente una sirena. Supe después que lo habían dejado ir y en la esquina el seguridad del hotel quiso detenerlo. Gatilló e intentó huir. Corrió media cuadra y cayó de frente sobre la vereda con dos disparos en el lado izquierdo. Cuando lo vi me acerqué a su cara. Tenía los ojos entreabiertos y un hilo de sangre cayendo por la comisura de sus labios. Puse mi mano debajo de su nariz para ver si respiraba. Un policía me agarró del brazo gritándome que no lo tocase. Me preguntó quién era, si yo era la víctima... y no quise responder. Cuando llegó la ambulancia le pregunté a dónde lo llevaban. Me subí a un taxi y le pedí que hiciera el mismo camino.
Cuando miré el reloj eran las cuatro y media de la madrugada. Tenía sueño, frío, me dolía el cuerpo. Me dejaron entrar a la habitación después de rogar durante media hora y amenazar con permanecer en mi actitud hasta agotarlos. A mi lado había un policía sentado hablando en voz baja con una enfemera, seguramente dudando de mi cordura. Luego de un rato nos quedamos solos en la habitación, rodeados de enfermos, tubos y olores extraños. El policía carraspeaba, cabeceaba, babeaba. Me alivió escuchar sus ronquidos. Crucé mis brazos y recosté mi cabeza al borde de su cama. Me acaricié la nuca con su mano y lloré por primera vez, bebiendome las lagrimas en silencio, mojando la sabana blanca y deshilachada que lo cubría hasta el cuello. En esas largas horas de vigilia y quietud fueron cayendo una a una las imagenes con las que más tarde reconstruiría mi propio rompecabezas. Al fin y al cabo sólo con el transcurrir de los días iba a descubrir cuanto tiempo cupo en esta única madrugada. Allí y en aquel instante recordé austera los visos insospechados de un amor de pocas horas y sólo con ellos pude encontrar el motivo para no desarmarme. Terca por el temor a perder estas pocas certezas, me dije que sólo si me sobrasen ganas bebería de otra fuente que no fuese mi piel. Si era verdad que siempre existen dos lados no me podía culpar por estar eligiendo sólo uno, porque nada de lo que hice podría haberlo hecho de otro modo. Quizás por eso y seguro por no recordar su verdadero nombre, tomé sus manos entre las mías, besé su frente y me quedé sentada a su lado toda la noche, rogando que al día siguiente abriera los ojos y al verme allí, tan obstinada en mi ternura, me abrazase otra vez, confirmándome que todo lo ocurrido después de las tres fue sólo un estertor más de una dolorosa - y fugaz- irrealidad.
por Francesca
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