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Cuando compramos aquella parcela en mitad de ninguna parte jamás imaginamos la de quebraderos de cabeza que nos iba a dar. La verdad es que en principio parecía un auténtico chollo pero al poco tiempo se transformó en una fuente de pequeños problemas. Fue durante la solución de uno de éstos cuando sucedió lo que paso a relataros.Debíamos valorar la finca para resolver un pleito que manteníamos con la Comunidad de Madrid, así que tras contactar con una entidad tasadora y aportar todos los datos necesarios quedamos en que nos avisarían por si teníamos que ayudar al perito encargado de realizar dicha tasación.
Efectivamente a los pocos días recibí una llamada solicitándome que acompañara al tasador, ya que no era capaz de encontrar la mencionada parcela que se encuentra en un lugar de difícil acceso en las laderas de La Maliciosa en la sierra de Madrid. Quedamos citados en la plaza del pueblo de Cerceda.
Nuestro encuentro se produjo temprano ya que era un caluroso día del mes de Julio. Eran una pareja que se presentaron como Pedro y Tina, bien parecidos, Tina vestía falda corta y una ajustada blusa a la moda, Pedro por el contrario iba con americana y corbata.
Tras dejar el coche lo más cerca posible de la finca comenzamos a caminar. Tras diez minutos de empinada cuesta Tina ya se había desabrochado dos botones de la blusa lo que indicaba que podía más el calor que su pudor y Pedro se lamentaba por no haber dejado la corbata en el coche y la americana en su casa, incluso no habérsela comprado. Yo como jugaba con ventaja vestía pantalón corto y una camisa de manga corta.
Cuando llegamos a la entrada de la parcela, Tina llevaba la blusa por fuera de la falda y unas delatoras manchas de sudor empapaban su blusa por debajo de sus pechos. Pedro también venía descamisado y había abandonado americana y corbata en un recodo del camino. Afortunadamente para ambos en la parcela nacía un arroyuelo de agua limpia y fresca.
Se tiraron al agua como si les fuera la vida en ello y tras refrescarse comenzaron a tomar medidas y notas. La verdad es que lo agreste del terreno no facilitaba sus tareas por lo que al poco ya sabíamos que las braguitas de Tina, al igual que su sujetador, eran blancas y que tenía unos muslos dorados por el sol perfectamente contorneados. Pedro y yo intercambiábamos miradas de entendimiento cada vez que Tina mostraba por descuido alguno de sus encantos.
Y sucedió la tragedia. Una zarza traidora se aferró obstinadamente a su falda cuando caminaba sobre la irregular cerca de piedra que delimitaba la parcela. En el forcejeo la piedra cedió bajo sus pies y Tina quedó tendida sobre el lecho de lodo, que se forma en un pequeño remanso del arroyo. Su falda desgarrada, había quedado en poder de la zarza y Tina, ya de pie y con alguna pequeña magulladura, estaba totalmente sucia de barro. Presa de un ataque de nervios por su mala fortuna, se arrancó la blusa mostrándose ante nosotros cubierta únicamente por el sujetador y su braguita tanga, mientras Pedro y yo la mirábamos boquiabiertos.
"¿Vais a estar ahí como dos pasmarotes mirándome todo el día?" Nos chilló.
La carcajada nos estalló en la garganta, la verdad es que tras el susto inicial la risa brotó incontenible. Finalmente contagiada, Tina también comenzó a reírse de su infortunio. Poco a poco nos fuimos acercando a ella para intentar ayudarla aunque no sabíamos bien como. Fue ella quien tomó la iniciativa: "Pedro, vete a buscar tu chaqueta, por favor, y usted traiga aquel viejo cubo". Luego, me indicó que lo llenara en el arroyo y que subido a una piedra cercana le echara el agua poco a poco, como si se tratase de una ducha.
Se desprendió de la lencería para quedar desnuda mostrando un cuerpo de infarto cuya tersa piel morena no tenía las habituales marcas del bañador. Yo con cierto nerviosismo comencé a hacer lo que me había pedido. El agua que resbalaba entre sus apetecibles senos se deslizaba hasta su ombligo, para después de recalar en él continuar su sensual camino por ambos lados de su liso vientre y tras recorrer sus apretados muslos caer al suelo. Sus pezones color canela reaccionaron a la temperatura del agua poniéndose duros como piedras. Los rizos de su pubis brillaban al sol. El barro se desprendió de su cuerpo acariciándolo.
Al poco, Pedro regresó con sus prendas y quedó tan sorprendido o más que yo con aquella turbadora visión. Tras terminar su improvisado aseo y con voz de fingido enfado Tina nos espetó: "¿No vais a hacer nada para que entre en calor? ¡Estoy helada!". Literalmente nos abalanzamos sobre ella. Pronto estuvimos desnudos los tres y la orgía no tardó en comenzar.
Pedro magreaba aquellos pechos que desafiaban la ley de la gravedad y besaba a su compañera con lujuria, sus lenguas se entrelazaban con vehemencia, mientras yo me ocupaba de su hermoso trasero. Humedeciéndome el dedo índice con el flujo que salía de su cuevita, se lo introduje en su culito con movimientos lentos y circulares. Quería que aquel agujerito se relajara para poder hacerlo mío.
Tina se sentó en una piedra y Pedro se agachó para lamer su almejita que aparecía enrojecida e hinchada de deseo. Me atrajo hasta ella y tomando mi miembro comenzó a chuparlo con pericia mientras gemía de placer agradecida por los buenos cuidados que recibía de su compañero. "Déjame que lo humedezca bien para que no me hagas daño cuando me rompas el culito" me dijo, obviamente había adivinado mis aviesas intenciones. Mi pene entraba y salía rítmicamente de su lujuriosa boca que no paraba de succionar. De tanto en tanto su lengua rodeaba mi glande como en un cariñoso abrazo, recorría mis hinchadas venas o me propinaba algún pequeño mordisco. La erección me resultaba casi dolorosa.
Sin poder resistirlo más, Pedro se incorporó y en un gesto pleno de deseo separó las piernas de Tina y agarrándose a sus muslos, con un fuerte golpe de riñones introdujo su bien dotada virilidad en aquella deliciosa y acogedora rajita cubierta de espeso vello negro. Tina arqueó su espalda y dejando escapar un gemido se abrazó a Pedro, el cual comenzó a poseerla con ansia. Aquel arrebato de pasión dejaba claro que Pedro deseaba a su compañera de trabajo desde hacía tiempo y ahora se iba a desquitar. Pero la entrega de Tina revelaba que la atracción era mutua. La situación superaba en morbo cualquier otra imaginada.
Sus vientres unidos brillaban por el sudor y la excitación. "Cariño, no quiero que te corras aún" y diciendo esto se separó de él. Tumbó a Pedro de espaldas en el suelo y sentándose a horcajadas sobre él se introdujo de nuevo aquel palpitante miembro que lubricado por el flujo se deslizó dentro de su húmeda almejita sin dificultad, luego se inclinó hacia delante para abrazarse a su cuello.
"¿A qué estás esperando? ¡Rómpemelo!" me dijo Tina a modo de invitación. En esa postura me ofrecía completamente su culito así que humedecí mi pene con saliva y lenta, muy lentamente se lo introduje. Su esfínter se cerró entorno a mi miembro como si no quisiera dejarlo escapar. Era deliciosamente estrecho y aquel intenso roce hizo que de puro placer mis piernas comenzaran a temblar. Al introducirlo podía sentir cómo mi pene tocaba con el pene de Pedro que también se encontraba en el interior de Tina pero en diferente agujerito. Mi excitación estaba al límite y temía hacerla daño. Por fin, con un último empujón mis pelotas rebotaron en sus nalgas y comenzamos a movernos los tres como un solo cuerpo.
Tina con la piel cubierta de sudor gritaba sin recato, mientras entre jadeos nos pedía que no paráramos de movernos, estaba al borde de la locura. Pedro se había corrido, pero excitado por la situación su miembro no había perdido dureza y continuaba sus acometidas a la búsqueda de un segundo orgasmo, sin parar de jugar con aquellos apetecibles pechos.
Yo procuraba acompasar mis movimientos a los de Pedro, de tal forma que cuando uno la penetraba el otro se retiraba componiendo así una lujuriosa danza. Tina con los ojos en blanco y los dientes apretados disfrutaba de aquel erótico baile abandonada al placer. Mi pene ahora entraba y salía sin dificultad de su dilatado culito y agarrado a sus caderas aprovechaba cada empujón para mordisquear su nuca y hombros con lascivo deleite.
No se cuánto tiempo estuvimos así. Finalmente me dejé llevar, el orgasmo fue tan intenso que noté cómo se me erizaba el vello mientras inundaba sus intestinos de abundante leche que tras retirarme comenzó a resbalar por sus muslos. En ese instante Pedro eyaculaba sobre su propio vientre disfrutando de su segundo orgasmo. Luego Tina procedió a limpiar nuestros miembros lamiéndolos y tragándolo todo con glotonería, mientras nos confesaba que le habían dado tanto placer que casi estuvo a punto de desmayarse.
Después de asearnos en el arroyo y de cubrirse Tina con la americana de Pedro, regresamos hasta el coche, donde afortunadamente yo llevaba una bolsa con ropa de deporte que pude prestar a Tina. Quedamos citados en su oficina para la entrega del informe. Confío en que no aparezca nada de lo sucedido...
Old Green
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