Experiencia con Vany (II)
 
2.- VANY NOS TRAJO ORQUÍDEAS
 

Vanesa/o vino por segunda vez a casa con un enorme y barroco cesto de flores. Rosas, claveles, petunias, junquillos, algún hibisco y algunas margaritas... y en lugar predominante tres orquídeas tropicales.

Cuando yo llegué, Vany (como nos pidió que la llamásemos en nuestro primer encuentro) estaba con Floren, tomando té verde "sin leche ni limón: solo un poco de azúcar". El "jardín" que había traído reposaba sobre un velador del living. Lo vi en seguida y quedé realmente impresionado. Especialmente, por las espectacularidad de las orquídeas. Siempre me han parecido flores muy sensuales, de una morbosidad estremecedora. Y allí estaban, en el centro del ramo floral, como tres hermosas vaginas aterciopeladas, a punto de atrapar y devorar cualquier falo que estuviese a su alcance.

-Cariño, Vany nos ha traído flores -me anunció Floren, al verme entrar.

-Hola, guapetón -era Vany, que se incorporó y, cimbreante, vino hacia mí para besarme las mejillas amistosamente. No llevaba hoy la peluca pelirroja, sino su cabello natural, bastante corto y tirando a rubio, lo que le daba un aspecto muy andrógino.

Me senté junto a Floren para tomarme un whisky.

-¿A qué ha venido eso de las flores? -pregunté.

-Porque sois mis amigos y os quiero mucho -saltó de inmediato Vany.

-¡Vaya...! Brindemos por eso -exclamó Floren y, sin pensárselo ni un momento, corrió a sacar una botella de cava del frigorífico.

Vany, en cuanto la vio, se la quitó de las manos para descorcharla. Desnudó el tapón y comenzó a masturbarlo como si fuese un poderoso glande. Se dio cuenta de lo que, tanto Floren como yo, estábamos pensando y acentuó sus maniobras. Incluso, se puso a lamerlo y a chupetearlo con un gran estilo erótico. El cava estaba muy frío, con el gas comprimido, por eso el tapón se fue liberando muy suavemente y se soltó con un estallido muy tímido.
 

-¡Córrete, cariño, córrete! -gritó Vany, mientras un chorro precoz de espuma asomaba por el gollete como un borbotón de semen esponjoso. Sin perder un instante, se puso a sorber ese derrame espumoso con la misma fruición que si se tratase del primer lechazo de una polla virgen.

-Deja un poco para mí -le pidió Floren, acercando su copa.

Aunque yo seguí con el whisky, brindamos los tres por este nuevo encuentro "sin rencores", como especificó Vany.

Confieso que las maniobras de Vany con la botella me habían puesto cachondísimo. Notaba una sólida erección y, buscando mayor comodidad, me había arrellanado en el sofá con las piernas muy separadas. Mano a mano y casi sin pausa, Floren y Vany habían vaciado esa primera botella de cava y abrieron otra. A poco, se dieron cuenta del cambio de volumen de mi paquete y, riendo, se dejaron caer junto a mí, una a cada lado.

Tal como se habían sentado, casi no cabíamos los tres en el sofá. Floren fue ganando terreno hasta abalanzarse sobre mí y besarme profundamente. Recorrió todos los rincones de mi boca con su lengua lista que tenía ahora sabor a cava "brut nature". Al mismo tiempo, me bajaba la cremallera y sacaba fuera mi verga empalmada. Se montó encima de mi barriga. No llevaba bragas, como solía hacer cuando estaba en casa. Se fue deslizando hacia abajo, hasta que la punta de mi capullo comenzó a abrirse paso entre los labios de su coño. Estaba tan caliente y húmedo como un pozo de arenas movedizas. O quizá como una implacable orquídea carnívora.

-¡Espera! -Vany la sostenía por el culo para que no se engullese definitivamente todo mi cipote-. ¡Espera! Floren me ha dicho que te haces una pajas de fábula. ¿Por qué no nos das un poco de espectáculo?

-¿Ahora? -mascullé.

-Sí, buena idea -era Floren, que ya se había liberado del empalamiento, resbalando hasta mis pies.

-Estáis locas... No tengo ganas.

En un momento, Floren se quitó blusa y falda y quedó deliciosamente desnuda: sus pezones, de aréola hinchada color café-con-leche, en medio de unos pechos ligeramente caídos; sus nalgas periformes que dibujan un culo firme y poderoso, capaz de hacerme reventar de gusto cada vez que me lo follo; su maravilloso chocho de bordes tumescentes que estuchan un clítoris mullido y supersensible...

-Vamos, cariño, yo te ayudo... -me animó ella, mientras me despojaba de los pantalones y del slip.

-Sí, tío, machácatela para mí. -Vany también se había quedado en pelota viva. Me producía una extraña lujuria la ambigüedad de su aspecto. Con aquellas tetas perfectas (combinación de hormonas y silicona) y esa polla, aunque ni grande ni gorda, muy tiesa y de capullo desafiante.

Vany remató la faena de Floren, abriéndome la camisa de un tirón. Aprovechando que me estaba liberando de las mangas, me dio un beso furibundo, metiéndome su lengua casi hasta la campanilla.

-¡De acuerdo! -grité furioso, porque me cabreaba que aquel beso me hubiese puesto tan terriblemente caliente.

Con la mano izquierda, me agarré la polla, ya muy dura, por la base. Estiré hacia abajo la piel del prepucio hasta descubrir un glande congestionado, tenso y purpúreo. Forme una anilla con el índice y el pulgar de la otra mano y la fui pasando y despasando lentamente por la protuberancia de la corona, casi sin rozarla.

Pronto oleadas de placer libidinoso recorrieron todo mi cuerpo hasta convertirse en una marejada imparable. Y me puse a gritar, a insultar, a blasfemar, a morderme los labios, a contraer los párpados y los esfínteres, y a exigir que me la mamase cualquiera, que alguien me liberarse de la leche acumulada en mis cojones que me amenazaba con una orquitis fulminante. Floren sabía que no tenía que hacerme caso ni tocarme: la norma era que me masturbase a mi ritmo hasta que, retorciéndome de gusto y soltando copos de esperma a diestro y siniestro, me corriese como un cerdo. Pero Vany no conocía muy bien nuestras reglas. Así que se lanzó sobre mi verga y le pegó una mamada salvaje, succionándome el capullo tan brutalmente que pensé que me lo había arrancado. Por suerte, en seguida aflojó un poco la presión de su chupada. Sentí, entonces, que me atravesaba un rayo desde el cerebro al perineo; que se me licuaban los huevos; y que dominado por un placer doloroso, soltaba varios chorros de cuajada dentro de la boca de Vany.

Cuando saqué mi picha, Floren estaba boca arriba sobre la alfombra, riéndose como una loca, estremeciéndose y masturbándose con un par de dedos. Vany se incorporó relamiéndose los labios. Me agarró por la nuca y me volvió a besar y pasarme aquella lengua carnosa por el paladar. A su paso me fue dejando, con su saliva, residuos viscosos y acres de mi propio semen. Cuando conseguí soltarme, ya me había tragado la mayor parte. Pero, en aquel momento, estaba tan placenteramente aturdido que ni siquiera se me ocurrió escupir el resto.

Iba a enfrentarme con Vany, cuando los gemidos de Floren acapararon mi atención. Se pellizcaba los pezones y se hundía casi media mano en un chocho tan mojado que le dejaba churretes hasta en los muslos.

 
-¡Qué loca! -exclamó Vany y, sorprendentemente, se amorró al coño de Floren y comenzó a lamerlo con una lascivia increíble.

-¡Soy tortillera, soy tortillera...! ¡Yo también soy lesbiana! -gritaba eufórica, entre lametón y lametón.

Floren, primero, hizo ademán de rechazarla, pero casi al instante, jadeando como nunca, se abandonó a los acontecimientos. Se manoseaba y se estrujaba las tetas, y las aréolas de sus pezones parecían a punto de estallar. Se contraía e intentaba revolcarse a lo largo de la alfombra. Sin embargo, Vany entorpecía sus movimientos, porque la tenía agarrada por las nalgas y las mantenía separadas lo suficiente para abrirle el ojete que a veces recibía algunos lametones. Así siguieron -sin prisa pero sin pausa- hasta que Floren comenzó a follarse el culo con su propio anular. Supongo que tuvo más de un orgasmo, acosada por aquella lengua ágil y poderosa. Pero en ningún momento daba muestras de sentirse suficiente saciada.

Curiosamente, aquel espectáculo fue resucitando el colgajo de mi pene. Poco a poco, se iba levantando de nuevo y pronto volvió a alcanzar un grado aceptable de dureza. La cosa mejoró, cuando Floren, zafándose momentáneamente del abrazo de Vany, tomó la posición de un 69 y se puso a chuparle la polla.

Aquello se había convertido de un número fascinante. En uno de los revolcones, habían tirado al suelo el cesto de flores y, ahora, se esparcían por toda la alfombra. Ver -entre rosas, margaritas, claveles y orquídeas- a la putona de Floren tragándose aquella zanahoria de pequeño fauno y al mariconazo de Vany, con sus tetas de ninfa, relamiendo aquella almejota inflamada y jugosa, acabó poniéndome más rijoso que un sátiro.

Seguramente me habría vuelto a pajear sin remedio, como un salvaje, si Floren, que en aquel momento estaba sobre Vany, no me hubiese plantado su culo casi en las narices. Me levanté de un salto y forcejeé para hincar mi cipote en aquel ano, lleno de saliva y jugos vaginales. ¡Dios, qué voluptuosa y fácilmente se me hundía...! Sin embargo, cuando casi ya le había insertado todo el capullo, ella sacudió las cachas frenéticamente.
 

-¡No, así no! ¡Jódeme como un hombre, maricón! -me pedía a gritos- ¡Métemela hasta los ovarios, hijo de puta!.

Dicho y hecho: mi verga se deslizó hasta la empuñadura dentro de aquel coño baboso y candente que desprendía un fuerte olor marino. Sentí miles de chispazos en todas las terminaciones nerviosas de la piel. Como un potro desbocado, me apliqué en bombear a fondo aquel chumino pegajoso. Sabía que si seguía a ese ritmo me iba a correr enseguida. Sólo me faltaba que Vany, aprovechándose la situación, llevase a veces su lengua desde la raja de Floren a mi escroto y mis cojones. Aunque la muy zorra, debía chupetearle también el clítoris, porque Floren le pedía que no parase

- ¡Así, así...! ¡Más rápido, cariño!.

De pronto, Vany, celosa, comenzó a pedirme que la follase a ella:

-¡Deja a esa puta de una vez y rómpeme el culo, tío!

Floren reaccionó rabiosa:

-¡De eso, nada, socabrón! ¡Esa polla es toda mía!

Y, no sé cómo, tomó una de las orquídeas y se la enculó hasta media corola.

-¡Jódete, marrano de mierda!

Hacía tiempo que no veía a Floren tan excitada. Meneaba el culo sin parar y, a ratos ciega de gula, daba largas mamadas a la polla de Vany como si quisiera desangrarla.

 Desgraciadamente, aquella gozada duró apenas nada. Floren, de pronto, tuvo un espasmo que casi la dejó sin aliento. Luego, lanzó un grito de karateka y se convulsionó casi como una epiléptica en trance.

¡Ayyy! ¡Me corro, me corro...!¡ Allá voyyyyyyyy...!

Yo, que estaba disfrutando hasta el paroxismo, perdí todo control y eyaculé el semen que me quedaba dentro de su vagina. Vany tardó unos segundos más en correrse. Sacó y metió dos o tres veces la polla en la boca de Floren. Y finalmente, soltando su clásico chillido de histérica, le llenó la cara de escupitajos de una esperma muy líquida.

Nos soltamos como si nos hubiese dado un calambre eléctrico y caímos al suelo, todavía temblando de gusto, cada uno por su lado.

-Joder, qué borracha estoy -murmuró Floren que se hallaba de bruces, apoyada sobre sus tetas y aireando en pompa su trasero de pera.

Vany se puso en cuclillas para arrancarse la orquídea del culo y, entonces, se echó un pedo rotundo, gallardo, masculino. Un pedo menos fétido que prepotente, digno del Bello del "Ulisses" de Joyce o del mismísimo Cela.

Floren, amodorrada por el alcohol, no debió enterarse. Vany me miró, frunciendo los labios a modo de disculpa. Yo no dije nada, pero sonriendo por dentro pensé que con aquel pedo, de alguna manera y tal vez inconscientemente, Vany había querido marcar su territorio sexual.

Peb

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