Recuerdos de juventud
 por Alice Carroll
Mi querido Mario.

En tu correo, te delata la impaciencia porque siga con mis historias. Quieres que me desnude por completo para ti, no te conformas con mi desnudez física, lo quieres todo. Necesitar conocer cada detalle de mi vida. No te lo voy a contar todo. Hay ciertas partes de mi azarosa existencia que son inconfesables, y que jamás saldrán de mi boca. Me quedo con ellas para siempre...

 Felipe fue mi primer novio, digamos formal. Después de mi tormentosa adolescencia, me replanteé mi vida y pensé que debería comportarme como una mujer normal. Echarme un novio y casarme como Dios manda. ¡Cuán equivocada estaba yo! El destino jugaba conmigo, o quizás era mi lado oscuro el que intentaba zafarse de las cuerdas que le imponía mi otro yo.

 No sé como pude aguantar cuatro años con Felipe. Intenté comportarme como una mujer decente e ir poco a poco en mi relación con él. Pero era superior a mis fuerzas. Estábamos a mil años luz el uno del otro. Él se conformaba con un casto beso y yo necesitaba que alguien me arrancara la ropa violentamente y sentir así la pasión que fluía en  mi interior como un volcán en erupción. Fue él el privilegiado de romper mi himen, pero eso ya no era suficiente para mí. Su amor era tranquilo, pacífico y aburrido.

 Fue en un viaje nocturno a Almería con motivo de la visita a una amiga que vivía allí cuando pensé seriamente que mi relación con él no iba a ningún sitio más que al matrimonio. Pero sólo el pensarlo me entristecía. El azar juguetón hizo que mi acompañante de compartimento fuera un hombre sumamente atractivo, alto, pelo negro y tez morena, unos 10 años mayor que yo. Santy, se llamaba. Hablaba sin tapujos y preguntaba todo lo que jamás se había atrevido nadie a preguntarme. El viaje duraba toda la noche y yo no tenía sueño. Narraba mis aventuras a mi compañero de viaje y él me escuchaba de forma apasionada, sin perder ni un detalle de lo que le iba contando. El habitáculo era reducido: cuatro camastros y un mínimo baño con ducha. Nadie montó con nosotros. El tiempo fue trascurriendo y pasamos de estar el uno frente al otro, a estar al lado, para terminar Santy encima de mí... Su mirada me descomponía y su voz, profunda y rotunda, más. Mientras me besaba mi boca y yo sentía el aroma del perfume que impregnaba su cuello, me iba narrando con todo detalle todo lo que me iba a  hacer. Era como un locutor radiofónico retransmitiendo un partido de fútbol: “Te voy a quitar la ropa y vas a estar desnuda el resto del viaje... Voy a zambullir mi pene en tu coño y lo sacudiré dentro de ti hasta destrozarte de placer...”

 La película que me contaba justo antes de visionarla era la que yo había querido ver toda mi vida. Por fin tenía entradas de primera fila y las había obtenido de la manera más casual.

 Empezamos haciendo el amor encima de una de las camas. Santy se tomaba su tiempo, era un gourmet del sexo, lo degustaba, lo paladeaba a cámara lenta. La forma de desnudarme lo decía todo. Me miraba a los ojos mientras yo iba perdiendo las prendas. Su lengua me vistió con su saliva y mi sexo clamaba a gritos sus atenciones. Cuando yo ya rogaba por sentir su miembro dentro de mí, se levantó y se fue al baño. No dijo nada. Fue un instante en el que mi mente se quedó en blanco sin saber qué pensar. Al poco salió con un bote y una maquinilla de afeitar. Recordé cierta película y no me equivoqué en absoluto. Pera esta vez era yo la protagonista principal. Santy me extendió la espuma por mi sexo, frondoso y oscuro, y pasó con delicadeza la cuchilla, arrastrando con ella matorrales blanquecinos. Yo cerraba los ojos y oía el ruido de la cuchilla al despejar la zona. Sentía escalofríos al ver pasar la cuchilla tan cerca de mis labios mayores. Por fin terminó. Ahora sí que estaba desnuda por completo, mi sexo, imberbe, apetecible y comestible. Santy limpió los restos de espuma con una toalla.

Él seguía narrando la película de nuestra noche, sus palabras ejercían un cierto efecto hipnótico en mí. Necesitaba sentir en mi carne lo que me decía. Mi sexo, inflamado, rosado y a punto de estallar, fue presa de su boca. Se recreó en él, me lamió como si de un sabroso helado se tratara y me corrí al instante. Fue en ese momento cuando Santy acercó sus labios a mis orejas y las tomó. Eran simples roces, suficientes para hacerme saltar. En ese instante me penetró, larga y profundamente. El ritmo, de cadencioso paso a ligero y de ahí a frenético. Santy era dueño de mi conciencia. Sus palabras me habían desarmado y su miembro me había derrotado en el placer infinito que sentí con él.

El viaje se hizo corto. Nos despedimos y jamás volvimos a saber nada el uno del otro. Ese mismo día llamé a Felipe y corté con él. El camino podría ser largo, pero ya sabía cual era mi meta. Santy ha vagado en mi memoria como una maldición a lo largo de los años. Sólo tú has conseguido que me olvide de mis fantasmas, al conocerte supe que mi largo camino había merecido la pena.

Tras la ruptura con Felipe, descarte mi idea de ser una mujer integrada y me dediqué a aceptar lo que el destino me procuraba. Al principio con reparos y posteriormente sin tapujos.

Conocí a Jorge a través de unos amigos, era un típico ligón de bar de medianoche que había tenido mil aventuras y se empeñó en que yo fuera la mil y una. Yo sabía lo único que pretendía de mí, pero mis pensamientos eran contradictorios. Por una parte, no era mi tipo de hombre, pero por otra, me fascinaba el lado oscuro que sabía que atesoraba. Y caí en él... Empecé a salir con Jorge, realmente no se puede decir que fuéramos novios, quizás amantes ocasionales. Porque lo que realmente le excitaba a Jorge eran las situaciones de riesgo en todos los sentidos. Quería follar conmigo, pero siempre en lugares insospechados o con gente alrededor que de improviso pudiera sorprendernos. Al principio el juego no iba conmigo y no lo pasaba bien, pero más tarde  fui cogiéndole regustillo y acabé enganchándome. Después de un tiempo, era yo la que proponía los lugares donde encontrarnos.

Mi amor platónico de Universidad era Chema, mi profesor de historia. Chema era alto, pelo castaño, bigote y con un aire a Omar Sharif. Yo le miraba embobada, lánguida, con la boca semiabierta cual colegiala. Me encandilaba su voz sensual y sus grandes ojos. Siempre me situaba en primera fila y procuraba ponerme minifaldas para que mis largas piernas quedaran a su vista. Sabía que estaba casado, pero me daba igual, no era, ni soy, celosa. Chema parecía no darse cuenta de mi existencia, hasta el día en que quedé con Jorge para follar con él en el seminario de historia, precisamente. Era el lugar ideal, a última hora de la tarde, los profesores desaparecían y el despacho se quedaba vacío. Entre las 9 de la noche y las 10, que era cuando llegaba la señora de la limpieza, Jorge y yo teníamos tiempo para jugar un buen rato. Siempre podría aparecer un profesor despistado en busca de algún libro olvidado, o quizás Chema tuviera que volver a terminar un trabajo. Saber que me podía pillar mi profesor de historia me producía un gran morbo.

Jorge y yo accedimos al seminario, cerramos la puerta y nos pusimos manos a la obra. Él, de pie, clavaba su pene en mí, mientras reposaba sus manos en mi culo. Yo apoyaba mi torso semidesnudo en la mesa de Chema. Quería que se impregnara de mi olor, que la humedad de mi sexo tomara posición en la madera y que, por algún extraño mecanismo, se sintiera atraído hacia mí.

Jorge me embestía fuertemente, no era muy dado a exhibiciones de ternura, tampoco yo las necesitaba. Jorge iba al grano y al hoyo sin más pretensiones. Su vocabulario era parco, no pasaba de puta, zorra, ramera y poco más. Con eso me conformaba. Yo tenía los ojos semicerrados, disfrutaba al máximo de sus movimientos dentro de mí. Por alguna extraña razón, los abrí y me fijé en la pantalla del ordenador que había encima de nuestra mesa. Estaba apagada y se veía perfectamente en ella el reflejo de una figura humana que nos miraba sin perder detalle. No paré, tampoco dije nada a Jorge, y más, cuando pude distinguir que el que miraba era Chema, que observaba tras el cristal que separaba un despacho con otro. Chema permanecía quieto y mudo.

Yo estaba morbosamente excitada y me atreví a más. Giré mi cabeza hasta que pude verle directamente, sin reflejo alguno. Mi mirada era desafiante y de deseo hacia él. Al verme, supe que me deseaba. Tal vez me había deseado mucho antes de lo que yo creía. Grité, gemí y pedí a Jorge que me dijera lo más obsceno que se le ocurriera mientras Chema seguía clavado en su sitio sin parar de mirarme. No tardé en perder el control, tuve uno de los orgasmos más intensos de mi vida. Volví mis ojos hacia Chema, pero éste ya se había ido.

Al día siguiente, noté su indiferencia al explicar el tema. Siempre solía mirarme, pero ese día se abstuvo de ello. Yo llevaba una minifalda muy corta, un escote para marear y unos tacones de aguja con los que difícilmente se podía mantener el equilibrio. Terminó la clase y me levanté, pero Chema me llamó:

-Quiero darte unos apuntes que te van a venir bien para el trabajo del mes que viene ¿Puedes pasarte por el seminario a eso de las 9?

-Si, claro, después me paso.

Salí de allí imaginándome escenas de sexo con él y no pude concentrarme en el resto de las clases.

Subí al seminario a la hora acordada, no sin antes quitarme las bragas y meterlas en mi bolso. Cuando llegué, Chema estaba sentado en su silla delante de su ordenador. Me extendió unos folios escritos y me explicó en qué consistía el trabajo que habría de hacer. Yo quería una señal, pero Chema no parecía mostrarla. Tendría que atacar con mis armas. Me agaché sobre la mesa coquetamente para leer con más detenimiento lo que Chema me había dejado y me cercioré de que mi profesor tuviera una visión bien nítida de mi sexo depilado y de mi culo, que ciertamente se tenían que ver, dada la pobreza de tela que yo llevaba. Apenas había medio metro entre mi culo y su cabeza. Pero éste no parecía alterarse lo más mínimo ante mis encantos. Me di la vuelta y le miré de la forma desafiante con que lo había hecho el día anterior. Ni una palabra. La tensión entre los dos era evidente. O movía alguien la pieza del tablero o el juego se desbarataría para siempre.

En ese momento, fue mi otro yo el que tomó la voz cantante:

-Ayer, mientras me follaban en esta mesa, yo te miraba, deseando que fueras tú y no Jorge el que me poseía en ese momento...

No hizo falta más. Fue el pistoletazo que Chema necesitaba para abalanzarse sobre mí. El permiso que le hacía falta para no ser tachado de acosador. Y folló conmigo en el mismo sitio que me poseyó Jorge. Chema tenía una verga de dimensiones espectaculares y su edad y experiencia eran un aliciente añadido. Sus movimientos distaban poco de la perfección absoluta.

Los escarceos y encuentros furtivos entre nosotros se sucedieron. Jorge se enteró de la existencia de mi nuevo compañero de juegos y lo llevó muy mal. Yo le daba largas, no quería ya quedar con él. Jorge me suplicó, sólo quería un último encuentro, sería memorable y sublime para mí. Al final accedí. Jorge tenía preparada una sorpresa que al final superó mis expectativas...

Realmente lo que pretendía Jorge era vengarse por haber tenido la desfachatez de abandonarle. Su ego era muy grande y nadie podía pisotearlo sin tener su castigo.

Llegué a casa de Jorge para tener mi última cita con él. Jorge sacó unas copas y unas patatas fritas y puso en la televisión una película porno en la que la protagonista se encargaba de dar placer a cuatro hombres. En ese momento, sentí en mi sexo el cosquilleo del recuerdo de mi adolescencia, cuando me masturbé delante de mis cuatro amigos sin ningún reparo. Yo comía las patatas sin perder detalle y bebía sin parar por la sed que me producían. La película me estaba recalentando y el recuerdo, del que Jorge nada sabía, más.

Jorge empezó a aproximarse y metió su mano por debajo de mi vestido. Yo me dejaba hacer, hambrienta de deseo.

-Hoy tengo una sorpresa para ti... Han venido mis amigos.

Me di la vuelta y vi a los tres amigos de Jorge, que habían permanecido ocultos en una habitación hasta ese momento.

-¿Sabes Alicia? Nuestra última sesión de sexo será memorable e inolvidable. Vas a tener en tu boca, semen de cuatro hombres distintos. No es fácil que una mujer logre tanto en tan corto tiempo.

-No pienso hacer nada con ninguno.

Yo, negaba con la palabra, pero mi interior era un hervidero de pasión y lujuria. Deseaba estar en el juego, pero sabía que mi negativa les produciría más morbo a los cuatro. Mi otro yo ya había tomado posiciones y era dueño de mis actos.

Entre todos me desnudaron. Yo me resistía, pero actuaba a ser la pobre chica que iba a ser castigada por su amante vengativo. Jorge quería darme su merecido, pero para mí, iba a ser uno de los mejores regalos que me hubieran hecho nunca.

Me quedé desnuda encima del sofá. Jorge me sujetaba los brazos y otro amigo mantenía mis piernas abiertas. No hubiera hecho falta sujetarme. Notaba mi sexo palpitante por lo que se me avecinaba. Los otros dos amigos, desnudos, se pusieron manos a la obra. Mientras uno me follaba, el otro introducía su miembro dentro de mi boca para mi deleite. Yo intentaba con esfuerzo disimular mi goce. Sabía que si Jorge se daba cuenta de lo mucho que me estaba gustando el juego, pararía de inmediato. Yo seguía concentrada en mi papel de víctima ultrajada: suplicaba, rogaba que me dejaran, me revolvía mientras hacía denostados esfuerzos porque no se dieran cuenta de la excitación que me embargaba.

Uno a uno se fueron turnando con mi boca y mi sexo. Todos sin excepción terminaron eyaculando en mi boca. Yo tragaba todo lo que me echaban, el semen chorreaba por entre mis comisuras, estaba muerta de la cantidad de orgasmos que había tenido y escocida del roce de las cuatro pollas en mi sexo. Por unos instantes ni me moví.

Por fin recuperé el resuello, me vestí a la vista del grupo, que en ese momento estaba acomodándose para disfrutar de la película. Besé a Jorge dulcemente y mentalmente le di las gracias. Fue mi último encuentro con él y uno de los episodios de mi vida que jamás olvidaría.

Chema, mi profesor, requería de continuo mis atenciones. Yo estaba encantada de que mi amor platónico por él se hubiera convertido en sexo y acudía solícita a satisfacer sus deseos, que eran también los míos. No estaba enamorada de él o eso me repetía a mí misma. No quería permitirme el lujo de sufrir por alguien casado y con pareja estable. Pero realmente le amaba. El día que se tuvo que trasladar a otra universidad de forma forzosa, lo supe. Realmente le quería con locura y tardé en recuperar los trozos de mi corazón.

El jefe de estudios, tras pillarnos en ese aciago día, inició un expediente contra ambos. Yo le supliqué que no hiciera nada contra Chema, yo era mayor de edad y había sido la provocadora. Llegamos a un acuerdo: Chema pediría el traslado y yo seguiría en la Universidad ¿Qué me pidió a cambio? Lo que yo ya me suponía tras ver su mirada libidinosa: mis favores sexuales. El trato fue estar a su entera disposición durante un mes. No me parecía tanto. Todas las noches me acercaba a su despacho, le hacía una mamada y me poseía. El mes se me hizo eterno.

Añoraba a Chema y me sentía atrapada en algo que jamás había sentido hasta ese momento con nadie más: mi cuerpo había experimentado la unión del sexo y el amor y no podía vivir con el tormento de ese sublime recuerdo.

El mes pasó, pero el jefe de estudios se había acostumbrado a mi diaria presencia y no quería prescindir de mis servicios. Me rogó y me amenazó y al final me suplicó que aceptara a cambio de pagarme un dinero. A mí me pareció desmesurada la cantidad que me ofrecía. Eso, por otra parte, era convertirse en una puta y no entraba en principio dentro de mis planes. Pero fue mi otro yo, el que, ávido de situaciones comprometidas, aceptó el trato. Y fue así como me convertí durante casi medio año, en la puta del jefe de estudios.

Ni una de las veces que follé con él tuve un orgasmo. Quizás era un castigo que me auto imponía mi yo normal, o simplemente era que mi mente no podía alejar la maldición del recuerdo de Chema. Así que todas las noches, al llegar a casa, lo primero que hacía era ducharme y seguidamente me masturbaba pensando en él. Mis deseos de ser penetrada eran enormes en esas sesiones. Buscaba siempre nuevos instrumentos que saciaran mi ansia. Aún no conocía los consoladores.

Encontré en el frigorífico de mis padres, una fuente inagotable de placer. Sisaba los plátanos, zanahorias y pepinos para mis sesiones. Todo tenía su preparación. Llenaba el lavabo de agua ardiente mientras me duchaba y allí dejaba en remojo mis manjares hasta que alcanzaban una cálida temperatura. Empecé con pequeñas zanahorias y escuálidos calabacines, pero mi afición era cada vez mayor, igual que las hortalizas que me iba introduciendo. Me miraba en el espejo de mi habitación, me observaba introduciéndome la zanahoria de mi coño, el movimiento de vaivén y de entradas y salidas y siempre caía rendida en orgasmos sin fin.

Mientras escribo estas palabras, tumbada sobre mi lecho, cruzo las piernas, mi sexo se derrite ante el placer del roce de la tela, como cuando era una chiquilla. Pero ahora ya no me conformo simplemente con ese frote inocente. Meto mi mano en mi sexo y me abandono a las sensaciones placenteras...
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Alice Carroll

http://alicecarroll.blogspot.com/
 

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