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…a la femme fatale, més fatal de totes.
- Anda…Pauline, escríbeme algo, me gustaría ser la protagonista de uno de tus relatos. Llevo años escuchándolos de tu viva voz, pero nunca has utilizado ni mi nombre para uno de ellos. Anda…no seas mala, escríbeme algo…dame esa alegría, ese placer, ese rubor. Haz de mí lo que quieras: una lesbiana desmadrada, una puta libidinosa, una chupona sin escrúpulos o una frígida exhibicionista. Mete muchas manos dentro de mis bragas, cubre mi cuerpo de los más pringosos manjares, haz que mi culo reviente o conviérteme en una borracha calientapollas. Dame sexo, placer, vicio lascivo. Crea un entorno para mi e introdúceme en él. Describe como podría follarte, metiendo mis dedos en tu coño o haz que un par de pollones se corran encima de mis apreciados pezones…no sé, pero haz que me excite una vez más con tus palabras, aunque sólo sea por una vez, hazme sentir como una puta zorra con tus palabras.
- ¡Joder! ¡Joder! y ¡Joder! ¡Cómo estamos hoy!
- Joder, sí. Eso es lo que quiero, que me jodas, que me folles, que me abras, que me hagas explotar con el placer de tus letras. Eso es lo quiero, que me pongas caliente y que muchos otros al leerte sufran las mismas consecuencias. Fóllame Pauline, fóllame.
- Necesito inspiración para escribir…pero se me acaba de ocurrir una forma en la que tú misma me las a proporcionar y de qué manera. Ven, ven conmigo a la terraza, que aquí dentro me falta el aire hasta para respirar. Siempre lo haces, siempre consigues enredarme.
L.A Mery interrogó a Pauline con sus ojos sin mediar palabra y ante su silencio se puso nerviosa. Pauline se levantó del sofá y fue directa hacia la terraza. Seguía en silencio cuando se sentaron, frente a frente, alrededor de la mesa. Sus palabras habían alterado a Pauline, su mente estaba tejiendo este relato y L.A Mery, perturbada ante su silencio, daba caladas desmedidas a su cigarro ahogado por la presión de sus dedos.
- ¿Qué quieres que haga? Coño, dime algo…
- Quiero que me pongas caliente, quiero que excites mi imaginación, quiero que te ganes las palabras que pides.
- Joder, ya estamos en un lío. ¿Quieres follar?
- No. Quiero que vayas a tu habitación, cojas tu polla de látex y que vuelvas aquí con muchas ganas de chupar. Quiero que chupes para mí, que me enseñes, mientras me provocas, lo mucho que te gusta chupar polla.
Dio la última calada a su cigarrillo y lo apagó en el enorme cenicero de colores de metal. Se levantó y la escritora vio como desaparecía en busca de su encargo, de su orden; en busca de complacer el deseo de su amiga y el suyo propio de verse reflejada en un relato.
Volvió a los cinco minutos, agarrando con su mano derecha, fuertemente por el tronco, esa polla grande y gorda. Continuaba aferrándose a ella una vez la puso plantada encima de la mesa redonda y blanca de su terraza.
- ¡Suelta la polla! Quiero que la chupes no que la cojas con miedo a que se te escape…
- No la cojo con miedo…no me seas quisquillosa Pauline. La agarro como cojo el resto de pollas, como me gusta hacerlo cuando las saco de los calzoncillos y las apreso en mi mano, así, como hago con esta ahora. Fuerte, notando la dureza y humedeciéndome los labios antes de metérmela en la boca y empezar a mamarla.
- No hables tanto cariño…y empieza a comerte esta polla, que estoy ansiosa por ponerme cachonda y tengo ganas de pasar a lo siguiente…
- Mmmmm…si quieres que chupe, antes tendrás que pedírmelo…quiero oír como me mandas que chupe polla para ti, cariño.
- Zorra consentida, ábrete bien de piernas y empieza a chupar esta polla si no quieres que te la meta yo de golpe y empiece a follarte la boca. Chupa Mery, chupa.
Ajeno a sus miradas, anónimo a su conocimiento, el vecino del ático del bloque de enfrente las miraba a través de sus gafas, graduadas para su incipiente miopía, de montura metálica azul marino desgastada. Las miraba. Flipaba viendo como L.A Mery chupaba esa enorme polla negra de látex que vibraba encima de la mesa, entre su mano y dentro de su boca. Flipaba y fantaseaba que era su polla la que aquella morena, a lo lejos, estaba degustando.
Juan Ignacio se sacó la polla a los pocos segundos, sacudiéndosela y sin ni siquiera tener que mirársela para saber que estada erguida y dura como aquel pedazo de látex que la chica, sin motivo aparente, se empeñaba en pasarle la lengua una y otra vez. Lo hizo junto al gran ventanal de su comedor, lo hizo sin mirársela y lo más grave es que lo hizo sin preguntarse si Manoli, la mujer del sexagenario Juanmi del octavo estaría en el diminuto balcón, como cada mediodía, tratando de alimentar a las palomas y logrando ensuciar el patio de la vecina del entresuelo. Sí que lo hizo poniendo toda su ilusión en aquel meneo y esperando que por algún motivo aquellas dos jovenzuelas dejaran de estar ensimismadas entre ellas y entre aquella gran polla negra y desviaran su mirada hacia él, o lo que sería aún mejor, que la desviaran hacia su polla.
En el ático, Juan Ignacio no dejaba de pajear su polla, que aun sin mirársela sabía que no era tan larga, aunque quizás sí, igual de gorda qué la que L.A Mery chupaba con ganas y que a él le gustó pensar que aún chuparía con más avidez si fuera una polla de verdad, por ejemplo la de él.
En el octavo, Manoli, que como cada mediodía a la una y un minuto había salido a su balcón quedó perpleja ante la visión de la cara de gilipollas y la mirada perdida que parecía tener el vecino del ático y, anodina quedó, cuando vio, ella sí que se la miro, la polla gorda que Juan Ignacio estaba machacándose. Debido al acto de exhibicionismo, sin motivo aparente, de su vecino, Manoli aquel mediodía dejó de lado la tarea de intentar alimentar a las ratas voladoras, mote cariñoso que utilizaba Pauline para dirigirse a las palomas.
Pauline, completamente ajena a la historia paralela entre Juan Ignacio, Manoli y las palomas, se comía con la vista a L.A Mery que no había dejado ni un segundo de lamer la polla vibrante que tenía delante de ella. L.A Mery estaba regalándole a Pauline la mejor mamada que jamás había visto.
Y Pauline estaba cachonda y con ganas de tocarse un poco.
Y L.A Mery seguía chupando, sin cesar. Se la metía en la boca y chupaba la punta de la polla, luego sacaba su lengua, jadeaba, y empezaba a acariciar el capullo dándole lametazos que la humedecían por entero, de arriba abajo deteniéndose con lascivia en el punto en que el tronco y la cabeza de la polla se unen, propinando lengüetazos a lengua abierta, derrochando saliva y continuando la mamada a labio cerrado sobre la dureza del vibrador, que ayudándose por sus manos que no dejaban de manosear el látex y se aferraban fuertemente a él, se la iba metiendo y sacando muy rápido en su cavidad bucal.
- ¡Para! Deja de chupar que al final vas a hacer que se corra de verdad si sigues a este ritmo… ¡Joder! Ojala tuviera una polla entre las piernas y pudieras chupármela así, cabrona.
- ¿Ya está? ¿Con esos cuatro lametones ya me he ganado el relato? ¿He excitado suficiente tu imaginación, escritora?
- No bonita…Necesito más carnaza, con la de mamadas que hay narradas por la red…esto no es suficiente, y si lo es da igual, yo quiero más…y no te preocupes ni por mi imaginación, ni por la excitación. Una se ha convertido en realidad y la otra está por las nubes. Puffff…
- ¿Entonces, me voy quitando las bragas…?
- Qué no…que aquí la que manda soy yo, y la que se va a quitar las bragas también soy yo…que para metértelo en el coño ya tienes todo el tiempo del mundo.
- Voy a tener que follarme a mi coño bonito… ¿Tú crees que eso es lo que quieren los lectores?
- Mery…tú no vas a follar nada, tú vas a chupar cerdita mía…
- ¿Tú coño mojado petita?
- Nooo…tú polla húmeda en movimiento situada en mi coño…tú polla atrapada entre mis piernas hasta que hagas que me corra… ¿Quieres?...Dime que sí…
Pauline se levantó de la silla, se subió la falda hasta la cintura y se quitó las bragas quedándose allí de pie con el coño a pocos metros de la cara de L.A Mery.
- Pues que sepas que no te lo como porque tú no quieres…seguro que sabe a mil delicias – dijo mientras uno de sus dedos se paseaba por su entrepierna fugazmente para entretenerse luego mientras se metía el dedo en su boca.
- Puta.
- Sí. Sabes exquisita, ¿seguro que no quieres que te pase, solo un poco, la lengua por tu coño?
A estas alturas y con un coño de por medio, Juan Ignacio ya se había corrido. Se había corrido imaginando que lo hacía dentro de la boca de la chica, que por algún motivo, había dejado de chupar esa polla magna. Juan Ignacio sudaba y con su polla empapada de semen seguía acariciándose, a sabiendas que aquellas dos no habían terminado su función. Había más y él, por supuesto, estaba dispuesto a dejarse sorprender y como buen espectador a esperar que aquello acabara. Ahora sí se miraba la polla flácida y toda humedecida por su semen. Jugaba con su semen pringoso imaginando que la humedad que acariciaba era la de la entrepierna de la morena de pelo corto, que sin motivo aparente, se había levantado, se había quitado las bragas y le había puesto el coño en la cara de su amiga, o eso le gustaba imaginar que pasaría en breves momentos.
Su intención era la de volverse a correr, esperaba que esas dos se la volvieran a poner dura y volvería a tocarse hasta que el orgasmo le alcanzara de nuevo, ya que ya había comprendido que ellas ni puto caso le habían hecho y ni puto caso le harían. Y él mismo les daba la razón: si él tuviera uno de esos coños al alcance, tampoco haría ni puto caso al resto del mundo.
La que no desaparecía ni por obra de gracia, era Manoli que con los pies pegados al balcón ejercía de mirona del vecino del ático que se tocaba el pollón frente a la ventana, sin motivo aparente. Y el alpiste y las palomas a la puta mierda, con un motivo más que aparente, y sobretodo visible: la polla del vecino.
A Pauline no le hubiera importado lo más mínimo que su amiga, L.A Mery, le comiera el coño, pero temía que si la dejaba hacer y se dejaba ir, todo el relato se iría al garete y eso no se lo podía permitir. Así que sin pensarlo mucho decidió sentarse de nuevo en la silla y alejar de ella los malos pensamientos que le provocaba esa boca golosa, que minutos antes chupaba esa polla con vicio.
L.A Mery miraba el coño de Pauline con descaro y ella estuvo a punto de decírselo pero sabiendo que L.A Mery iba a responderle que no lo miraba con descaro, que simplemente lo miraba como a ella le gustaba mirarlo, prefirió apoderarse de esa polla negra chupada que se había quedado abandonada encima de la mesa y acunarla entre sus muslos. Continuaba vibrando, rozando su coño y haciendo que aún se mojara más.
Pauline manoseó durante unos instantes la polla, colocándola bien entre sus piernas, haciendo que la dureza erguida se apoyara encima de su clítoris y una vez bien anidada la polla en su coño, volvió a mirar a su amiga, suplicante de su lengua y de sus labios. Con una mano agarraba con fuerza la base del pollón y la juntaba a su coño, con la otra, levantando el índice hizo movimientos para que L.A Mery se acercara a ella, a su polla.
L.A Mery sabía que Pauline quería que se arrodillara entre sus piernas abiertas, pero iba a hacerla esperar. Quería pajearla antes, mientras la besaba, mientras su lengua comía de los labios de ella.
Acercó su silla a la de Pauline y sin darle tiempo a que su amiga preguntara se apoderó de su boca y empezó a lamerle los labios por encima, a la vez que su mano iba directa a la caza de la polla. Con la polla entre sus dedos besaba y lamía a Pauline, sus lenguas se enredaban y Pauline empezó a gemir entrecortadamente, como si en verdad estuviera sintiendo las subidas y bajadas de la mano, a ritmo lento, de L.A Mery.
Pauline se deshizo de aquel beso húmedo, quería ver como su amiga la pajeaba. Necesitaba ver como la mano de L.A Mery se deslizaba por su polla, como le acariciaba el glande y como sus dedos se paraban un instante en la base, buscando el roce con su mano y con su coño empapado.
Estaba a punto de correrse, estaba más excitada de lo que hubiera podido imaginar. Quería correrse en su boca. Le exigió a L.A Mery que le chupara la polla.
- ¡Chúpame la polla!
Mientras su amiga se arrodillaba y le acariciaba, casi arañándole, los muslos, Pauline seguía pajeando al vibrador. Estaba enloquecida y con cara de perra mirando como su amiga abría la boca, la miraba a los ojos y se disponía a metérsela en la boca.
L.A Mery empezó a chupar, cogió la polla con fuerza y abordó la punta de la polla con su lengua, quería humedecerla entera para que estuviera reluciente y deslizante. Lamía sacando al máximo su lengua y envolviendo todo el tronco con su saliva, mojando también los dedos de Pauline que sujetaban la polla a su coño. Los balanceos de su lengua fueron subiendo hasta el capullo, y una vez allí, sin dudar, empezó a engullirla poco a poco, recolocándose para que pudiera entrar lo máximo posible en su boca.
Con más de la mitad de la polla en la boca, empezó a succionarla, a chupar hacia arriba lentamente, para instantes después emprender, lo más rápido que pudo, a meterse y a casi sacarse la polla de la boca, a follarse la polla apoyada en el coño de Pauline. Su mano agarraba y giraba entorno de ella, sin dejar de estimularla, sin dejar de mamarla.
- Voy a correrme Mery. Méteme un dedo. Uffff…
Y L.A Mery, mirando a Pauline sin dejar de chupar, apartó con su mano un poco la polla e impregnó su anular en el coño de su amiga, que empezó a moverse haciendo imposible la tarea de seguir lamiendo. L.A Mery miraba a Pauline como se corría, como entrecerraba los ojos, como soltaba la polla y se aferraba a su mano para sentirla más adentro. Pauline terminó su orgasmo con una enorme sonrisa entre sus labios y sin ser capaz de articular palabra alguna.
- Pauline…
- Mery…
- Te quiero perra.
- Y yo a ti femme fatale…
A Juan Ignacio, con tal espectáculo ante sus ojos, se le había vuelto a poner dura y se había vuelto a correr, esta vez, con mucho más rigor y placer que la primera vez.
El vecino del ático del bloque de enfrente seguía sin entender el motivo de todo aquello, aunque intentaba encontrarlo. Quería una explicación para todo aquello que acababa de ver con sus propios ojos. Y como todo en esta vida tenía que tenerla. Más alejado de la verdad no pudo atinar. Nublado por la dudas al intentar encontrar una explicación, terminó sentenciando y dándole sentido a todo aquello, recurriendo a él mismo y al buen hacer que solía tener.
Juan Ignacio era una persona que disfrutaba doblemente de cada cosa y acontecimiento que se le presentaba. Y esta vez, para él, no había sido la excepción: dos chicas y dos orgasmos; como su arraigada costumbre de celebrar dos veces su santo, una el día de san Juan y la otra en san Ignacio. Todo tenía sentido. Ahora ya podía guardarse la polla.
Manoli, a sus casi sesenta años, siguió creyendo que no había motivo aparente para que el vecino del ático hubiera provocado aquel cambio de interés que duraba ya casi veinte años: salir todos los días a la una y un minuto a intentar alimentar las palomas.
Las palomas nunca jamás entendieron por qué, después de casi veinte años, aquel mediodía se había roto su cadena alimenticia.
(Ninguno de ellos, ni el pajero de Juan Ignacio, ni la mirona de Manoli, ni las ratas voladoras de mierda, sabrán nunca que han sido utilizados para adornar este relato dedicado a L.A Mery.)
por Pauline en la playa
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