Sueños
Por La doctora


 
"Ah......cariño, anoche me dejaste muy cachonda, tuve que masturbarme varias veces hasta que me dormí. Y esta mañana,..... esta mañana me desperté todavía caliente...no puedo dejar de tocarme.....por favor.....ven".

Esas palabras resonaron en su cabeza todo el día. No sabía como había podido decirle algo así; pero qué le iba a hacer si la adicción era cada vez mayor. Ya no solo pensaba en sexo cuando le veía o hablaba con él, ahora estaba presente en todo momento; cuando se levantaba, en el metro, en la ducha... Se deleitaba imaginando las posturas más cómodas para cada situación, llegaba a perder el control y sorprendía sus manos acariciándose de camino a su sexo enardecido.

Solía recordar los encuentros con su amante en un ritual diario, hasta que sentía esa sed y empezaba a destapar sus pechos; los pezones erectos salían brincando del sujetador. Los masajeaba y con los dedos húmedos trazaba círculos cada vez más pequeños que aumentaban el placer y despertaban su sexo. Éste reaccionaba ante las caricias de las imaginarias manos de su amante y, entre quejidos, tenía que desprenderse del resto de la ropa.

Se aproximaba a él con temor, como si sus dedos fríos fueran a calmarlo, y empezaba a frotar despacio la entrada de su vagina, recogiendo los jugos que brotaban. Ascendía entonces, en busca de su clítoris, lo encabritaba rodeándolo y pasando sobre él, presionando a veces para ralentizar la progresión del orgasmo.

Pero cuando la excitación no le permitía seguir jugando con su clítoris, se encaminaba decidida hacia la vagina y allí hundía su dedo corazón, al que pronto se le unía el índice. Se penetraba una y otra vez mientras se acariciaba los muslos. Y cada penetración iba seguida de un gemido.
Sus movimientos le arrancaban suspiros entrecortados hasta que el orgasmo era ya inevitable: entornaba los ojos, arqueaba la espalda y tensaba todos los músculos de su cuerpo mientras sus dedos hacían un último esfuerzo....y luego se quedaban quietos, crispados, disfrutando también de esos momentos de gloria.

Porque eso era lo que quería. Deseaba un orgasmo que le hiciera gritar y retorcerse. Un orgasmo que le sacara bruscamente de su cuerpo y le devolviera a él entre convulsiones de placer.

Y eso era lo que esperaba. A duras penas podía resistir la tentación de masturbarse, desde anoche no pensaba en otra cosa. Llevaba todo el día anticipando el encuentro con su amante.

Cuando se le acercara con la verga erecta en una mano, ella la lamería desde la base y se la metería en la boca para rodar su lengua sobre el glande. Y cuando él le pidiera que acabara lo que había empezado, se alejaría; comenzaría a acariciarse y, separando lentamente las piernas, le dejaría ver su sexo húmedo. Le miraría directamente a los ojos cuando introdujera sus dedos y empezara a masturbarse. Al principio lo haría muy despacio, manteniéndose fría y observando las reacciones de él. Progresivamente iría aumentando el ritmo, incapaz de controlarse al sentir pequeñas oleadas de placer invadiendo su cuerpo. Y sólo siendo presa de las primeras convulsiones, sólo entonces, se abriría para él y dejaría que la penetrase furiosamente.

Las contracciones de su orgasmo y sus gemidos sorprenderían a su amante y le harían derramarse........................ummmmmmmmmm.
 

La doctora
 
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