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Mi querido Mario.Dado que tu curiosidad no tiene límites y ansías que continúe con el relato de mis primeros contactos con el sexo en la adolescencia, seguiré contándote algo más. Quizás sea la época más turbia de mi vida, la de más indecisiones y riesgos corridos por desconocimiento.
Si mi interés por el sexo siempre ha estado por encima de la media, te aseguro que en esta época estaba por las nubes. No había un día sin que me masturbara y sin que mi imaginación volara a su libre albedrío, mientras mi cabeza intentaba concentrarse en los estudios. No tuve problemas en sacar todas las asignaturas, y además con nota. Estoy convencida de que en mi cerebro hay dos partes completamente independientes entre sí, una piensa y la otra, se deja llevar por el instinto, ésta es la peligrosa...
Los encuentros con el sexo masculino aumentaron. Recuerdo a Javi, un compañero de mi clase que un día me arrinconó en un callejón cercano al colegio y no me dejó ir de allí hasta que no me metió mano. Yo me negaba y le decía que no, pero era una fachada, dado que internamente, estaba deseándolo. Pero eso no estaba bien visto en una chica de provincias. Javi, al abrigo de la oscuridad que nos protegía, recorrió todo mi cuerpo con sus manos. Yo me dejaba hacer, intentando que mi respiración no delatara el placer inmenso que me embargaba. Fue sentir su mano en mi sexo y sus dedos jugando con mi clítoris y abandonarme por completo. Y me dejé ir... No quería que se diera cuenta de mis orgasmos, y aprendí a silenciarlos por completo. Yo siempre yendo contra corriente que el resto de muchas mujeres. Algunas intentando fingir que tienen un orgasmo y yo fingiendo que no los tenía...
Javi tenía dos años más que yo y mucha más vida recorrida. No nos veíamos mucho. Siempre aparecía sorpresivamente y con peticiones sexuales en cada uno de nuestros encuentros. Realmente fue mi bautismo de sexo, a pesar de que no llegara a desvirgarme, pero la educación del colegio de monjas y curas pesaba mucho en mi conciencia.
Recuerdo un día, que fui con él al baño de los niños y nos encerramos juntos. Allí me pidió que le masturbara. Mis movimientos dejaban mucho que desear, pero fui adquiriendo destreza con el tiempo. Mientras yo trabajaba con ahínco el movimiento de mis manos en su pene, él se recreaba con mis pechos. Me subía el jersey, me los cogía con sus manos y me los masajeaba con gran primor. Acercaba su boca y me los besaba, centrándose en mis pezones, duros y deseosos de ser mimados.
Javi estaba por delante en todo en lo que respecta al sexo. Se rumoreaba que ya había follado con alguna muchacha y yo me temía que llegaría un día en que me lo pidiera a mí. Pero no me veía aún preparada para el gran momento, por mucho que lo deseara.
Nuestras visitas a los baños eran muy frecuentes. Una de las veces, se sentó encima de la tapa del water y me indicó que me metiera su polla en la boca. Me pareció dar un paso adelante en mis conocimientos sobre el sexo masculino, así que me puse de rodillas y me la metí como pude, no sabía qué debía hacer, pero él me lo iba indicando con gran exactitud, ayudándome a tragarla más profundamente gracias a que sus manos empujaban mi cabeza contra su pene hasta casi sentir sus huevos en mi paladar. El baño nos daba morbo, la situación nos excitaba a los dos salvajemente. Sabíamos el riesgo que corríamos y que nos podían pillar en cualquier momento. Yo chupaba su verga, estaba disfrutando como nunca, hasta que mi boca se inundó por vez primera de semen. Lo paladeé con gusto por su dulce sabor.
Aún no recuerdo el número de mamadas que le hice a Javi. Casi todos los días me pedía que le acompañara al servicio y yo me masturbaba con una mano mientras se la chupaba. Mi técnica mejoró y me convertí en una ávida y famosa comedora de pollas en el instituto, porque Javi hizo correr la voz entre sus amigos y bajo amenazas de contarlo todo al hermano Jesús, me turnaba con mi boca entre unos y otros.
Pero todo tiene su castigo, y un buen día me pilló el Padre Fermín de rodillas comiéndosela a Pedro, uno de los amigos de Jesús. Le supliqué y le rogué que no me expulsara y que no contara nada a mis padres. Y él accedió, aunque del castigo físico no me libré. Aún siento los azotes en mi culo desnudo, dolorosos, pero a la par tremendamente morbosos y excitantes. Enseguida me di cuenta, nada más cerrar el padre Fermín la puerta del aula donde iba a ejecutar mi condena, que estaba excitado, se intuía en el bulto que se notaba en sus pantalones. Podía haberme puesto de rodillas en el suelo y propinarme los azotes... pero no. Quiso que me pusiera encima de sus rodillas, con mis ojos clavados en el suelo. Él mismo me bajó los pantalones y las bragas. A medida que me pegaba con la regla, yo sentía su agitada respiración. Sabía que mi sexo estaba a su merced, mi almeja era completamente visible para él y yo cada vez la sentía más inflamada.
Tras propinarme unos cuantos azotes con la regla, optó por dejarla a un lado y seguir azotándome con su mano. Sentía mi culo caliente, pero era placentero. Me excitaba estar a sus expensas y saber que eran azotes completamente merecidos por ser tan puta... Mi sexo chorreaba humedad y allí mismo, encima de las rodillas de mi castigador, me corrí. El padre Fermín, tras el castigo, acarició mi culo, en señal de perdón y me fui de allí mucho más tranquila, sabiendo que había expiado todos mis pecados.Javi estaba empeñado en follar conmigo, pero yo me negaba a ello, no me parecía que hubiera llegado ese momento, con lo cual, acabó buscándose una nueva compañera de juegos y yo me quedé de nuevo a solas con mi imaginación.
Por las tardes, solía salir con mis amigos de la urbanización. Éramos dos chicas y cuatro chicos. Yo estaba encantada con la mayor proporción masculina del grupo. Nuestros juegos eran inocentes. Como mucho, nos besábamos jugando al juego de la cerilla y poco más. Pero un día, Alfonso se quedó solo en casa, ya que sus padres se fueron de vacaciones. Y organizó una fiesta para celebrarlo. Cada uno de nosotros se encargó de sisar algo de bebida y comida de las respectivas casas. El alcohol empezó a inundar nuestras venas y los juegos de la fiesta subieron de nivel. Acabamos jugando a verdad o mentira, juego en el que en caso de fallo, el que erraba debía quitarse una prenda de ropa.
En poco tiempo, todo el grupo acabó semi desnudo. Yo, que siempre he sido torpe para estos juegos, enseguida me vi quitándome las últimas prendas que me quedaban: mis bragas y mi sostén. Notaba las miradas ansiosas de mis amigos y oía la risa nerviosa de mi compañera, que tuvo más suerte que yo hasta casi al final. Al quedarme tan pronto sin ropa, mis compañeros me advirtieron que, en caso de que volviera a fallar, tendría que hacer lo que ellos me pidieran. Yo no sé si fue mala suerte o deseos de esa zona del cerebro que aún no controlo, lo cierto es que fallé casi de inmediato. Los cuatro chicos hicieron un corrillo y entre risas decidieron mi castigo, mientras mi compañera, al ver el cariz que estaba tomando el juego, decidió muy sensatamente marcharse a su casa.
Y ahí me quedé yo, húmeda, con mi sexo a punto de reventar y con cuatro chicos completamente empalmados a mi alrededor. Entre todos decidieron que me tenía que masturbar delante de ellos. Reconozco que me daba un poco de vergüenza, pero mi otro yo empezaba a dominar la situación, así que comencé con los toqueteos. Inicialmente eran tímidos, pero el roce me animó a continuar con un ritmo más desenfrenado. Comencé sentada en una silla, con las piernas abiertas y moviendo frenéticamente mi mano. Yo contemplaba a mis espectadores, que habían comenzado a manosear sus miembros. Eso me animó a seguir. Mis jadeos subieron de volumen. Me di la vuelta para que contemplaran mi culo desnudo y no se perdieran un ápice de mi anatomía. Yo no cesaba de sobarme hasta estallar en varios orgasmos, uno tras otro. Mis cuatro amigos se machacaban brutalmente sus penes y yo me sentía dueña de la situación y enormemente feliz.
La fiesta terminó y yo me volví a mi casa. He de reconocer que me masturbé en multitud de ocasiones recordando de nuevo tan sublime fiesta.La adolescencia siguió su transcurso normal, los escarceos con los primeros novios comenzaron y fue en mi juventud cuando uno de ellos consiguió abrir por fin, mi flor para siempre.
Eso te lo contaré en el próximo episodio. Vuelvo a tener mi sexo hambriento de placer, me toco, me sobo, mi parte del cerebro racional se difumina y mi parte del cerebro instintivo hace que me masturbe rabiosamente y deje de escribir...
Alice Carroll
http://alicecarroll.blogspot.com/
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