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Siempre me ha gustado llevar minifalda. Por dos motivos bien claros: tengo unas piernas bonitas y largas y porque la sensación de libertad que siento cuando llevo este tipo de prenda es enorme.Trabajaba de representante de medicamentos y mi jefe me encargó que acompañara a Luis a la Universidad de Madrid para hablar a los estudiantes de Farmacia del nuevo medicamento descubierto en nuestros laboratorios. Aquel producto estaba revolucionando el mercado y qué mejor propaganda que hablar a los estudiantes de él.
Yo acompañaba a Luis para repartir folletos y ayudarle en lo que necesitara, pero el discurso lo hacía el. Así que cuando llegamos al aula donde nos esperaban yo me senté detrás de la mesa del profesor y Luis se puso en la pizarra dirigiendo su explicación a los estudiantes.
Ni se me pasó por la cabeza que mi minifalda iba a interesar más que la explicación de mi compañero. ¡En serio!, no la llevo para provocar al personal. El caso es que en un momento dado, mientras los alumnos ecuchaban atentamente a Luis, me dí cuenta que había un chico que no dejaba de mirarme las piernas. Yo las tenía cruzadas pero aún así seguro que dejaba al descubierto buena parte de mis muslos. Evidentemente no había una madera que tapara la mesa por la parte de delante.
Al notar que ese chico miraba demasiado mis piernas, me subió un sentimiento de vergüenza a la cara pero se me pasó enseguida. ¿Qué culpa tenía yo de llevar minifalda y tener unas piernas bonitas? En cierto modo, me daba morbo el que me mirara ese chico de la forma en que lo hacía. Casi me estaba devorando con los ojos. Debía tener unos 20 años.
Decidí seguir el juego y deje de cruzar las piernas y las abrí un poco. El tío estaba en primera fila con lo cual su visión debía ser muy buena. Me debía estar viendo hasta el color de las bragas. Ese día las llevaba blancas. Abrí más las piernas. El chico no podía creer lo que estaba viendo. Me miró y yo le sonreí.
Al estar sentada, la minifalda quedaba lo suficientemente subida como para que llegara con mi mano a tocarme el coño. Así lo hice. Deslicé mi mano derecha hasta mis braguitas y me acaricié el pubis. Realmente lo necesitaba, aquella situación me había puesto cachonda. Noté que me estaba mojando, sobretodo cuando mis dedos llegaron más abajo del pubis. Pude colar dos dedos debajo de mi braga y tocar mis labios vaginales. Estaban empapados. ¡Joder, pues sí que me había soltado líquido!.
Saqué la mano de allí abajo y, disimuladamente, me la llevé a la naríz para oler mis dedos. Ufff, era un olor profundo a coño excitado. Decidí levantarme e ir al cuarto de baño.
Seguí escuchando la clase atentamente las explicaciones de Luis. Menos mal que aquel chico no se tomó el que yo saliera de clase como una inderecta.
Regresé enseguida y me volví a sentar en mi sitio. Casi se cae de la silla el chaval que me miraba al darse cuenta que ya no llevaba las bragas puestas. Solté una sonrisa disimuladamente. Al llevar casi siempre el coño afeitado, el chico podía ver perfectamente los pliegues de mi conejito. Bueno, quizás solo alcanzara a verme el monte de venus y el principio del coño. Yo me recliné lo que pude para ofrecerle una buena vista de "mi jardín". Vi como el chico se llevaba su mano al "paquete" y se lo restregaba. Seguro que ya estaba empalmado. Escuché a Luis que decía a los alumnos:
- Ahora mi compañera Sara os repartirá unos folletos sobre el medicamento y con ésto terminará la presentación del mismo.
Me tuve que levantar y empezar a repartir, mesa por mesa, folletos a cada estudiante. Cuando llegué al sitio del "mirón", que más tarde me dijo que se llamaba Andrés, me comentó:
- Si lo deseas, te espero en el servicio de los tíos.
El chaval iba directo al grano y sin cortarse un pelo, y yo estaba demasiado excitada como para dejar pasar una oferta como esa.Yo no le respondí nada, simplemente le sonreí. Andrés salió de la clase en dirección al servicio. El resto de los alumnos se estaban levantando tambien. Unos salían y otros se quedaban en el aula.
Le dije a mi compañero que me esperara en la cafetería tomándose algo que yo iba urgentemente al servicio que había en ésta planta, que me estaba meando y no podía aguantarme. Salí al pasillo en dirección al WC de los chicos. Entré sin pensármelo dos veces. Dentro había un tío meando que se sorprendió al verme allí dentro.
Dije: - ¿Andrés?
- Estoy aquí dentro, en la tercera puerta.Entré y allí estaba el tío, con la polla en su mano derecha y cascándose una paja.
Le dije:
- espera hombre, ¿pensabas que no iba a venir?
- Pues sí. Creía que sólo eras una calientapollas. ¡Y es que no veas como me has puesto!.
Le respondí:- Bueno, yo también llevo un poco de prisa así que vamos a acoplarnos y dejémonos de preliminares.
Andrés estaba sentado en la taza del WC. Me subí la minifalda y me senté, de espaldas a él, en su polla. Entró en mi vagina sin problemas, la cual estaba lo suficientemente lubricada, y comencé a mover mi culo con movimientos ascendentes, descendentes, haciendo círculos; era yoooo quien me lo estaba follando y no él a mí.
El chico se sujetaba a la taza del WC haciendo fuerzas para no correrse enseguida. No lo logró. Sentí en mi interior su líquido del placer, ardiendo. Menos mal que tomaba la píldora, no creo ni que llevara encima un preservativo el chaval. Yo no llegué a correrme pero disfruté de ese momento tanto como él. Aún con el sofoco en mi cuerpo, Andrés me pidió chuparme el coño. Le dije que se diera prisa, que tenía a mi compañero esperándome en la cafetería.
Enseguida tuve su lengua recogiendo los restos de semen y saliva que había entre mis labios vaginales y al rato tuve que decirle que parara. Luis se estaría empezando a mosquear por mi tardanza. Me limpié rápidamente, me puse las bragas, me bajé la minifalda y le dije:
- Hasta la vista, encando. Ha sido un placer.
- El placer ha sido mío, preciosa. dijo Andrés.
Sara
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