Catequista
Por Old Green
 
Calculé su edad en unos treinta y cinco años. Vestía de forma convencional pero tras la recatada falda de lana y los tupidos pantys de algodón se adivinaban unas apretadas carnes, trémulas de deseo aplacado con interminables letanías del Santo Rosario. Su nombre es Marta y es una de las catequistas de segundo curso.

Mi hijo se encontraba ya en edad de comenzar la catequesis por lo que me dirigí a la parroquia del barrio. Una vez allí nos citaron para una reunión previa de presentación que tuvo lugar unos días después. Ya durante ésta y en el momento en que el párroco estaba solicitando la incorporación de voluntarios para impartir la catequesis de primer curso, apareció ella...rotunda, espléndida.

Al llegar a casa tras la reunión comenté con mi mujer la necesidad de catequistas que había en la parroquia, respondiéndome que si quería podía inscribirme como tal, sin intuir la pobre mis verdaderas y aviesas intenciones, pues la tentación de engañar a mi mujer por primera vez y el morbo que me provocaba Marta eran superiores a mis preceptos religiosos.

Las reuniones de catequesis eran una vez a la semana y todo el mundo iba rápido y a lo suyo por lo que me era difícil hacerme el encontradizo con ella e iniciar una conversación. Por fin, tras varios intentos, conseguí mi objetivo. Me di a conocer y solicité su ayuda para la preparación del siguiente tema argumentando mi falta de experiencia. Muy amablemente me dijo que no me preocupara y quedamos en encontrarnos al día siguiente, allí mismo, en los salones parroquiales.

Aquellas horas se me hicieron interminables, imaginándome el desarrollo del encuentro de mil formas posibles. Finalmente a la hora fijada llego ella. Tras buscar una sala vacía nos sentamos cada uno a un lado de la amplia mesa, lo cual me desilusionó bastante y comenzamos a preparar el tema. Tras tener que incorporarse varias veces para señalarme cosas en el libro, decidió cambiar de sitio y ponerse a mi lado.

Al sentarse a mi lado mis sentidos se colapsaron y lo único que podía oír eran los latidos de mi corazón desbocado. Su proximidad provocó que algo dentro de mi pantalón cobrara vida. Me sentía a un tiempo culpable y audaz, pero no me atreví ni a moverme. Así fueron transcurriendo los minutos hasta que nuestro primer encuentro terminó sin ninguna novedad más.

Poco a poco fuimos tomando confianza y pude detectar que la atracción era mutua, por lo que ya no era yo sólo el que la buscaba a ella, si no que ella también me buscaba a mí. Finalmente todo ocurrió tan rápido que casi no me dio tiempo a saborearlo. Yo había ido a la parroquia a recoger unas cosas, encontrándome con que no estaba más que el párroco y tenía que salir en ese momento, por lo que me dejó las llaves para que cerrase al salir pues él tenía otro juego.

Al quedarme sólo cerré la puerta y comencé a reunir las cosas que necesitaba. Un instante después escuché los golpes de alguien que llamaba a la puerta. Como apenas había transcurrido tiempo pensé en el párroco que había olvidado algo. Al abrir la puerta la cara de sorpresa que puse, debió ser tan evidente, que Marta me preguntó sin en vez de a ella, estaba viendo un fantasma. Tras recobrar la compostura le hice pasar bloqueando nuevamente la puerta.

Le conté la salida prematura del párroco y me dijo que había venido a poner orden en el ropero parroquial pues estaba bastante desordenado y que si tenía que marcharme pronto que le dejara las llaves que ya se encargaría ella de cerrar, tras lo cual subió las escaleras que conducían hasta la habitación que cumplía aquellas funciones.

Con el corazón a tres mil revoluciones continué con mi labor. Ya estaba terminando cuando oí a Marta llamarme desde el piso superior: "Luis, sube por favor..." seguido de una risa entre pícara y divertida. Cuando accedí a la habitación la puerta se cerró tras de mí y al volverme entendí el por qué de las risas. Marta se había puesto uno de aquellos vestidos. Le quedaba pequeño y sus senos, aunque no muy grandes, pugnaban por salirse del pronunciado escote de un ajustado vestido de fiesta que obviamente había conocido tiempos mejores. Ambos estallamos en carcajadas ante su ocurrencia.

Se acercó a mí y girándose me pidió que intentara cerrarle la cremallera que había en la espalda de aquel vetusto modelito. La visión del elástico de sus braguitas de blanco algodón me turbó. Tras unos pequeños esfuerzos y solicitándole que contuviera la respiración conseguí cubrir su espalda. Estaba ridícula por lo que la risa fue incontenible. Con gesto de contrariedad me sujetó por la cintura y me tapó la boca con la mano. En broma comenzamos a forcejear.

Me dejé caer en un montón de ropa que había sobre el suelo mientras intentaba zafarme de su presa y así poder reírme de su aspecto. En el fragor de la batalla las costuras de aquel vestido decidieron ceder ante la presión a que eran sometidas por aquellas tentadoras carnes objeto de mi deseo y al incorporarse para ponerse en pie, estallaron sin apenas ruido por lo que el vestido resbaló hasta el suelo en un suave susurro.

Unas braguitas de níveo algodón eran el último valuarte que cubría su cuerpo. Al percatarse de la situación intentó cubrirse con las manos pero ya era tarde por lo que comenzó a reírse mientras se dejaba caer a mi lado en el abultado montón de ropa ocultándose con ella. Me armé de valor e incorporándome un poco busqué sus labios. Los sellé con un beso y esperé su previsible airada reacción.

Tomó mi cabeza entre sus manos y con mucha ternura me devolvió el beso, con una intensidad difícil de describir. Nos besamos bastante rato, mientras mis inquietas manos recorrían cada pliegue de su piel. Me desabotonó la camisa aflojando seguidamente mi cinturón. Se incorporó e introdujo su mano en busca de mi palpitante miembro. Con gesto experto se lo introdujo en la boca lenta, muy lentamente.

Me giré de tal forma que su vulva quedara a la altura de mi cara y tras deshacerme de las braguitas intenté devolverle las caricias bucales con que me prodigaba en aquellos momentos. Mi primer ataque a su clítoris arrancó un débil gemido de mi pareja. Estaba excitadísimo así que no escatimé pequeños mordisquitos aquí y allá que parecían no disgustar a Marta. Mi lengua juguetona visitaba sus orificios infatigablemente. Ella, de tanto en tanto elevaba sus caderas para no perder el contacto con mi lengua e incluso intensificarlo.

Estaba completamente lubricada, así que cuando decidió sentarse a horcajadas sobre mi pene no tuvo ninguna dificultad en introducírselo de un solo golpe, lo que provocó que arqueara su espalda ofreciéndome sus pechos en una sensual danza. No tardé en aceptar aquel rico manjar y comenzar a libar de sus pequeños pechos, armados con rotundos y erectos pezones. Hubiera estado así, hasta el infinito y más allá, pero las contracciones de su vagina al alcanzar el orgasmo hicieron que yo también alcanzara el mío, corriéndome de forma placentera y abundante sobre su vientre.

Quedamos abrazados y jadeantes, tendidos un largo rato sobre aquel cómplice montón de ropa, agudizando ambos el oído por si algún ruido delator nos revelaba la presencia de alguien más en las dependencias parroquiales. No se oía nada, salvo nuestra agitada respiración. Comenzó a limpiarme con un pañuelito de papel pero al contacto de su mano, mi pene, que debido a la excitación tanto tiempo contenida no había perdido dureza, reaccionó lo cual provocó en ella un gesto de satisfacción acompañado de una encantadora mirada pícara.

Se dio la vuelta ofreciéndome una provocativa visión de sus nalgas. La sujeté por las caderas y apuntando directamente a su rajita le introduje mi miembro con toda la lascivia de que fui capaz. Mis caderas se movían rítmicamente al compás que ella marcaba. El esfínter de su culito estaba totalmente relajado y algo abierto, así que sin vacilación hice desparecer en su interior mi dedo pulgar, lo que tuvo como efecto una aceleración en aquel delicioso vaivén.

Su cuevita estaba deliciosamente caliente y húmeda...desde mi privilegiada posición podía ver cómo sus labios rodeaban mi sexo en cada mete y saca...mis dilatadas venas rozaban contra las paredes de su vagina provocando un cúmulo de maravillosas sensaciones. Sus nalgas golpeaban sensualmente mi pelvis en cada acometida, mientras sus pezones rozaban en la ropa que había debajo aumentando su excitación. A veces la sujetaba por el pelo como si fueran las bridas de una yegua a punto de ser domada.

Nuevamente noté sus contracciones y aquella agradable sensación subiendo por mi vientre que me transportó de nuevo a la cima del clímax, haciéndonos gozar al unísono nuevamente. Me había corrido dos veces y a cual mejor. Marta no parecía habérselo pasado mal tampoco. Entre risas y besos la ayudé a vestirse y a recoger aquel desordenado montón de ropas. El vestido, ya inservible, acabó en la basura y tras cerrar la parroquia nos separamos prometiendo guardar el secreto de lo sucedido bajo amenaza de no volver a repetirlo.

Sé que corro un grave peligro habiéndolo relatado aquí...pero no he podido resistirme a este segundo pecado...¡pobre! si supiera que soy...el demonio...je,je,je

Por Old Green
 

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