Sex on the beach
 por Berthe
Habían empezado mis vacaciones y yo aún no tenía ningún plan. Todos mis amigos trabajarían aún durante un par de semanas más o estaban sin blanca, así que decidí hablar con mi hermana para ir unos días a la playa. Teníamos un apartamento en el pueblucho más turístico y cutre de la costa, pero para ir un par de días a descansar y tomar el sol no estaba mal. No tenía intención de salir por la noches, pues lo único que quería era leer, descansar y pensar en cómo iba a aprovechar el largo verano que tenía por delante.

Llegamos al apartamento, dejamos todas las maletas en la habitación, acondicionamos un poco la casa que llevaba siglos abandonada y nos fuimos a la playa con la única carga del bikini, la toalla y el libro que estaba leyendo. Nada más llegar me di cuenta de que nada había cambiado. Miles de cabezas rubias y cuerpos enrojecidos por el sol cubrían la arena debajo de un mar de sombrillas. El olor a crema solar nos alcanzó a varios metros de distancia.

Empezamos a sortear alemanes y suizos por doquier hasta encontrar un hueco entre una familia de padre panzón y e hijos chillones y un grupo de chicas en Top-Less. Mejor, así nadie se iba a fijar en mí y podría leer, siempre que tuviera la capacidad de abstraerme de los gritos que la madre histérica profería a sus engendros.

Cuando no pude soportar el ardor del sol en mi piel, seguí a mi hermana rumbo a la orilla. El agua estaba congelada. Cogí carrerilla y me zambullí en el mar. No paré de nadar hasta llegar a la plataforma infestada de gente. Subí por la corta escalera cómo pude y fui tambaleándome intentando llegar a un lado del aparatejo, pero, cómo no podía ser de otra manera, pronto tropecé con algo y caí entre unas piernas morenas y fuertes. Poco a poco, con la cara roja de vergüenza, alcé la vista hacia la cara del dueño de las piernas. En chico sonreía y me miraba con curiosidad.

-          Sorry. – Le dije instintivamente.

-          Are you OK?

-          Yes, yes…

No pude recordar ni una palabra más en esa lengua. Sus ojos color almendra estaban clavados en los míos, y esa sonrisa aún seguía ahí. Nerviosa, casi temblando, me levanté como mejor supe y me lancé corriendo al agua, esperando que su temperatura congelada me calmara los nervios. Nadé a tal velocidad que antes de darme cuenta ya estaba otra vez en la orilla. Mi hermana me lanzó una mirada interrogativa, pero yo me fui directa a tumbarme a la toalla sin dejar de recordar una y otra vez aquella mirada que me había dejado casi sin habla.
 
Esa tarde fuimos de compras, aunque se tratara sólo de un modo de hablar. Las tiendas de souvenirs y los bares llenos de cucarachas se amontonaban en las calles del pueblo. A mí no me iba, ni por asomo, aquello, pero accedí a ir porque mi hermana quería comprarse algo de ropa interior y siempre decía que yo era la única de quien se fiaba para escoger. Así que la acompañé y de paso miré algunos conjuntos para mí, aunque sin la menor esperanza de encontrar nada: los fabricantes se niegan a hacer sujetadores bonitos de la talla 100. Por sorpresa para mí, encontré un conjunto precioso de mi talla. Me miré al espejo: me quedaba perfecto. El color marrón tostado iba perfecto con mi piel paliducha y la forma de las braguitas sentaba de maravilla a mis curvas. El sostén me realzaba los pechos y la puntilla azul quedaba de fábula con el color de mis ojos. Me lo quedé sin pensarlo. Mi hermana, en cambio, no se quiso quedar nada, y estuvo de un humor de perros durante toda la tarde. Al final, para que se animara un poco, le propuse de ir a tomar algo a un bar musical que no estaba del todo mal. Nos arreglamos y salimos.
 
Al llegar al bar aún no había mucha gente, pues era temprano. Nos sentamos en una mesa y pedimos un “Sex on the beach”, nada más apropiado para el lugar en que nos encontrábamos. Después de un rato y un par de cócteles más, fuimos a pasear por la playa. Pasamos por delante de un grupo de extranjeros que hacían botellón y que nada más vernos empezaron a gritar alguna cosa inteligible. Aunque no soy muy dada a esas situaciones, mi hermana me convenció para que nos acercáramos y empezamos a hablar con un par de chicos bastante simpáticos. Eran alemanes y nos entendimos bien en inglés. Nos invitaron a bebida y aunque ya íbamos bastante contentas no nos hicimos de rogar. Nos invitaron a ir a una discoteca donde tenían acceso libre. Allí les esperaban algunos amigos que habían ido directamente a bailar. A aquellas horas yo ya había vencido mi resistencia contra los “guiris”, las discotecas horteras y todo lo que no fueran mis planes de niña buena, así que accedí contenta.

Al entrar al local noté cómo me ponía nerviosa de golpe. Fue una sensación sin ningún motivo aparente que por suerte se me pasó en breves. Los chicos nos presentaron a sus amigos y, entonces sí, mi corazón dio un vuelco: allí estaba el chico de la plataforma. No dio ninguna muestra de reconocerme y lo saludé como a uno más. Se llamaba Johanes y tenía 24 años, 4 más que yo. Estuvimos bailando, charlando y riendo todos juntos. Pronto mi hermana desapareció del grupo con algún alemán y me quedé rodeada de desconocidos que parecían competir para ver quién era capaz de hacer desaparecer mi absoluta indiferencia hacia todos ellos, pero yo sólo tenía a Johanes en la cabeza, y era el que menos interés aparentaba tener en mí. Al final, cansada ya de tanto alemán, decidí ir a la barra a descansar un rato. Me senté en un taburete y antes de que me diera cuenta estaba él allí, a mi lado, con la misma sonrisa bonachona en la cara. Me miró y me preguntó otra vez:

- Are you OK?

No pude evitar sonreír yo también. Así que se acordaba.

Entonces me cogió de la mano y me llevó a una mesa apartada de la multitud. Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Sin soltarnos de la mano nos sentamos uno en frente del otro. Entonces me enseñó su otra mano. Un anillo rodeaba su dedo anular. Acercando sus labios a mi oreja me dijo:

- I’m married.

Casado. Estaba casado.

Aún así, antes de que pudiera reaccionar, puso sus labios en mi cuello y empezó a subir hasta llegar a mi boca. No sé si fue por la información que me acababa de dar o porque aquél chico me volvía loca, con su piel morena, su pelo rubio desordenado, sus labios carnosos y su cara angulosa, pero en lugar de seguir mi parte racional, le seguí el juego. Sus labios pronto se entreabrieron y su lengua humedeció los míos, que no tardaron en dejarle paso a mi boca. Nos entrelazamos en el mejor beso que me habían dado en mi vida. Al poco rato me pidió que nos fuéramos “to a calmly place”. Salimos del local sin decirnos nada, sin ni tan sólo mirarnos, cada uno con la mano en la cintura del otro. Me agarraba con fuerza, como si tuviera miedo de que yo huyera. La verdad es que se me pasó por la cabeza un par de veces. Estaba casado.

Llegamos a la playa sin haber cruzado ni una sola palabra en todo el trayecto, los dos mirando fijamente hacia delante.

Él se dio media vuelta y empezó a besarme con las manos aún en mi cintura, pero en ese mismo instante reaccioné.

-          No, stop.

Él, en lugar de parar, aún me cogió más fuerte e intentó seguir besándome, pero le aparté cómo pude.

-          Why?

-          You’re married…

-          Yes, but I’m married, not you.

Y se me acercó otra vez antes de que pudiera hacer nada. La verdad es que me atraía increíblemente. Sus ojos color almendra, aquella cara perfecta que era la que yo había soñado miles de veces, su cuerpo que se adivinaba escultórico… Pero tuve que apartarme al recordar a la otra mujer. A su mujer. Aquello era una enorme falta de respeto hacia ella, y no quería ser yo la culpable. Me di media vuelta y empecé a andar alejándome de la orilla, pero Johanes me agarró del brazo y me hizo caer al suelo. Al instante, se tumbó sobre mí y me estampó otro beso. Aunque resistí un poco, al final me di por vencida. Johanes empezó a manosear mis pechos por encima de mi camiseta, que no tardó en sacar y lanzar lejos. Su boca se apartó de la mía y bajó poco a poco por mi cuello hasta mis senos. Estaba encendida y mis pezones daban buena muestra de ello, duros como piedras. Me quitó el sostén y los comenzó a lamer y mordisquear. De un tirón le arranqué la camiseta. Su mano bajó asta mis muslos y se coló entre mis shorts y mis braguitas, ya casi empapadas.

Me alegraba que fuera él quién llevara la situación, ya que normalmente me tocaba a mí hacerlo. Era una chica con carácter y los hombres con quién había estado se sometían en seguida a mí, pero por una vez me gustó la situación.

Me desató los pantalones y los bajó lentamente. Hizo lo mismo con mis braguitas hasta sacármelas del todo y en me cogió de las rodillas para separar mis pernas. Subió un poco y acercó sus labios a mi sexo. Su lengua empezó a juguetear con mi clítoris y pronto se coló entre mis labios mayores. Comencé a jadear de placer mientras su lengua recorría mis partes más íntimas, ahora ayudada de sus dedos, que me iban acariciando el clítoris. Haciendo un gran esfuerzo y decidiendo que ya era hora de imponerme un poco, aparté su cara suavemente con las manos y me acerqué a él para quitarle los pantalones. Noté su pene erecto antes de acercarme siquiera. Desabroché el botón y la cremallera y le desnudé por completo, tal y cómo él había echo conmigo. Me quedé impresionada con su verga. Jamás había visto una igual de grande y el deseo de metérmela en la boca era enorme. Me la imaginaba entrando y saliendo entre mis labios y lamiéndole el glande. Aguanté un poto más la tentación y me puse de forma que él también llegara a mi sexo, acostada de lado. Separé las piernas y ya, sin poder aguantar un solo segundo más, acerqué mi boca a aquella maravilla de la naturaleza. Mi lengua empezó a jugar con su polla, bajando y subiendo poco a poco. Entonces noté cómo él empezaba de nuevo su labor, volviendo a lamer mis partes y jugando otra vez con su mano. Mi boca se acercó a sus testículos y no pude resistir la tentación de chuparlos también con ardor. Subí otra vez al tiempo que uno de sus dedos se introducía en mi vagina y jugueteaba dentro de mí.

 Me metí su polla en la boca succionando con fuerza. Empecé a meterla y sacara cada vez más excitada mientras él también iba introduciendo sus dedos en mis partes y lamía mi clítoris casi con rabia. Cogí sus huevos con una mano y con la otra me ayudé, pues aunque deseaba meterme todo su pene en la boca, no podía. Él fue acelerando el ritmo y yo le seguí hasta que ya no pude concentrarme más y estallé en un orgasmo brutal, cayendo cara al suelo. Antes de que me diera cuenta, Johanes se había puesto de cuatro patas encima de mí y me agarraba por la cintura para que me levantara. Accedí aún estallando de placer. Me separó las nalgas y entonces entendí.

         No, no please.

-          It don’t hurts you, I promise.

         But... no, no.

-          Yes, yes.

Me agarró con fuerza con una mano e introdujo un dedo de la otra en mi ano. Mi cuerpo reaccionó contrayendo el agujero, pero al mismo tiempo un fogonazo de placer me invadió. Me relajé un poco y Johanes me volvió a separar las nalgas con una mano aún aguantando mi cintura. Entonces acercó su polla a mi culo y apretó con fuerza. Di un grito de horror que pronto se convirtió en un jadeo. La sensación era extraña. El dolor y el placer invadían mi cuerpo, y yo era incapaz de reaccionar ante nada. Un par de lágrimas de impotencia recorrieron mi rostro mientras él seguía empujando para vencer toda resistencia.

 Poco a poco empezó otra vez el movimiento rítmico. Con cada entrada notaba una explosión de dolor y gozo como jamás había sentido. Aceleró el ritmo y pronto noté que se corría dentro de mí. Se separó y cayó de espaldas a mi lado, respirando con dificultad. Yo me quedé tumbada de cara al suelo lloriqueando de dolor y rabia.

En cuanto se recuperó, Johanes pasó un brazo por mi cintura i empezó a besarme los hombros. Yo seguía llorando y no me resistí. Me dio media vuelta y se tumbó encima de mí. Acercó sus labios a mi boca. En cuanto empezó a jugar con su lengua entre mis dientes, le mordí tan fuerte como pude, que no fue mucho, pues aún me invadían los sollozos y me encontraba débil. Aún así, su lengua empezó a sangrar y pareció que eso le excitaba más porqué me agarró con más fuerza y me besó con más pasión. La sensación de haberle hecho daño y haberle excitado al mismo tiempo me gustó y decidí seguirle el juego. Puse mis manos en su culo y le arañé hasta que dejó ir un soplido de dolor. Se levantó un poco y metió su pene en mi sexo. Entró y salió con furia, con movimientos bruscos, mientras yo le arañaba la espalda y le pellizcaba.

 Ahora yo también estaba excitada. Me incorporé un poco hasta llegar a sus labios. Nos besamos y sentí el sabor de su sangre en mi boca. Los movimientos eran salvajes. Al poco nos corrimos.

Ya exhaustos, nos estuvimos un buen rato tumbados mirando las estrellas, que ni tan solo habíamos descubierto asta ese momento.

Busqué mi ropa entre la arena de la playa, me vestí y me largué al piso si haberle dirigido ni una mirada.
 
Al día siguiente, mientras tomaba el sol en la playa leyendo mi libro, sentí cómo una mano se posaba en mi espalda y unos labios me susurraban a la oreja: “I’m sorry, but I need you”

Berthe
 
 
 

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