Esposas
 por Alatriste
Cuando le dije que pasara al asiento de atrás del coche no se imaginó lo que le esperaba.

—Te quiero enseñar algo —le dije

Los dos abrimos nuestras puertas correspondientes y pasamos al asiento posterior, mucho más amplio y cómodo.

—Las he comprado esta mañana. Éstas son de verdad, no de juguete
De una caja de cartón saqué dos jugos de esposas niqueladas y bastante consistentes.

—Siempre me ha “puesto” mucho la idea de las esposas. Es una fantasía que toda la vida me ha excitado —dijo ella.

El vehículo estaba estacionado en la última planta del parking, en un lugar muy tranquilo y alejado de miradas curiosas. Desde lejos, con sólo mirar por el retrovisor, ya podíamos ver si alguien se acercaba. Mi respiración aumentaba en intensidad. Mi corazón latía con fuerza. Temía su negativa.

—¿Quieres probarlas? —le insinué. Ella asintió con la cabeza. Cogí una de sus manos, le subí la manga de la blusa y dejé la muñeca al aire colocándole un juego de esposas.

—¡¿Qué haces?! —preguntó entre el susto y la excitación

—Algo que he imaginado muchas veces —le aclaré. Yo notaba como en mi entrepierna la situación estaba causando un efecto bastante familiar. Mi polla empezaba a latir.

Hice que se pusiera en medio del asiento trasero, apoyando en él las rodillas. Inmovilicé uno de sus brazos a un lado del techo y luego el otro, dejándola abierta y a merced mía. Enseguida se dio cuenta de que sólo podía mover los pies con sumo cuidado, pues de otro modo corría el peligro de perder el equilibrio y quedar colgada en una posición incómoda. Yo me coloqué también en medio del asiento, debajo de ella. Me miraba desde arriba algo asustada pero con el brillo que denota la excitación. Le abrí la blusa lentamente, botón a botón, dibujé con la yema de mis dedos los contornos del sujetador, erizándole a mi paso la piel tibia. Me miraba con la timidez del deseo. Le besé los pechos por encima del sujetador haciéndole notar la humedad de mi lengua. Sus pezones reaccionaron a mis caricias mostrándose como dos garbanzos duros bajo las copas del sostén color bourdeos.

Acabé por subirle el sujetador y dejar sus tetas libres. Mi boca fue alternando besos a ambos pechos, saboreando las oscuras aureolas que por momentos se iban hinchando. Su excitación era mi excitación. Si supuesta resistencia iba deshaciendo como un castillo de arena alcanzado por una ola del mar.

— Nos van a ver… —decía ella.

Sin hacerle caso, mis manos siguieron bajando por su estómago hasta encontrar el tope de su falda plisada que casi le rozaba las rodillas. Se la arremangué enrollándola en su cintura.

— Me vas a dejar la falda hecha unos zorros…

Tú si que eres una zorra… —le dije mientras la palma de mi mano atrapó su sexo por encima de la braga. Estaba muy húmeda. Lanzó un gemido y cerró los ojos. Metí la mano bajo la cintura de las bragas y recorrí su pubis libre de vello hasta llegar a los pliegues de su coño húmedo, pringoso, caliente. Noté como palpitaba deseando sentir todo el placer del mundo.

Le di a chupar tres dedos de mi mano izquierda que lamió como si fueran mi polla, dejándolos empapados de saliva. Le aparté la braga y sin pocos miramientos se los metí en la vagina. Estaba empapadísima y dilatada. Con el pulgar, empecé a frotarle el clítoris, mientras con los otros dedos le follaba el coño. Movía su pelvis buscando ser penetrada. Mi pulgar resbalaba por los húmedos alrededores del clítoris. Hundí la boca en uno de sus pechos y mientras se lo lamía la seguí masturbando. Leyendo sus sensaciones y movimientos fui acelerando las caricias y aumenté la intensidad. Todo su cuerpo se puso a temblar y el coño aprisionó mis dedos. Con los brazos abiertos y rendida a mi caricias, apoyó las rodillas sobre el asiento y acabó corriéndose entre mis dedos…..

—Ahora vengo, voy a pagar el parking y nos vamos. Para que no te aburras te bajo el reposabrazos… —le dije mientras le guiñaba un ojo.

Allí se quedó, dentro del coche, con la blusa abierta, las tetas al aire y la falda arremangada. Tardé apenas dos minuto en volver. Cuando llegué la encontré en la misma postura obscena, gimiendo mientras frotaba su coño contra el reposabrazos que estaba pringado de los fluidos de su coño. La observé en silencio, sin intervenir, hasta que vi que había acabado.

—Me he corrido de nuevo, pero esta vez yo solita y sin manos. Creo que tendrás que lavar la tapicería…

Liberé sus manos, le quité las esposas y después de besarle las muñecas entumecidas pasamos al asiento delantero.

 —Ahora serás tú el que tendrá que probar las esposas —me dijo en tono amenazante.

Pero eso ya lo explicaré otro día.
 
 

por Alatriste
 

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