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Estaba sumamente nerviosa, era la primera vez que asistiría a una montería de alto abolengo, se había comprado la escopeta y un completo equipo con su sombrerito de color verde y botas altas, cuando sé lo probo en su casa, la figura que reflejaba el espejo le gusta.Marina era una mujer de 27 años, morena, alta con unas piernas de ensueño, unos pechos pequeños y una cara preciosa con dos hoyuelos en la cara que se acentuaban cuando sonreía, el pelo corto y unos ojos verdes que parecían dos esmeraldas.
Su trabajo de secretaria en un bufete de abogados y su gran simpatía le daba la oportunidad de tener buenas amistades y precisamente, la invitación provenía de la casa del duque de Picachus.
El día amaneció frió y con niebla, el camino hacia la finca que estaba en la provincia de Toledo, fue muy ameno ya que les habían puesto un autocar en Madrid y entre cantos copitas de anís y cafés, se paso el rato.
Le asignaron un puesto junto a Rebeca, una experta tiradora que era la mujer de un alto cargo de la administración central que no-tenia el gusto de conocer.
Estando en el salón de la casa, un suave toque en su hombro la hizo volverse, se encontró de frente a una mujer rubia, bellísima, alta con un cuerpo perfecto que tendría sobre 36 o 38 años y que con una sonrisa le dijo que era Rebeca, su compañera de puesto.
Subieron a un monte, guiados por un guarda y como el suelo estaba escurridizo debido a la escarcha caída durante la noche, Marina dando un traspié estuvo a punto de caer al suelo, solo las manos de Rebeca que la sujeto por el talle, lo impidieron.
Los dos cuerpos estaban unidos y Marina, notaba como los muslos de Rebeca, se habían incrustado entre los suyos, los pechos se rozaban y las caras tan cerca que los dos alientos se entremezclaban.
Fueron segundos que parecieron eternos, Marina se disculpaba por su torpeza, mientras que Rebeca, con su eterna sonrisa, le tocaba descaradamente el culo, intentando quitarle unas ramitas de acebuche.
Las vistas eran magnificas, el puesto estaba en la cima de un monte y se conoce que había sido un antiguo refugio militar, ya que se trataba de una pequeña cueva con dos aperturas para colocar las escopetas y una gruesa puerta de madera que las dejaba totalmente aisladas y a cubierto de cualquier inesperado ataque de alguna fiera del monte.
El frío se dejaba sentir y a pesar que el guarda le había dejado una bolsa con bocadillos, agua y un termo de café, Marina tiritaba y se arropaba con su chaqueta, para acabarlo de arreglar un fuerte trueno, anuncio que pronto tendrían una tormenta.
La lluvia intensa, formaba una cortina que no dejaba ver el campo, Rebeca que había ido preparada con un gran capote impermeable forrado de lana, viendo que Marina estaba a punto de llorar, se acerco a ella y sentándose a su lado en el suelo, la rodeo metiendola dentro de su capote y abrazándola comenzó a consolarla dándole friegas y masajes por el cuerpo para hacerla entrar en calor.
Los relámpagos iluminaban el monte y cada vez que tronaban, Marina, temblaba de miedo.
Rebeca, tenia un brazo por encima de los hombros de Marina y su mano descansaba en su pecho, el otro brazo, rodeaba su cintura y la tenia pegada a su cuerpo, no paraba de besarla en la cara, mientras le decía palabras de consuelo en su oído que también besaba.
Marina, bastante más tranquila, se dejaba hacer y agradecía las palabras y caricias de su nueva amiga, ella también tenia los brazos rodeando la cintura de Rebeca y sentía el calor de su cuerpo lleno de vida.
Un beso depositado cerca de sus labios, seguido de un ligero apretón en su pecho, la hizo reaccionar e intento separarse un poco.
Rebeca, le hizo girar la cara y deposito un suave beso en sus labios, su mano seguía magreando el pecho y la otra mano, debajo del capote, tocaba sus muslos por encima del pantalón.
Un trueno mas fuerte que los anteriores, disipo todas las dudas de Marina y abrazando mas fuerte a Rebeca, subió sus manos hasta sus pechos y comenzó a sobarlos con mucho tacto.
Las dos bocas se unieron en un apasionado beso y después de chuparse mutuamente los labios, las lenguas efectuaron un trabajo con detenimiento.
Rebeca, le había desabrochado la blusa a Marina y sacándole los pechos del sujetador, le retorcía los pezones que estaban duros como piedras.
No podía explicarse lo que le ocurría, estaba siendo acosada por una mujer y el caso es que no solamente estaba tranquila, sino que le gustaba, tenia las piernas abiertas y Rebeca que había bajado su cabeza, le chupaba los pezones, y le estaba efectuando una paja por encima del pantalón, le recorría con su dedo índice toda su rajita, mientras con el pulgar le frotaba el clítoris.
Marina, soltó un suspiro mientras sonreía, reflejando su cara un intenso placer mientras su cuerpo se convulsionaba varias veces.
Rebeca, no dejaba de besarla en el cuello mientras que acariciaba su pelo.
Después de unos momentos de tranquilidad, extendió en el suelo de la cueva el capote encima de unos jaramagos y con toda tranquilidad, comenzó a desnudar totalmente a Marina, esta se dejaba hacer mirándola a los ojos, no sentía frío, solamente estaba nerviosa por lo que sabia iba a acontecer.
Rebeca solamente dijo unas palabras de admiración, cuando le bajo las braguitas, dejando al descubierto un hermoso coño peludo que le raspeaba hasta el ombligo.
Le doblo las piernas con las rodillas flexionadas y metió su boca en la rizada pelambrera, mientras sus dedos se introducían en su raja, la lengua trabajaba el clítoris chupandoselo y dándole suaves mordiscos que hacían soltar gritos de placer a Marina, su cuerpo se retorcía en la estrecha cueva, mientras el furor de la tormenta se desataba en el exterior.
Las manos de Marina, sujetaban la cabeza de Rebeca, como queriendo introducirla en su coño, tanto era el placer que estaba recibiendo que no se daba cuenta que por la raja de la cueva, entraba el agua de la lluvia, mojando su hermoso cuerpo que estaba siendo follado por los dedos expertos de su compañera de puesto.
---- Sigue, sigue no pares por favor — Gritaba Marina, cuando dando un grito mas fuerte, comenzó a convulsionarse mientras reía como una loca, señal de que había tenido un orgasmo tremendo.
Rebeca, se levanta su falda campera y bajándose las bragas, se sentó sobre la cabeza de Marina y le dijo que se lo comiera también a ella.
Marina que al principio noto un olor muy fuerte debido a los flujos que soltaban el depilado chocho de su amiga, comenzó a chuparle sus labios, metiendole la lengua por la vagina, sus manos magreaban el culo, pellizcándolo con fuerza y furor, lo que hacia que Rebeca soltara algunos gritos y no de placer.
Uno de sus dedos, encontraron el ano y mojándolo en su chorreante chocho, lo introdujo de sopetón en su agujero, el grito de placer y dolor sé confundio con otro sonoro trueno.
Las dos mujeres, totalmente vestidas estaban a la puerta de la cueva, sin dirigirse la palabra, la tormenta había pasado y el sol despejaba las brumas que poco a poco dejaban ver un bonito y verde paisaje.
Sobre el medio día, apareció el guarda montado sobre dos mulas y procedieron a bajar el monte con dirección a la finca.
El hombre, delante marcando el camino y las dos mujeres en la otra mula con el capote por encima de los hombros.
Marina notaba los pechos de rebeca clavados en su espalda y sus brazos rodeando su cintura.
Cuando llegaron al llano, noto como la mano fue bajando y se deposito en su entrepierna, el capote las tapaba de una posible mirada del guarda, mientras la otra mano se metió por su escote y comenzó a tocarle el pecho.
Sentía su lengua recorrerle el cuello y sus pezones nuevamente se pusieron duros, la casa estaba cercana y las figuras de los demás componentes de la cacería se acercaban cada vez más.
Rebeca le había sacado un pecho del sujetador y le había abierto un par de botones del pantalón, le tenia metida la otra mano por las bragas, tocándole directamente el coño, y apretándole el clítoris en un suave masaje con el andar de las mulas, mientras le trabajaba el pezón retorciéndolo con saña.
Marina no decía nada por temor a alertar al guarda, mientras los perros de la finca salían a su encuentro ladrando.
Rebeca, le mordía el cuello y mordisqueaba el lóbulo de la oreja, le tenia metidos dos dedos en su raja y con otro le frotaba el clítoris.
Cuendo faltaban veinte metros para llegar a la casa, llego el orgasmo de Marina que a punto estuvo de hacerla caer de la mula, como pudo se abrocho la ropa y cuando la bajaron de la mula ofreciéndole una copa de coñac, se prometió a sí misma que no faltaría a la próxima cacería.
Fistulo
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