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Las estrellas... nunca se cansaba de mirarlas. Era lo único que podía hacer. Estaban tan lejanas y sin embargo, las conocía todas. En algún lugar tenía que estar ella. Si pudiera ir a buscarla... si lograra salir de esta prisión de acero, cables, silicio, surcar el espacio infinito y encontrarla. Podría volver a ser feliz, podría ver su risa, sus ojos, notar el cosquilleo de su pelo, el tacto de su piel. Despertarse y ser lo primero que viera nada más abrir los ojos. Pero sabía que eso no podía ser.Ella marchó, tal como llegó. Su llegada fue un bálsamo para mi soledad. A los dos meses de estar en la estación espacial, se dio cuenta que no tendría que haber aceptado esa misión. Estar tres años aquí, sólo, sin más distracción que controlar los sistemas automáticos, jugar con la computadora principal, reparar los módulos que se estropeaban… Eso no era vida. Pero en ese momento le pareció lo mejor. Estaba sólo en la vida, se había acostumbrado a ser un lobo solitario, todos sus amigos se habían ido a otros destinos, y la paga que ofrecían era demasiado tentadora... una píldora dorada, eso es lo que era. Pero no se acostumbraba a la frialdad del acero de las paredes. Ni siquiera los robots de mantenimiento le ayudaban a pasar las largas horas tediosas.
Así estuvo hasta que ella llegó con la nave de suministros. No tenia ni idea de que iba una mujer a bordo. El comunicador se había colapsado con una tormenta solar, así que no sabia nada hasta que habló con los pilotos. Mientras descargaban, se fijó como uno le guiñó el ojo.
- Te traigo lo de siempre y...
Casi le cae una caja de comida concentrada cuando la vio. Era más bonita que las estrellas, tan preciosa como la luna azul de Algoran. Bajaba por la rampa vestida en un mono de trabajo ajustado que permitía disfrutar de su cuerpo, sus senos, sus nalgas, y ese pelo dorado que le caía hasta los hombros.
- Hola, soy Laura, como ya debes saber.
- Hola... yo soy Juan... esto, ¿saber qué? Es que... desde hace un par de días que no recibo... y... Esto... - Se iba maldiciendo por dentro, parecía un estúpido que nunca había visto una mujer.
Ella dibujó una sonrisa que le erizó los pelos de la nuca. Sin decir nada, traspasó la puerta y desapareció en la estación. Juan miró a los pilotos intentando que le dieran una explicación, pero estos ya habían terminado la descarga y subían a la nave.
- Hasta dentro de seis meses – le dijo uno entre risas – y cuidado con los excesos.
Les quería preguntar por esa mujer, pero cerraron la compuerta y la nave empezó la maniobra de despegue. Mientras los robots de la estación ponían la carga en orden, distribuyéndola, Juan fue a buscar a la chica. La encontró en un camarote, estaba deshaciendo su equipaje.
- Oye, se puede saber...
No pudo continuar su frase. Había entrado sin llamar y encontró a la chica, de espaldas, quitándose la ropa. Ya desnuda, la pudo contemplar de arriba abajo. Su cabello, la piel, el contorno de las nalgas, sus piernas...
- Me iba a dar una ducha – dijo ella. – Llevo mucho tiempo de viaje y me moría por poder bañarme.
Se giró y pudo ver otra vez esa sonrisa, los senos, su cintura, el pubis rasurado… Quería irse de ahí. No podía estar delante de ella, desnuda, pero era imposible sacar sus ojos de ese cuerpo. Giró la cabeza y volvió a balbucear.
- Lo siento... ya marcho, es que no tenía ni idea de que venía alguien. En fin, luego me lo cuentas. Ya me voy.
- Espera, ven, ayúdame con la ducha, que estos camarotes no los entiendo.
Y allí estaba él, al lado de esa mujer sin ropa, explicándole cómo funcionaba la ducha.
- ¿Te ocurre algo? – preguntó ella sin perder su sonrisa
- Es que... veras... estás desnuda, ¿no? Y bueno, que...
- Tranquilo, no pasa nada. ¿Te gusto?
- ¿Si me gustas? Me gustas muchísimo.
- Ya sé que te gusto. Y tú a mí.
Dicho esto, Laura se le acercó aún más. Notaba sus ojos como le miraban. Ella levantó la mano y empezó a acariciarle la cara. Sin decirle nada, acercó sus labios a los de él y empezó a besarle. Juan notó su lengua jugando con la de ella; sus manos acariciaban la su piel. Notó como ella le iba desnudando, despojándole de las ropas, al mismo tiempo que lo libraba de su timidez.
Los dos desnudos disfrutaron del agua tibia y de sus cuerpos. Juan lamía su cara, los senos, mordisqueando los pezones duros. Fue bajando hasta su sexo, acariciándole el pelo, mientras ella gemía. Volvió a besarla y notó cómo la mano de la mujer le cogía su miembro, duro, erecto. Se agachó y se lo introdujo en su boca. Apoyándose en la pared, Juan disfrutó de esa sensación, de la suavidad de sus labios, el movimiento de la lengua. La levantó y la penetró. Se abrazó a ella y fundieron sus cuerpos en uno. Notó que iba a correrse, que iba a tener un orgasmo junto con ella. Le mordía las orejas, los labios, era pura excitación. Notaba las uñas de Laura clavarse en su espalda, su respiración entrecortada, hasta que no pudo más y tuvo un orgasmo que le dejó sin aliento. Se quedó abrazado a ella, besándola, acariciándola.
- Esto que ha pasado... – empezó a decir Juan
- Ha sido maravilloso – respondió ella mientras le daba otro beso
Los siguientes meses fueron los mejores de Juan. A parte del sexo, con Laura se entendía de maravilla. Ella ayudaba mucho en la estación, reparando los módulos, controlando los sistemas de energía; y en sus ratos de ocio, charlando con él, riendo, o simplemente mirando las estrellas. Juan se sentía el hombre más feliz del universo, tenia a la pareja perfecta.
Hasta que llegó la siguiente nave de suministros. Estaba reparando un monitor, o sea que Laura se encargó del desembarco de suministros. Juan vio como la nave desaparecía en el espacio. “Ja” se rió “cuidado con los excesos. Que sabréis vosotros, padrillos”.
Al cabo de un rato, notó que Laura no aparecía. Fue hasta el muelle de carga, pero no estaba allí.
- Eh, Andrea – dijo dirigiéndose a un robot. Les había puesto nombre de mujeres a los robots de la estación.
- Diga señor.
- ¿Dónde esta Laura?
- Marchó con la nave, señor.
Juan quedó pálido. No entendía nada. ¿Por qué había marchado? ¡Eran tan felices! Se dirigió a la cabina principal y como un loco llamó a la nave.
- Aquí estación espacial llamando a CSS Melnibones ¿Se puede saber que pasa? ¿Dónde está Laura? ¿Por qué se ha ido sin decir nada?
- Aquí CSS Melnibones. ¿Es que no recibiste el mensaje?
“¿De que mensaje le hablaban? ¿Qué era todo eso?” se preguntó Juan.
- ¡Que jodido mensaje! ¿Por qué marchó Laura?
- Oh, ¿no tienes ni idea, no? Habrá sido una tormenta solar. Bloqueó muchas comunicaciones. Relájate. Laura está en la bodega de carga, desconectada.
- Des... ¿desconectada?
- ¿No te enteraste? Laura es un prototipo de robot de compañía. Joder, te escogieron para probarla. Ahora tenemos que devolverla a la compañía, tienes que hacerle unos ajustes, mantenimientos, ya sabes...
- ¿Un... un... robot?
- Sí, para los tripulantes de las estaciones. Creyeron que tanto tiempo solo seria malo, así que metieron tus gustos, aficiones, preferencias, para que fuera la compañía ideal. Joder tío, ¿qué te pasa?
- ¿Un... un... robot? – volvió a repetir
- No me digas que... Joder tío, no te habrás enamorado, ¿verdad? Lo que faltaba. Tómatelo con calma. Ahora no te vuelvas loco y metas la polla en una tostadora, ¿eh?
Juan cerró la comunicación. La compañera perfecta. Y era tan fría como las paredes de metal de la estación.
Thunder
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