Clase de quimica
 Impulsiva
Hoy, la clase de Química se realiza en el laboratorio, abajo, en las aulas del sótano del instituto. Sara, como siempre, está sentada en la primera fila. No es su costumbre sentarse la primera, sólo lo hace en la clase de Química, para “saborear”, como ella dice, al profesor Manso.

Carlos Manso es un treintañero despistado al que le gusta tanto su trabajo que no se da cuenta del efecto que sus ojos tristes causan en su alumnado femenino. No obstante hace meses que se ha percatado de las miradas seductoras que le prodiga la alegre Sara. Como esta mañana. Como todas las mañanas desde el primer día que apareció por su aula envuelta en su jersey escotado y su faldita ceñida.

Sara hace un rato que dejó de prestar atención al formulario que Carlos garabatea en el encerado. Sólo está centrada en su cuello ancho y en la nuez de Adán que le asoma por el borde de la camisa. Nunca le ha visto desnudo pero hace tiempo que fantasea con deslizar sus dedos por el torso masculino.

Manso explica muy concentrado la lección, paseando la mirada sin detenerla en ningún alumno. Hasta que lo atrapan los ojos brillantes de Sara que le sonríe maliciosamente.

Ella le mantiene la vista desafiante y luego baja sus ojos hasta su entrepierna mordiéndose el labio inferior. Levanta nuevamente la vista y la posa en la boca masculina, cierra los ojos y se acaricia el cuello con gesto sensual. Él comienza a ponerse nervioso y se le cae la tiza al suelo. Se agacha a recogerla y al levantarse vuelve a encontrarse las pupilas de Sara clavadas en las suyas.

Para calmar la agitación que le desconcentra el pensamiento, Manso decide finalizar la explicación teórica y poner en práctica el experimento que ha plasmado en la pizarra. Minutos mas tarde todos los chicos están mezclando líquidos que han de observar al microscopio.

—Profe, porfa, puede mirar mi mezcla un momento?, es que observo cosas muy raras y no me sale lo mismo que a mis compañeros —le reclama Sara en actitud coqueta.

—Vamos a ver que desaguisado nos ha preparado Sara —bromea él para disimular su azoramiento.

Manso se coloca detrás, a su espalda, y Sara aparta ligeramente su melena rubia para que él pueda observar por el microscopio. Sus caras están tan cerca que casi pueden rozarse los labios. Carlos respira muy hondo y ella cierra los ojos para sentirlo mas adentro. Hoy ella lleva un escote tan pronunciado que desde arriba Manso casi puede verle los pezones que se marcan bravos en la camiseta azul. Él traga saliva y Sara nota cómo le tiemblan las manos cuando posa las suyas sobre las de él que sujeta el microscopio. Apenas puede oír lo que Manso le explica sobre la diferencia entre unas moléculas verdes y otras rojizas que la traen sin cuidado. Media hora mas tarde, y tras media docena de insinuantes miradas que a Manso le han descontrolado el pulso, éste da por terminada la clase.

Cuando todos se van, Carlos se queda un rato, como siempre, para recoger el material que han usado para la clase de hoy. Luego se dirige nervioso al cuarto de baño y en ese momento entra Sara sigilosa y le sigue sin que él pueda verla. Observa como éste se baja la cremallera de los vaqueros y libera del boxer azul su sexo enarbolado, acariciándolo suavemente. Cierra los ojos y se recuesta jadeante contra la pared de azulejos blancos. Sara, con la vista clavada en la imagen de Manso, no pestañea. Contiene la respiración y siente que una corriente eléctrica le atraviesa el cuerpo endureciendo sus pechos y llenando su sexo con una oleada de humedad tibia.

Manso cierra su mano derecha sobre la verga oscura y comienza a masturbarse frenéticamente.

Como si un imán tirara de ella, Sara se dirige a Carlos que en ese momento abre los ojos. Ella, con un impulso que no puede controlar posa una de sus manos sobre el miembro ardiente de Manso que en ese instante se vuelve loco de deseo.

—¿Qué haces, niña loca?, aléjate antes de que haga una tontería.

—No puedo. Quiero estar contigo. Deseo ayudarte —le sonríe Sara pícaramente.

—¡¿Sí?, ¿de veras, putita?, ¿de veras quieres ayudarme! —le grita enfrebrecido mientras le sujeta las muñecas y la aprisiona contra la pared restregando su sexo contra la pelvis de ella. La besa con fuerza, mordisqueando sus labios hasta que con un gesto brusco le levanta los brazos y la despoja de la camiseta y el sujetador de corazoncitos rojos. Luego le da la vuelta, la inclina por la cintura hacia adelante y le baja los pantalones y el cordón del tanga que asoma lujurioso por encima del cinturón que sujeta sus vaqueros. Manosea los tersos glúteos, amasándolos con furia mientras anticipa el goce. En una maniobra rápida coge un frasco con aceite que hay en la estantería de su derecha y se lo unta en el ano.

—¡¿Qué haces?! —grita Sara intentando incorporarse.

—¡¿No querías jugar?, pequeña zorra?, pues ahora sabrás lo que es un hombre —le grita mientras empuja su cuello hacia abajo y la penetra con firmeza.

Sara grita mientras clava sus uñas en los muslos de Manso. Forcejea un rato entre sollozos hasta que una oleada de fuego torna en gemidos las envestidas de Manso que jadea entre frases inconexas.

Tras una explosión de placer descontrolado Manso libera su sexo de las onduladas nalgas femeninas y se sienta en el suelo, recostándose nuevamente en la pared mientras hunde su cabeza entre las manos.

Sara está tirada en el suelo, encogida como una niña indefensa. Al verla tan desvalida Manso empieza a acariciarle el pelo mientras repite sin cesar:

—¿Qué me has hecho, niña loca?, ¿qué me has hecho?…

Se arrodilla a su lado y la ayuda a levantarse. Dos chorretones de lágrimas y rimel surcan las mejillas rosadas de Sara. Manso seca sus lágrimas y se da cuenta de que tras esa fachada de lascivia sólo hay una criatura asustada:

—Perdóname…, perdóname… —le dice con la voz entrecortada.

Sara le mira en silencio y llora de nuevo. Manso le acaricia la cara y la besa en la mejilla mientras la abraza dulcemente. Sara se recuesta en su pecho como un gatito mimoso. Permanecen callados y abrazados un rato. Manso tiene la mirada perdida y triste. Sara desliza su mano chiquita por la abertura de la camisa de él y acaricia el pecho soñado mientras sus labios recorren su cuello. Manso vuelve a excitarse. Sara le despoja de su camisa y hace que se junten los pechos de ambos. Carlos succiona los pezones enervados de Sara y sigue con su lengua el recorrido de su talle hasta llegar a su ombligo. Se detiene en esa hondonada y Sara se siente desfallecer. Baja con sus dedos hasta las ingles y acaricia la parte interna de sus muslos, amasándolos suavemente. Observa el rostro de Sara encendido, los ojos cerrados y la boca entreabierta. Las hábiles manos de Carlos se acercan a su vulva jugosa y acaricia su clítoris una y otra vez. Sara gime de placer y Manso adentra sus dedos en su vagina. La siente caliente y húmeda. Sara se contorsiona y jadea sin cesar:

— Sí, sí…, sigue, sigue, sigue… —gime en la desesperación del placer.

Una explosión de fuego inunda su cuerpo. Siente que su vista se nubla y cuatro espasmos parecen cortarle la respiración. Por un momento Manso llega a asustarse, pero tras unos minutos de angustia vuelve la calma y Sara abre los ojos sonriéndole dulcemente. Su cuerpo, ahora flexible, se acurruca entre los brazos de Manso mientras le susurra melosa:

— No me apruebes nunca, cielo mío. Déjame repetir el curso.
 

Impulsiva
 
 

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