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Aquella noche, Javier y yo volvimos de cenar. Había venido a verme, desde el centro de España, y después de mucho esperar. Nos veíamos menos de lo que yo quería y, estoy también segura de ello, menos de lo que él deseaba.Nuestra, a veces neurótica relación, duraba ya cuatro años, desde que yo llegué una mañana de septiembre a la empresa en la que Javier trabajaba y en la que me tuvo que recibir como jefe de personal. Desde el principio me sentí atraída por él, de la misma forma que él se fijó en mí. Poco duró el inicial coqueteó. Una noche, con otros compañeros del trabajo, fuimos a una cafetería a ver un partido de fútbol. Creo que, lo de menos, para Javier y para mí, fue el partido. Nos la arreglamos para estar juntos durante todo el partido y luego me acercó en su coche a mi casa. Se ofreció a, antes de dejarme, enseñarme unos acantilados cercanos al sitio donde yo había alquilado mi casa. Me lo mostró y vimos el cielo despejado. Allí me abrazó por vez primera. Aquella noche no pasó mucho más... Pero de eso, hace ya cuatro años y Javier vivía lejos, aunque yo ahora me acordaba de ello.
Habíamos bebido algo durante la cena, aunque no fue aquello lo que me excitó. No necesitaba beber nada para excitarme, estando junto a Javier. Sabía que en cuanto se acercara a mí, en cuanto su boca me rozara, comenzaría a exaltarme. Por si acaso, quise hacerle ver que estaba invitado a tomarme cuando quisiera. Así que, cuando entramos en mi habitación y él se sentó en la cama, distraídamente, yo me asomé por la ventana. Sabía lo que había frente a mi piso: el paseo marítimo, la playa, a lo lejos el estadio de fútbol y una ligera lluvia. Pero, lo fundamental era lo que Javier veía: mi trasero enfundado en una minifalda ceñida y realzado por los tacones de mis botas. Sentía la mirada de Javier deseando acariciar mi culo y su presentida excitación convirtió la mía en real: mi coñito comenzó a mojarse, mientras mi corazón se aceleraba. Y Javier aún no se había acercado a mí. Me incliné más y mi culo tuvo que llegar al colmo de la provocación.
Noté como Javier se acercaba a mí. Me abrazó por detrás y sentí su pene, ya en todo su esplendor, oprimiéndose contra mi culo. Me estaba mareando y más cuando Javier comenzó, muy despacio, a besarme el cuello, los lóbulos de las orejas, la nuca. Sus labios recorrían una y otra vez todo mi cuello y, enseguida, su lengua comenzó a dejar un rastro húmedo en mi piel Y, mientras, su cuerpo y sus manos no me dejaban girarme. Yo jadeaba cada vez más fuerte, más apresuradamente, y deseaba tocarle, tanto como el que él me tocara a mí. Pero, me aprisionaba contra el alféizar de la ventana.
De pronto, una de sus manos empezó a explorar tras mi falda. Javier, sabiamente, había comenzado a acariciar mis piernas. Su mano subía muy despacio por mis muslos, jugando en cada centímetro cuadrado de mi piel, convirtiendo cada una de mis terminaciones nerviosas en descargas eléctricas que recorrían todo mi cuerpo hasta llegar a mi cerebro. Estaba a punto de caer al suelo y aquel hombre no dejaba ni su mano quieta ni su lengua parada. Su mano acarició mi chocho por debajo del tanga e, inconscientemente, separé mis piernas esperando su llegada que no se hizo esperar. Retiró la pequeña cinta de tela de mi tanga y sus dedos penetraron en mi coño con toda facilidad al estar ya suficientemente lubricado.
-¡Sí...!, recuerdo que dije. Había esperado ansiosamente la llegada de sus caricias al centro de mi placer y Javier no me estaba decepcionando. Introducía dos dedos en mi chocho y acariciaba toda mi vagina. Sin previo aviso, los sacó y noté como buscaba mi otro agujero. Una oleada de placer me sacudió: hacía tiempo que quería que explorara mi culo y no me defraudó. Uno de sus dedos se abrió y mi culo relajado recibió aquel dedo suavemente lubricado por mis flujos. Creí morir de placer al notar como aquel dedo penetraba en mi más secreta entrada.
A duras penas me volví.
-¡Déjame! Yo también quiero tocarte –le dije, mientras mi boca buscaba la suya. No hubo preámbulo: su lengua entró en mi boca y buscó mi lengua con desesperación. Se enroscaron como dos serpientes. Su lengua acarició mis labios, mientras mi mano resbalaba hacia su polla. A pesar, de los pantalones noté su erección y me relamí de gusto pensando en aquel miembro erguido, grueso, que me iba a dar tanto placer.
Le empujé hacia la cama. De rodillas ante él, le desabroché los pantalones, le bajé los ceñidos bóxer y me enfrenté con profunda ansia a aquel miembro que esperaba ya mis caricias. Sepulté su polla en mi boca. ¡Dios, cómo me gustaba mamársela! Me gustaba su tamaño, su olor, su sabor... Ensalivé bien aquel miembro y mi boca subía y bajaba, proporcionándole a Javier oleadas de placer. Mi lengua se entretenía en su glande, en el tronco, sin dejar de chupar uno sólo de los poros de la piel de aquella picha. Le chupé los huevos y mi lengua se deslizó, cautamente, hasta el agujero de su culo. Volví a su polla, mientras con una de mis manos sabiamente le masturbaba. Sentí como el glande de Javier se hinchaba como un globo y me preparé, gustosa, a que se corriera en mi boca, dispuesta a no dejar escapar una sola gota de su caliente leche. Pero, los planes de Javier eran otros y bruscamente se separó de mí y su boca se apoderó de la mía. Sentía como mis pechos querían ya ser liberados, atrapados aún por la ropa.
- Ven aquí, zorra –me dijo, y, al oírme llamar así, lejos de molestarme, en aquel momento me gustó.
Nos desnudamos enfebrecidamente y su boca, enloquecida, buscó mi coño. Me arrancó, literalmente, el tanga y su lengua comenzó a acariciar, dulcemente, el clítoris. Todo mi cuerpo era ya un volcán a punto de estallar, al notar su lengua chupando mi vagina. Lamía, con todo detenimiento, mis labios mayores, chupaba los menores, succionaba mi clítoris –aún ahora cuando lo recuerdo, me excito y, en ocasiones, siento la necesidad imperiosa de masturbarme-, entraba y salía de mi coño, profundizando en él, como su fuera un consolador flexible. Sabía moverse en el interior de mi chochito y arrancar de él todo el placer que yo era capaz de sentir. Yo no quise estarme quieta y resbalando sobre él, comencé a mamársela. Aquello era una competición, para ver quien era capaz de hacer gozar más al otro y noté que yo estaba ganando, al notar como Javier era, cada vez, más incapaz de hacer mover su lengua.
Sentí resbalar su boca y me volvió. Su lengua se acercaba a mi culo despacio, muy despacio.
-Sí, Javier, sí, hazlo. Chúpamelo –pensé, auque mi garganta no dejaba escapar más que gemidos, incapaz de pronunciar ninguna otra palabra.
Y la lengua de Javier lo hizo. Chupo el agujero de mi culo. El placer fue infinito. No sabía cuanto placer es capaz de residir en ese agujero y Javier me lo descubrió. ¡Cómo me lo descubrió! Su lengua mojó todo mi culo y cuando Javier sintió que estaba suficientemente empapado hizo entrar su lengua en él. Yo estaba a punto de correrme, pero conseguí retenerme. Tras su lengua, un dedo, luego dos, violaron mi agujero trasero. Moría de placer. Como dos serpientes sus dedos se movían dentro de mi culo y me arrancaban gritos de gozo. No podía más. Pero, Javier no paraba y su dedo pulgar se dedicó a mi chocho. Aquello ya fue demasiado. Entre gritos me corrí. Noté como mi coño se dilataba, como mi culo se movía intentado arrancar más placer a aquellos dedos que no paraban de moverse.
-Me corro, sí. No pares, cabrón, no pares – le grité, loca de placer, apretando mi culo y mi coño contra sus dedos, queriendo casi, como garfios, se me clavaran. Salté, brinqué, hasta que la intensidad del orgasmo fue disminuyendo. Estaba agotada. Javier ascendió hasta mi rostro y vi como me miraba, con dulzura, con una melancólica alegría. Pero, yo no estaba dispuesta a parar. Le besé en los labios y me senté sobré él.
-Ahora me toca a mí –le dije- Quiero follarte, follarte como nunca te han follado y como yo nunca he follado. Quiero follarte como una puta en celo, cabrón- Y me sorprendí hablando así, pero me gustó, con un placer físico que nunca antes había sentido.
Cogí su polla y me senté sobre ella, sintiendo como aquel rollo de carne hollaba mi coño, absolutamente mojado y dispuesto a recibir a aquella polla que tanto deseaba. Le cabalgué furiosamente y mis pechos bailaban ante su cara, encendidos, con los pezones duros como piedras. Él acarició mis tetas, mis pezones, los mordió y el placer que, poco antes, me había abandonado volvió a mí.
-Date la vuelta –me dijo- Muéstrame tu culo, putita.
Le obedecí: aquella noche estaba dispuesta a hacer lo que él quisiera. Allí estaba yo, sentada sobre él, de espaldas, enseñándole el agujero de mi culo, dilatado, mientras saltaba sobre su polla, como una perra. De nuevo, un dedo suyo entró en mi culo. En aquel momento, con mi culo ocupado por un dedo de Javier, mi coño por su polla, deseaba, morbosamente, con un sueño imposible, que Javier tuviera otra polla, otra polla que yo pudiera mamar, mientras le estaba follando.
Noté como Javier llegaba al clímax.
-No puedo más, Olvido. Me voy a correr, me voy a correr... –dijo, casi con un gemido.
Yo tampoco aguantaba más. Al tiempo, que el placer me inundaba, sentí su polla explotar dentro de mí. Nuestros gritos se unieron y, sin poder soportar más aquel placer, le mordí con furia. Javier brincaba como un loco. Poco a poco, nos aplacamos.
Me salí de él. Su respiración, agitada, comenzaba a recuperar su ritmo normal. Le besé con toda mi alma. Él me miró. Al día siguiente, Javier tenía que volver a su casa, pero yo quedé contenta: sabía que, aunque lejos, yo siempre estaría con él. Y Javier también lo sabía: Olvido sólo era mi nombre.
continuara...
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