MIEDO DE SUMISA
 por Petronila
 
No nos habíamos visto antes. A pesar de saber, sin haberme tocado nunca, todas las formas de estremecer mi cuerpo de placer o doblegarlo de dolor, él sólo conocía mi rostro en papel satinado. Hasta ahora. La última vez que hablamos sólo me dijo:

-Ponte un vestido blanco. Ya sabes cómo me gusta.

Después de aquel tiempo de adiestramiento, sí, yo conocía sus gustos y él conocía mis miedos. Así que llevaba el vestido blanco, tal y como él quería. Eran los últimos días del verano y el sol, bajo ya, restallaba en las brillantes calles de su ciudad.

Yo me acercaba a ese bar en el que me esperaba, con el paso decidido y el revoloteo del vuelo del vestido en torno a las piernas. Pequeños botones lo recorrían de arriba abajo, botones que había abrochado con parsimonia y deleite, anticipando el momento en que los desabrocharía del mismo modo para él. Para su goce y su disfrute. Para sentir yo su primer contacto, fuese golpe o caricia, beso o azote.

Libre y desnuda bajo la fresca tela de algodón, caminaba a su encuentro sin darme cuenta de que, poco a poco, mi corazón había ido aumentado sus latidos y mi respiración se había acelerado hasta casi hacerme jadear. Sorprendida, me detuve. Estaba nerviosa, en realidad estaba tan nerviosa que sentía los golpes del corazón reverberar en todo mi cuerpo y atronar en mis oídos. ¡Vaya por Dios! Había preparado mi viaje con una sorprendente calma, pese al tiempo que hacía que deseaba aquel encuentro, y lo había iniciado con la tranquilidad que me daba saber que estaba haciendo justamente lo que quería hacer: entregarme a mi Amo, sin disimulos ni reservas. Simplemente yo, ni más ni menos. Suya y a sus pies era dónde él me quería, así que suya y a sus pies era exactamente dónde yo me pondría. Por eso aquel inesperado ataque de ansiedad me cogió realmente por sorpresa.

Empecé a imaginar mi entrada en el bar, mi mirada, deslumbrada en parte tras la brillante luz del exterior, tratando de encontrarle. Un desconocido entre un montón de desconocidos. Pero un desconocido que sabía más de mí que yo misma. Un desconocido al que me daba miedo mirar a los ojos por si allí no encontraba a mi Amo.

No quiso darme ninguna pista para reconocerlo.

--No te preocupes –me dijo-- Yo me acercaré a ti.

Fue un gran esfuerzo de voluntad, pero conseguí seguir caminando. Despacio, recuperé mi rumbo, aunque no el ritmo alegre que hasta entonces me había conducido hacia mi Amo. La incertidumbre se había llevado de repente todo el entusiasmo que me había animado en mi viaje hasta allí. Por sus explicaciones, estaba a punto de llegar a mi destino. Cuando estuve ante la puerta de aquel pub con aspecto inglés, volví a dudar.

Pero él debía estar esperándome dentro, ¿qué otra cosa podría hacer, sino entrar?
Y lo hice. El primer golpe de vista no me permitió ver nada más que sombras a mi alrededor. Así que me detuve en la entrada, dejando que la puerta del local se fuera cerrando despacio a mis espaldas, sin darme cuenta de que el contraluz revelaba mi silueta bajo el fino vestido de algodón. Cuando por fin se cerró, empecé a percibir los volúmenes, las figuras sentadas en las pequeñas mesas de madera donde abundaban las jarras de cerveza. Distinguí una Guinness y me llamé tonta por fijarme en algo así cuando estaba deseando escudriñar hasta la última baldosa de aquel bar hasta encontrarle. Y mirarle. Y verle…

Levanté la vista y eché un vistazo rápido. No estaba muy lleno, pero había demasiada gente para que pudiera observarla de una sola mirada. ¿Entraba? ¿Me sentaba? ¿Me quedaba de pie en la barra? … ¿Salía corriendo? Esa fue la primera vez que se me ocurrió la posibilidad de huir de aquella situación que, sin saber por qué, había pasado del anhelo a la congoja, en un minuto y sin motivo aparente.

Elegí la barra. Parecía, mucho más que una mesa, una atalaya con derecho a observación. Y yo quería observar. Mientras el camarero me atendía, apoyé un codo en la brillante superficie de madera y me giré hacia el local. En ese momento hubiera dado hasta un año de mi vida por poder llevarme un cigarrillo a la boca, sacar el mechero, encenderlo y dar una calada tan honda que llevara ese humo milagroso hasta lo más profundo de mí. En situaciones de tensión siempre vuelvo a añorar a la fumadora que fui hace tantos años.

Pero no había cigarrillo y sí varios grupos de personas que bebían y charlaban a mi alrededor. Fui repasándolos uno por uno. Cada hombre fue chequeado, explorado y descartado. No podía creer que no estuviera allí, pero los únicos hombres solos que veía no podían ser él de ninguna manera. Ni su edad ni su aspecto coincidían con la descripción que de sí mismo había hecho. Había un par de ellos que sí podría ser él, pero ninguno estaba solo. Mientras uno discutía acaloradamente de fútbol con la peña de amigos que lo rodeaba, él otro sólo tenía ojos para la hermosa pelirroja que se sentaba a su lado.

Suspiré. Quizás se le había hecho tarde y aún no había llegado. Me volví hacia el bolso y saqué mi móvil. No había ningún mensaje, ninguna llamada perdida. Volví a guardarlo y traté de tranquilizarme. “Seguro que está al llegar y esto será mejor, porque así lo veré en cuanto entre”. Pero quince minutos después, ya no estaba tan segura.

Habían llegado varias personas, pero ninguna era él, podría jurarlo. A la media hora ya no podía aguantar la tensión. Intentaba disimular que me estaba consumiendo de ansiedad, pero allí de pie, apoyada en la barra, era difícil ocultar nada. Era mi atalaya, pero también era el escenario en el que me había expuesto sin darme cuenta.

Mi mirada recorrió de nuevo todo el establecimiento y esta vez se cruzó con la de los dos hombres que, por momentos, pensaba que quizás pudiesen ser él. El aficionado al fútbol me sonrió ligeramente, pero con indiferencia; el entregado acompañante dejó que su mirada pasara a través de mí como si ni siquiera me viera.

Y exactamente entonces no aguanté más. Cogí el bolso y me giré en un único movimiento para salir disparada hacia la puerta y abandonar el pub tan rápido como me fue posible. Casi corrí un par de manzanas para alejarme de allí, hasta que me detuve en una esquina para tratar de amansar mi corazón, que huía igual de rápido que lo había hecho yo.

Miré a mi alrededor, sin tener idea de dónde estaba. Casi había oscurecido mientras esperaba en aquel bar y las calles, sin sol, ya no me resultaban amigables. Doblé la esquina y me encontré en una avenida residencial, con hermosas farolas y árboles frondosos. Me apoyé en la pared, en una zona retranqueada que me ocultaba parcialmente y me procuraba cierta seguridad.

“Estás chiflada –me dije—Por qué te has ido? Ahora tendrás que volver y será peor”.

Porque aunque estuviera en medio de un ataque de pánico, sabía que debía encontrar a mi Amo. Saqué el móvil otra vez y estaba a punto de telefonearle cuando empezó a vibrar en mi mano y la pantalla se iluminó con una llamada entrante. No me dejó ni saludar.

--¿Dónde estás? –preguntó.

--No lo sé. En una calle frente un parque, con árboles, hay una pizzería y un par de cafés. Cerca del bar.

--No te muevas de ahí –ordenó— Y quiero que hagas una cosa. Mira constantemente al suelo, no quiero ver tu cara cuando llegue.

Colgó y yo me quedé leyendo como una tonta el mensaje de Llamada terminada. Iba a venir. Y estaba a punto de llegar, porque me pareció evidente que sí había estado todo aquel tiempo en el pub. Observándome, midiendo mi obediencia y tensando mi resistencia para descubrir cuánto podía aguantar yo. De pronto me di cuenta de que el miedo y la inseguridad que me habían asaltado me impidieron reconocer la prueba a la que me había sometido mi Amo. Y en la que había fracasado de forma tan obvia y estrepitosa.

Bajé la cabeza. El pelo me cayó sobre la cara y no podía ver más que mis pies sobre la acera. No sé cuánto tiempo estuve así hasta que sentí unos pasos acercarse. Ni se me ocurrió la posibilidad de que pudiera no ser él. Noté cómo todo mi cuerpo se tensaba según se iba aproximando a mí e, instintivamente, erguí los hombros y respiré hondo.

Pero mi cabeza siguió vencida. Vi sus zapatos detenerse frente a los míos. Negros, como su pantalón, lo único que podía ver de él. ¿El futbolero o el acompañante de la pelirroja? Ya no me quedaban dudas de que tenía que ser uno de los dos, pero de ninguno de ellos había llegado a ver el color de su ropa, sentados como estaban en sendas mesas. “Y qué más da, pareces boba”, todavía tuve tiempo a decirme antes de oír su voz. Tranquila, relajada, como si no estuviera enfadado. Como si no hubiera pasado nada. Pero él siempre se mostraba así, sintiera lo que sintiera.

--Bien, perra. ¿Qué ha pasado?

--Me he asustado, Amo, perdona a tu esclava desobediente y cobarde.

--¿De qué te has asustado?

Tragué saliva y dudé. Ni siquiera yo estaba segura de saberlo. Pero recordé cómo me invadió la angustia camino de aquel bar y traté de entender por qué había ocurrido.

--Tengo miedo de ti, Amo –dije por fin, casi sin voz. En ese momento estaba en verdad aterrada --.

Tengo miedo de mirarte, a ti, no a tu exterior, y descubrir que no eres mi Amo…. –vacilé--. Que en realidad no está en ti esa persona que me ha adiestrado, que me ha traído con tanto cuidado hasta aquí y que me ha encadenado con seguridad a su placer y a mi dolor. Tengo miedo de descubrir que, en realidad lo he inventado por pura necesidad y que tú sólo eres el medio del que me serví. Tengo miedo de que no existas…porque si tú no existes, yo tampoco.

No dijo nada. El silencio se prolongó mientras yo seguía mirando al suelo y él se mantenía frente a mí. De pronto sentí sus manos a ambos lados de mi cabeza. Cerré los ojos y noté como mi respiración y mi corazón iniciaban una loca carrera. Era la primera vez que me tocaba, aunque no fuera la primera vez que yo lo soñaba. Sentí su calor a través de mi pelo y cómo levantaba mi cara hasta poder ver la suya… si yo hubiera tenido los ojos abiertos.

--Mírame—dijo su voz, tan conocida y tan próxima ahora a mí.

No quería hacerlo. Ni por todo el oro del mundo lo hubiera hecho. Pero entonces, lo dijo. Mi nombre. No mi nick, no mi nombre de esclava. Sólo mi nombre real. Y abrí los ojos. Y le miré. Y le vi a él. A mi Amo. Sus ojos se clavaron en los míos y en ellos estaba todo, todo lo que yo quise, soñé o deseé alguna vez. Porque todo lo guardaba él.
Y vi entendimiento, tolerancia y aceptación. Y supe que, por fin, había llegado a casa.
 

Petronila
 
 
 

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