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Capítulo 1 ¿Te acuerdas de quién te hable?... es él; ahí está, susurró Paula al oído de Angélica, guiándola con discreción hacia un grupo de fumadores que se encontraba en un rincón del salón. Abriéndose paso entre la multitud de invitados a la fiesta avanzaron con cierta dificultad.
Creo que mejor nos quedamos por aquí dijo Paula, también en susurro
, no me gustaría perder tiempo o energía. Él es exactamente lo que tú necesitas replicó Paula lo has estado buscando por mucho tiempo... estoy segura de que le vas a gustar mucho. Deberías creer en mí, yo no me equivoco. terminó.
Los grandes ojos azules de Paula brillaban con esa chispa de picardía que Angélica recordaba como lo primero que había percibido en ella cuando se conocieron, años atrás, en la escuela secundaria, en aquella clase de cerámica que resultaba tan aburrida para ambas. A partir de ahí se habían convertido en amigas íntimas, tanto que cada una se refería a la otra como su gemela. Ahora Paula estaba casada, vivía en una mansión rentada a las afueras de París y su vida era fabulosa, al grado de que Angélica se preguntaba qué clase de talismán tendría su amiga, pues parecía que todos sus sueños se hacían realidad.
Así que Angélica y David fueron presentados; él era más alto que ella y también parecía un poco mayor, alrededor de los treinta años de edad; su aspecto era agradable, delgado y relativamente musculoso, aunque no tenía el aspecto de un deportista, sino más bien el de un hombre de mundo. Vestía un traje de diseño Pierre Cardin, pensó ella , con hombreras realzadas y de un color indefinido, pero claro, lo que acentuaba el color blanco de su piel. Su pelo y cejas eran de un rubio no tan claro, pero sí intenso, y su piel presentaba visos de palidez a pesar de su natural color parece muy saludable pensó Angélica. Sus labios eran delgados y bien dibujados, con un rictus en los extremos que le daban una sonrisa permanente. Pero lo que más impresionó a Angélica fueron los ojos de David: esos ojos podrían ser grises, verdes o más bien azules, pues cambiaban de color a cada momento, incluso cuando se posaron en ella y parecieron penetrar su mente.
Encantada de conocerte dijo Angélica, extendiendo la mano.
En vez de estrechar la mano de Angélica, él la condujo con delicadeza hasta la altura de sus labios, le dio la vuelta y la besó en la palma con suavidad, pero dejando sentir la punta de su lengua, sin dejar de mirarla directamente la los ojos. Encantado, es un gran placer y espero que llegue a ser mayor aún dijo David con una sonrisa picaresca pero antes que nada debo advertirte que yo sufro una manía incontrolable: me obsesionan las castañas con ojos grandes.
Angélica sintió demasiado atrevidas esas expresiones de David, pero recordó que se encontraban en un ambiente francés y prefirió tomarlo con elegancia y ligereza, por lo que sonrió también con picardía y comenzó a jugar coquetamente con su collar.
Eres demasiado francés dijo Angélica, riendo. La sonrisa de David se quedó fija.
Angélica está realizando una investigación en París, para obtener un grado universitario; es muy inteligente dijo Paula.
Sí, estoy estudiando hechos paranormales, sobrenaturales agregó Angélica.
¡Ah!, Esa es una materia cercana a mí corazón dijo David.
También está cerca del mío... respondió Angélica con un sonrojo, pues reconoció que ya estaba coqueteando en exceso con el recién presentado y que él seguía sosteniendo su mano en alto, por lo que ella la retiró de inmediato.
No siempre soy sarcástico dijo David pero lo que sí puedo asegurar es que soy un verdadero cínico; esa es la naturaleza de la bestia.
De pronto, dos muchachas demasiado jóvenes aparecieron como de la nada y se colocaron a los costados de David; la que estaba a su izquierda era una chica de pelo negro y ojos verdes que portaba un vestido semitransparente de gasa blanca a través del que se veía su ligerísima ropa interior. La que se encontraba a la derecha era una rubia de ojos pardos que no era menos erótica en su atuendo, pues estaba enfundada en un mono de piel negra tan entallado que parecía una segunda piel; sus labios de un rojo carmín exagerado parecían ocupar todo el espacio de su rostro, lo que hizo reír a Angélica, pues le pareció el extremo del exhibicionismo; aparentemente su risa molestó a la muchacha, quien dijo algo en francés que Angélica creyó entender como mejor fíjate en tu propio aspecto. Lo que provocó la risa de David. Pero la aparición de las chicas rompía la evolución de la conversación, por lo que Angélica prefirió alejarse.
Me ha dado mucho gusto conocerlo, monsieur Cohen dijo Angélica tomando del brazo a Paula para alejarse juntas y murmurando al oído de su amiga: y también me ha dado gusto conocer a sus hijas.
¡Shh! siseó Paula ¡Te puede oír!
Ya estamos lejos.
Tú no tienes por qué saberlo, pero él tiene un oído muy agudo. Yo en tu lugar no quisiera que él se enojara.
Angélica se volvió hacia su amiga sorprendida; ella siempre había percibido a Paula como audaz y desprejuiciada, mucho más que ella; ahora parecía realmente preocupada de lo que pudiera pensar aquel hombre.
¿Qué quieres decir? preguntó Angélica, pero no hubo tiempo de obtener respuesta, pues habían llegado hasta un grupo de conocidos de
Paula que de inmediato suspendieron su conversación para saludarla.
Todos esos hombres, de mediana edad, vestían idénticos trajes que sólo variaban en los tonos de azul; Angélica ya había identificado ese aspecto estereotipado en los profesores franceses. Angélica fue presentada a esos hombres, pero en un momento salió de la reunión pues fue solicitada en otro lado, con lo que Angélica se quedó en medio de una conversación que no entendía bien; sin embargo, cuatro de esos profesores hablaban algo parecido al inglés y la invitaron a participar en su discusión, que versaba sobre la superioridad de la inteligencia humana sobre los instintos animales. Angélica colocaba uno que otro comentario cuando lo creía prudente, aunque seguía sin entender gran cosa, pero sí notando aquel tono doctoral que ella tanto conocía y tanto le disgustaba en su vida universitaria; así que ella prefirió concentrarse en su copa de vino y en sus pensamientos para huir, por lo menos mentalmente, de aquella pedante discusión. Aunque tal vez su evasión fue demasiado profunda, pues en un momento se le deslizó el bolso y cayó al piso; de inmediato uno de los profesores se inclinó para recogerlo; detrás de él, recargado en una columna, apareció la figura de David Cohen, quien la miraba con una sonrisa significativa, como divirtiéndose de la desgracia de Angélica, quien se encontraba atrapada en una docta perorata. Aquella presencia la devolvió a la realidad, se hizo a un lado para poder mirar a David, que la seguía observando y entre los dos se estableció una comunicación sin palabras, pero muy eficaz. Ella se volvió un momento para recibir el bolso y agradecer a quien se lo había recogido, pero al volver la mirada hacia la columna David ya no estaba. ¿Cuál sería su conclusión mademoiselle?
Angélica no tenía la menor idea de los planteamientos que se habían expuesto, por lo que no pudo responder sino con una serie de balbuceos que terminaron por caer en lo inevitable:
Necesitaría más información para formar una opinión.
¡Ah!, Pero aquí llega David... dijo alguien seguramente él tendrá una opinión al respecto.
Al acercarse, Cohen no se dignó a mirarla.
¿Una opinión acerca de qué?, Etienne.
La superioridad de la mente sobre el instinto, David, ¿tú qué piensas?
O de la razón sobre la pasión... dijo otro.
David miró a su alrededor, como captando el sentir de aquellos académicos; a Angélica le pareció que David era realmente distinto de aquellos hombres convencionales; un ser muy evolucionado, verdaderamente cultivado, como un diamante pulido en medio de piedras naturales.
Tal vez una analogía pudiera clarificar mi punto de vista. dijo David.
Su voz y su pensamiento tienen la textura de la seda, pensó Angélica.
A manera de argumento, imaginemos que somos animales: caballos, perros o elefantes, lo que más les guste. Aquí estamos todos juntos como una manada: cinco machos y una hembra. dijo, mirando a Angélica con una sonrisa Cada uno de nosotros, como animales, estamos dominados por nuestros instintos, y los machos estamos motivados por el poder; seguramente estamos dispuestos a luchar unos contra otros, a morder, a clavar nuestras uñas en los demás; todos contra todos, hasta que uno de nosotros logre dominar a los demás. Digamos que, como ejemplo, yo soy el ganador.
Dicho esto, Angélica sintió que se había hecho un silencio mágico alrededor de ese pequeño grupo, como si todos en la fiesta estuvieran escuchando el discurso de David; incluso Paula se acercó al grupo, sin saber lo que estaba pasando.
Considerando la composición de nuestra pequeña manada, ¿cuál sería el premio para el ganador?
La hembra... dijo alguien, mirando de soslayo hacia Angélica.
Aunque de manera discreta, todos se volvieron hacia ella. Angélica se sintió inquieta y no pudo evitar el sonrojo; aunque también se sentía íntimamente halagada. Mí obligación y mi privilegio será acosarla, mademoiselle Coss dijo David, mirando directamente a los ojos de Angélica La acosaría sin descanso, la perseguiría día y noche, sin darle descanso, la acosaría minuto a minuto; hasta que usted, exhausta y excitada, se me rindiera completamente; porque usted ya habría entrado en calor, mademoiselle: una hembra en celo delante de un macho triunfador. Entonces yo la montaría y mis dientes le prenderían del cuello sin piedad, hasta sentir el sabor de la sangre, y usted quedaría a mi merced hasta que yo me encontrara completamente satisfecho... ¿Y después? Tal vez yo la dejaría a un lado y me iría a buscar nuevas aventuras.
Ahora ya no era una apreciación subjetiva, todo el salón permanecía silente, como una tumba. Todo mundo había escuchado las palabras de David, incluso el trío de música barroca había suspendido su ejecución. Angélica pensó que podría mostrarse molesta u ofendida, pero no sentía nada de eso tal vez el vino se dijo a sí misma; más bien sintió deseos de reír, y la risa le surgió ligera y potente, con lo que se alivió la tensión que había causado el discurso de David.
Monsieur Cohen, tiene usted una imaginación muy colorida dijo Angélica en un francés por lo menos aceptable y alzando su copa de vino a manera de brindis Seguramente su vida es muy... fantasiosa.
Angélica apuró el resto del vino de su copa, la depositó en una mesa cercana y caminó en un sentido opuesto al grupo de profesores, pero en su trayecto sentía el influjo de los ojos de David sobre su nuca. Se pasó unos momentos jugando con los abalorios de su collar, hasta que sintió que aquella mirada ya no se posaba en su nuca, sino en su costado, por lo que se volvió y, efectivamente, ahí estaba David, mirándola con un enorme cinismo.
Por esa actitud suya, mademoiselle, deduzco que la fantasía es el mejor estímulo que usted puede encontrar en la vida dijo David, en un tono de conmiseración.
Aquel era un comentario demasiado crudo, hiriente, por lo que Angélica se dio la vuelta y se encaminó hacia la puerta que conducía a la terraza. Cuando salió al aire; el salón volvió a animarse con risas, la música recomenzó y todo volvió a la normalidad.
Capítulo 2
Afuera, Angélica se puso a contemplar la longitud de los campos que rodeaban aquella finca, iluminados por la luna llena y el cielo limpio de la campiña; aquella escena encantadora le hizo olvidar la desagradable escena que recién había vivido.
Paula y Gary habían rentado esta hermosa propiedad desde hacía dos años y aquí celebraban sus encuentros con el Comité Francés de Expertos en Fenómenos Paranormales. Una buena parte de los jardines estaba iluminada artificialmente, pero de una manera artística, de tal forma que los setos y los árboles parecían brillar por sí mismo, creando un ambiente deliciosamente mágico. A lo lejos se escuchaba el sonido de las aguas corrientes de un río que pasaba por esta propiedad y el viento traía el aroma de las caballerizas cercanas, lo que completaba la sensación de vida natural, que contrastaba violentamente con la retorcida intelectualidad de los invitados a la fiesta, que adentro seguía en todo su esplendor. En un reloj cercano sonaron las doce de la noche. La hora de la transición pensó la hora del milagro.
Angélica escuchó un ruido detrás de ella y no sintió ninguna sorpresa al volver la mirada y encontrarse con David; él estaba cerrando las puertas de acceso al balcón e incluso echó la aldaba para impedir que alguien más llegara ahí. Angélica no tuvo miedo, pues no había razón para ello; Sin embargo, se sentía especialmente vulnerable.
David se acercó lentamente.
Usted tiene una lengua ríspida, mademoiselle, tanto como la mía; eso es raro en una mujer.
Y usted, monsieur, tiene una boca demasiado grande.
Él cruzó los brazos sobre el pecho.
Tan grande como para haber dicho que usted me resultaba atractiva; pero ahora no es lo suficientemente grande como para expresar cuánto ha crecido la excitación que usted me provoca. Estoy seguro de que disfrutaré enormemente cuando hagamos el amor.
Seguramente así será, monsieur, pero en su vívida imaginación, porque esa es la única manera en la que usted puede satisfacer sus deseos dijo Angélica, dándose la vuelta como para alejarse de él; pero David la sujetó del brazo. ¡Suélteme o gritaré!
Si le gustan los efectos de sonido, grite; nadie vendrá en su ayuda.
Exagera usted con su cinismo. dijo Angélica, en un tono de aplomo, pero se sentía nerviosa.
Nada de cinismo, se trata solamente de observación de la naturaleza humana. Por supuesto que muchos querrán venir a su auxilio; pero nadie se atrevería a enfrentarse conmigo. Yo tengo una reputación, mademoiselle.
Ya me imagino la clase de reputación que tiene usted, pero no piense que yo pudiera estar dispuesta a satisfacer alguna de sus perversiones.
¿Estás segura?
David soltó la presión del brazo, la miró con intensidad y tomó suavemente su mentón, acercando su rostro para besarla; Angélica se sintió confundida, pero se dejó hacer y permitió que la lengua de él rebuscara dentro de su boca, en algún momento decidió desprenderse y luchar, pero algo dentro de ella le creaba la convicción de que se encontraba aprisionada y que él era demasiado fuerte; aunque en realidad ella era libre para huir.
Cuando David dejó de besarla, rodeó su cintura con un brazo y la atrajo hacia sí con suavidad. ¡Esto es ridículo! discurría Angélica, o al menos una parte consciente de su mente... Yo estoy en una fiesta, en un país extranjero, en el balcón de un castillo y cautiva de un demente, o un genio, o las dos cosas... Se sintió extrañamente avergonzada de su propia excitación Esto no debería estar ocurriendo... se dijo a sí misma.
Él tomó ambas muñecas de ella con una mano y usó la otra para desanudar el tirante que detenía la parte superior del vestido, de manera que pudiera tocar sus pechos; estando tan cerca, ella sentía su erección bajo el pantalón. David levantó su falda y sus diestros dedos hurgaron bajo su braga hasta que encontraron el camino para deslizarse hacia dentro, con firmeza y facilidad, pues ella estaba húmeda... y ahora ambos lo sabían.Él la miró a los ojos y sonrió abiertamente, pues ella no podría fingir indiferencia.
¿Me haría el favor de abrir sus piernas, mademoiselle Coss? Estaría sumamente satisfecho de penetrarla ahora.
Si usted piensa violarme, será sin mi cooperación y, créame, le tomará muchísimo tiempo.
El rió abiertamente, echando su cabeza hacia atrás, por lo que ella pudo observar sus dientes y quedó helada, sin creer lo que veía, pues los dos incisivos superiores eran mucho más largos y puntiagudos que los demás.
Entonces sí tuvo la suficiente voluntad para luchar y lo intentó arduamente, pero sin el menor éxito, pues la fuerza de David era descomunal. Ella sudaba copiosamente y en su forcejeo desesperado su escrupuloso peinado se deshizo completamente y su cabello se esparció sin concierto sobre su cabeza y rostro, tanto que casi le impedía ver. Ella supo que en ese momento su aspecto era salvaje, lo que en realidad era coherente con sus emociones. David pasó sus dedos con cierta brusquedad por la cabellera de Angélica y los retiró de su rostro; en ese momento ella miró los ojos de él, que se le revelaron excesivamente azules y brillantes, como los que ella había imaginado que tenían los duendes o los seres elementales de la naturaleza, pero aquella fantasía se mezclaba con el aroma de la loción que él usaba y que debido a la agitación de ambos se esparcía en el aire que los rodeaba. David no parecía un cínico ahora, sino un ser perfectamente auténtico.
Angélica deseaba seriamente estar furiosa y odiar a quien podía considerar su atacante; sus razonamientos eran perfectamente coherentes con lo que estaba sucediendo; ella trataba de dar peso a los argumentos de su razón, pero había un impulso más poderoso que partía de su cuerpo y ella luchaba para no admitir que se encontraba profundamente excitada.
Él se volvió a besarla. Éste fue un beso largo y apasionado, con las bocas de ambos abiertas, anhelantes, y sus lenguas enlazándose con delectación. De pronto él se separó bruscamente y le susurró al oído:
Ahora eres una hembra en celo, no puedes hacer nada para evitarlo.Ella no quería admitir la veracidad de sus palabras, sobre todo porque eso ponía en claro el fuerte control que tenía David sobre ella, pues era capaz de manipular a voluntad una parte de su naturaleza sin que ella pudiera evitarlo.
¡Tú eres un monstruo! dijo Angélica, realmente enojada.
Pero David simplemente rió y la liberó de su fuerte abrazo, dejándola temblorosa y jadeante. Se retiró con paso firme hacia la puerta de la terraza, la abrió y se reincorporó a la fiesta.
Angélica se quedó estupefacta sin saber qué hacer o qué pensar, pero rápidamente se puso a recomponer su vestido y su peinado, para que no se le viera en ese estado. Mientras trataba de dar forma a su cabello buscaba alguna explicación de lo que había sucedido en su cuerpo y su mente como para permitir que él llegar tan lejos, y lo peor de todo es que le había gustado.
Cuando volvió al salón, Angélica buscó a Paula y con toda franqueza le relató lo que había pasado.
¡Toma! dijo Paula, ofreciendo a su amiga una copa de vino bebe y olvídate de esas cosas.
¡Qué te pasa!... ¡Te acabo de decir que el tipo prácticamente me violó!
Bueno... al menos puedes enorgullecerte que le hayas interesado dijo Paula con un guiño picaresco muchas quisieran presumir de eso.
¡No puedo creer lo que estoy escuchando!
Yo te advertí que era un tipo extraño; alguien muy especial. Fuiste tú la que se empeñó en ser presentada. David es bien conocido aquí y se le considera muy poderoso; nadie se atrevería a retarlo. Considérate afortunada de no haya pasado algo peor.
¡Cómo es posible que me digas eso Paula!
Mira, esto es algo serio, no es como los juegos que hacíamos en la secundaria. Si quieres mí consejo, olvídate de esto. dijo Paula con un aire en el semblante que Angélica nunca le había visto.
Angélica miró a su alrededor como para buscar a quien pudiera comprenderla; se sentía desprotegida, solitaria en medio de esta pequeña multitud. David estaba en el centro del salón, parado bajo el gran candil, por lo que resaltaba sobre los demás; estaba rodeado por sus dos chicas y por dos hombres jóvenes. El pequeño grupo era el centro de atención. En algún momento, David hizo un comentario y una de las chicas se volvió para mirar a Angélica, riendo.
Tal vez tenga a todos atemorizados... dijo Angélica, más bien para sí misma, pues Paula estaba distraída pero mí nombre no se va a sumar a la lista de sus víctimas, que seguramente es muy larga.
Antes de que Paula pudiera intervenir, Angélica se colocó en el grupo de David. Monsieur Cohen: usted no sólo es un machista consumado, sino un animal que parece feroz, pero que resulta ridículo y aburrido.
Él solamente esbozó una sonrisa, como si le hubiera hecho un comentario sobre la música de la fiesta. Era tal su cinismo que ni siquiera se había arreglado la ropa. Para no arriesgarse a un comentario que pudiera someterla a la burla, Angélica se dio la vuelta y se encaminó a la puerta de salida. ¡Necesito un taxi! dijo apuradamente al mayordomo.
Pardon mademoiselle, pero desde aquí no se pueden solicitar dijo el hombre en tono de disculpa.
Angélica no dijo nada, solamente se colocó el abrigo y salió. Caminaré hasta París si es necesario pensó.
Ella se encaminó por la carretera vecina con rumbo a la autopista. A esa hora de la noche no circulaba nadie por ahí, pero de todas maneras ella tomó la decisión de no pedir una dejada, en caso de que pasara un auto, sino solamente parar un taxi, si se diera la remota oportunidad de que pasara uno y estuviera libre.
Aquel camino estrecho tenía una pobre iluminación, sólo una luz mortecina y amarillenta que provenía de unos arbotantes que estaban esparcidos a más de trescientos metros uno de otro, calculó ella; al rebasar cada farola,
Angélica se enfrentaba con la oscuridad y sólo se guiaba con la textura del
camino por el punto de luz que emanaba del próximo arbotante, que cada vez le parecía más lejano. Angélica sentía un miedo creciente, el silencio era aterrador y sólo se escuchaba el crujir de la arena de la acotación del camino por donde marchaba. Ella se animaba pensando que al llegar a la autopista estaría más tranquila y seguramente encontraría un taxi o algún lugar desde donde pedirlo por teléfono. Pero en algunos momentos también pensaba que aquello era una locura y más valía regresa al castillo y esperar a que alguien se fuera de la fiesta para pedirle una dejada. La caminata podía muy bien durar toda la noche y con sus zapatos de fiesta ella no podría soportarlo, de hecho ya le dolían los pies.De pronto sintió que se acercaba un coche a sus espaldas, y a pesar de su determinación de no hacerlo, se detuvo y preparó el dedo para pedir una dejada, pensando que el trayecto era demasiado largo y más tarde la probabilidad de que pasara un auto era menor. Así que levantó el dedo e incluso sonrió mientras el auto bajaba su velocidad y finalmente se detenía junto a ella. El conductor del Mercedez dorado se inclinó sobre el asiento de al lado y bajó el vidrio de la ventanilla; era David Cohen.
¡Súbete! dijo él.
¡Jamás! dijo Angélica, y siguió caminando.
David manejó a su lado, gritando desde su asiento:
¡No seas estúpida!, París está muy lejos. Sube, yo te llevaré.
Angélica se detuvo y se acercó a la ventanilla semiabierta.
¡Vaya que eres un cínico!... Hace un rato intentabas violarme y ahora crees que yo soy tan imbécil como para subirme a tu coche... ¡Tú estás loco! terminó diciendo en voz muy alta y de inmediato reanudó su camino.
¿Violarte?... ¡No seas exagerada! Fue mucho menos que eso; además yo tuve la impresión de que tú cooperabas, y también sentí que te gustaba... ¿no es cierto?
Angélica no respondió, en vez de ello hizo un gesto de desprecio y siguió caminado.
Mademoiselle Coss... Angélica... ¡sube al auto! Yo no soy un demonio. ¡Vamos!; te llevaré a París y tú estarás segura y contenta. Digamos que te ofrezco una tregua.
Ella no se molestó en contestar.
Ya me estoy cansando dijo David te daré una última oportunidad... y para que recapacites te informaré que ésta zona está llena de lobos; ha sido un crudo invierno y ellos están hambrientos. La semana pasada mataron a un chico aquí cerca, y se lo comieron íntegro; solamente dejaron algunos huesos regados por el campo; no te imaginas lo que son capaces de hacer.
Ésta información produjo escalofríos a Angélica, pero ella no daba señales de miedo.
¡El único lobo que anda por aquí eres tú!
David aceleró con un chirriar de llantas y Angélica sintió que se quedaba parada mientras miraba cómo las luces rojas avanzaban con gran velocidad, hasta desaparecer completamente en una curva. La noche era fría y comenzó a soplar el viento, por lo que ella cerró lo más que pudo su abrigo y cruzó sus brazos sobre el pecho para concentrar su calor. A pesar del cansancio, caminó con mayor rapidez para generar mayor energía; por encima de ella, la bóveda del firmamento se habría inmensa, tachonada de estrellas y con luna llena; pero al frente, muy a lo lejos, el aire se volvía opaco, indicando que ahí se encontraba la gran ciudad. A los lados de aquel camino existían campos de labor, ella los había contemplado al venir, pero ahora el campo permanecía en la penumbra. De pronto vislumbró a su derecha dos pequeñas luces rojizas que rápidamente desaparecieron; pero unos instantes después volvieron a aparecer, moviéndose ligeramente de arriba hacia abajo; ella sintió que otras lucecillas brillaban cerca de aquéllas, pero pensó que era más su imaginación que la realidad; sin embargo estaba asustada, preguntándose que serían esos pequeños puntos brillantes.
La respuesta no se hizo esperar: Angélica estaba en una zona oscura, pero bajo el arbotante que se encontraba a unos cien metros de ella; se distinguía claramente la figura de un lobo, aparentemente muy grande, que trotaba en círculos bajo la luz. Ella se detuvo, pues las piernas le temblaban; se encontraba al borde de un ataque de pánico y no sabía qué hacer, lo único que deseaba con todas sus fuerzas era que un auto pasara por ahí. Pensó que lo único prudente que podía hacer en esas circunstancias era regresar a la zona iluminada anterior para alejarse de aquel animal y tener mayor visibilidad, así que se dio la vuelta y caminó lentamente, tratando de no hacer ruido; pero a medida que avanzaba escuchó ruidos extraños entre la maleza e incluso le pareció ver otros pares de ojos brillando en la penumbra. Un poco adelante se distinguía la figura de un tronco caído sobre la grava, lo que no era un gran refugio, pero le dio una ligera sensación de alivio por lo que se atrevió a correr hacia allá, pero sus zapatos de fiesta entorpecían su carrera, por lo que prefirió quitárselos y llevar uno en cada mano, pensando que los puntiagudos tacones podrían servir de armas. El árbol caído estaba prácticamente bajo la luz de la farola; por lo menos aquí podría ver a los lobos, lo que no tardó en suceder, pues unos minutos después apareció el primero: el animal se fue acercando con taimada prudencia hasta unos cuantos metros de distancia y ahí se echó, hasta que detrás de él aparecieron otros tres lobos que permanecieron de pie, apenas detrás de quien evidentemente era su líder. Una gota de sudor helado corrió por la espalda de Angélica, quien nunca había experimentado aquel miedo especial que se produce ante la posibilidad de ser devorada por otros seres vivos. Ella no pensaba, solamente sentía la horrenda convicción de encontrarse en condición de presa frente a este grupo de auténticos depredadores.
Paralizada por el miedo, Angélica no podía correr, pero tampoco lo consideraba prudente, pues eso hubiera dado lugar al inicio de la cacería. Uno de los lobos comenzó a acercarse lentamente; era un animal grande, pero muy flaco, evidentemente hambriento; se detuvo a un par de metros de distancia y gruñó hacia ella, mostrando su aguzada dentadura; Angélica pensó que el ataque era inminente e intentó retroceder un poco para colocarse detrás del árbol caído, pero se topó con una presencia detrás de ella, por lo que quiso gritar, pero una mano tapó su boca, impidiendo el sonido.
¡Silencio! le dijo David Cohen al oído, tomándola de la cintura y poniéndose a su lado para enfrentar a los lobos. ¡No te muevas ni hagas ruido! dijo David en un susurro toma esa rama que está suelta y arrójala con fuerza hacia el suelo, delante de ti.
¡Eso es idiota! Esa es la única arma que tenemos y...
¡Haz lo que te digo!
Angélica no tuvo más remedio que obedecer, el sonido de la madera contra el asfalto fue sordo, pero muy penetrante en el silencio de la noche.
El lobo más cercano salió corriendo y los demás retrocedieron un poco, tomando nuevas posiciones. David tomó a Angélica de la cintura y la atrajo fuertemente hacia sí, mirando intensamente hacia el lobo que dirigía al grupo.
¡Yo creo que nos han rodeado! dijo Angélica.
¡No hables!
Tal vez pasaron unos instantes solamente, pero a Angélica le parecieron varios minutos; finalmente él dijo, en un tono hipnótico:
¡Toda fuerza debe responder a la seducción y someterse a un poder superior!
Angélica se volvió para mirar a David directamente a los ojos y no percibió en ellos ni una mínima señal de miedo y, en contrario, una forma de energía que se manifestaba en una extraña luminosidad. Ella miró hacia el lobo dominante y sintió que el animal estaba profundamente influenciado por la fuerza de la mirada de David.
De pronto el lobo se levantó y volvió la cabeza hacia un lado, como renunciando al contacto con la mirada de David, giró sobre sí mismo y comenzó a trotar lentamente con rumbo a la oscuridad de la maleza, seguido por sus compañeros y súbditos.
David volvió la mirada hacia Angélica; sus ojos vibraban como las estrellas y todo el semblante suyo irradiaba una forma de poder que no se podía enfrentar, por lo que Angélica comprendió que David era un ser que podía obtener todo lo que quería. Eso es lo que Paula trataba de decirme... pensaba Angélica.
Ella intentó zafarse del brazo de David, pero él se lo impidió diciendo:
¿Ahora sí aceptarás la dejada que te ofrezco?
¿Tengo otra alternativa? respondió Angélica, jugando nerviosamente con los abalorios de su collar.
¡Claro que puedes elegir!... los lobos o yo... dijo David riendo, al tiempo que comenzaba a caminar hacia su auto, conduciendo a Angélica de la cintura.
Durante los veinte minutos que duró el trayecto hasta París, ninguno de los dos habló y ni siquiera se volvió a mirar al otro. Cuando David se estacionó delante del hotel de Angélica, ella desabrochó el cinturón de seguridad y dijo tímidamente:
Gracias por la dejada.
Él no se volvió para verla, simplemente dijo:
Vendré por ti para cenar mañana, a las ocho.
No... en realidad, creo que no sería conveniente.
Si tengo que insistir lo haré. Yo sé que estás enojada conmigo y quiero cambiar ese sentimiento, no me gusta eso.
Bueno, salvar mí vida ya fue suficiente disculpa, olvidemos todo aquello.
Quiero que vistas de negro para nuestra cita de mañana, el restaurante es pequeño y elegante. Además de que el negro te va muy bien, no lo olvides.
Finalmente Angélica pudo bajarse del coche, y en su trayecto hacia la entrada del hotel dijo para sí misma: Monsieur Cohen, usted no me volverá a ver jamás.
Capítulo 3
Tú eres un tipo raro... dijo Angélica a David la siguiente noche, en el restaurante Le Petit Oiseau de Nuit, donde fueron a cenar.
Tú no eres menos rara que yo. replicó él, mirándola por encima de la carta-menú. Durante toda la mañana y buena parte de la tarde, Angélica había estado metida en un fuerte debate consigo misma, y varias veces había decidido con toda firmeza el no asistir a la cita, pero casi sin pensarlo se había puesto su vestido negro de buena marca, su collar de cuentas de cristal negro y sus tacones, y a las ocho en punto se encontraba instalada en un sillón del lobby, cerca de la entrada del hotel.
David se presentó con toda puntualidad, portando un ramo de rosas de tallo largo y tan rojas que el tono llegaba al púrpura. En el camino hacia el restaurante, él no había dejado de ponderar la belleza y elegancia de Angélica. Ya instalados en una mesa del pequeño y exclusivo lugar, David pidió el vino; blanco para ella y tinto para él. David jugaba con su copa frente a la luz de la vela, como estudiando su textura y transparencia; aunque en realidad su mirada traspasaba la copa y se posaba en los ojos de Angélica.
Eres una chica muy fuerte; tienes una gran resistencia dijo David, dejando a un lado la copa sin probar el vino eso me encanta en una mujer; la mayoría son demasiado tímidas.
Esa opinión me halaga; pero no es correcto generalizar.
Bueno, yo hablo de mí experiencia con las mujeres, y yo llevo un buen
trecho recorrido en ese terreno, más de lo que tú puedas imaginar.Angélica sonrió ampliamente, en una actitud que a ella misma le extrañaba; se sentía más allá de la prudencia; aunque se encontraba a gusto en este espíritu abierto y desprejuiciado.
Las mujeres jóvenes no se conocen a sí mismas tan a fondo como las mayores; ellas piden poco de los hombres, ellas no demandan fidelidad, por ejemplo dijo Angélica, apurando hasta la última gota de su vino. Por supuesto, ella no podía considerar que a sus veintisiete años la convertían en una mujer mayor; pero ella, casi sin proponérselo, se estaba comparando con las jovencitas que había visto junto a David en la fiesta, quienes apenas habían llegado a la pubertad. Curiosamente, David se mostró disgustado por ese comentario de Angélica.
¿Así que tú me ves como un animal depredador?... Yo soy un hombre al que le gustan las muchachitas porque es fácil controlarlas, ¿no es cierto? Para ti soy un narcisista engreído, incapaz de aceptar el reto de relacionarse con una verdadera mujer.
En vez de contestarle, Angélica presentó su copa para que se la volviera a llenar, lo que hizo David con un gesto de caballerosidad. Como estaban sentados uno frente al otro, David movió su silla para acercarse a Angélica y con gentileza retiró la copa de la mano y la colocó sobre la mesa, después tomó su barbilla para mirarla de frente y acercar sus labios. El beso fue delicado, pero también estaba lleno de pasión, el brazo de David rodeaba los hombros con fuerza y su mano libre comenzó a explorar bajo la falda, lo que a ella le inquietó mucho, pues aunque la mesa estaba adornada con un largo mantel, aquel era un lugar público, por lo que Angélica trató de romper el asedio, lo que fue favorecido por la llegada del mesero que traía la cena y los miraba con un aire divertido. Sin embargo, David no suspendió completamente sus manejos eróticos, pues logró deslizar su mano por detrás del cuello de Angélica y bajo el vestido, hasta posesionarse de uno de sus pezones con dos ágiles dedos. Angélica, avergonzada, luchaba por zafarse, o por lo menos que no se notara aquello. El mesero pareció tardarse más de lo normal, pero finalmente se retiró, con lo que David redobló sus manipulaciones sobre el cuerpo trémulo de Angélica. La besó largamente, mientras sus dedos jugaban amablemente con el pezón enhiesto.
Finalmente Angélica se las arregló para liberar por lo menos su boca.
¡Deja ya!... estamos en un restaurante ¡por Dios!
Riendo abiertamente, David se reinstaló en su asiento; con aquella risa,
Angélica volvió a notar el peculiar tamaño de los dientes incisivos de David.
Si me lo pides por Dios, déjame decirte que él no es precisamente mí amigo; sin embargo yo puedo transportarte al cielo, si tú quieres; pero por lo menos recuerda que ahora estás en París, la ciudad del encanto y la sensualidad; así que relájate y simplemente disfruta. dijo David, acercándose para besarla con delicadeza.
El mesero había servido un solo plato, frente a Angélica, con lonjas de ternera en salsa dijon, guarnecidas con verduras al vapor.
¿No vas a comer?
Tal vez, después; comienza tú. respondió David.
El platillo estaba delicioso; aunque Angélica se sentía incómoda comiendo frente a David, quien no le quitaba la vista de encima, por lo que terminó muy rápido y tomó más vino, dándose cuenta que David solamente jugaba con su copa de vino tinto, pero no había bebido ni un sorbo.
Paula me contó que tú eres un experto en ciencias ocultas dijo Angélica, notando un brillo especial en la mirada de David, por lo que ella pensó que le había divertido su comentario Por favor no te rías, pero tengo que contarte que estoy haciendo mi tesis sobre los vampiros.
No te preocupes, no voy a burlarme de eso; al contrario, me parece un tema fascinante.
Existe un autor muy interesante dijo Angélica él fue un ministro protestante y después se hizo sacerdote católico; se llamaba Montague Summers. Es poco probable que tú lo conozcas, pues sus libros son muy raros ahora. El publicó dos volúmenes a finales de los años veinte, en los que se trata con gran profundidad el tema de los vampiros. Seguramente tú no conoces esos libros.
Uno nunca sabe. dijo David, distraído con el juego de la luz sobre el vino de su copa.
Bueno, en realidad mí tesis se fundamenta en los libros de Summers, pero precisamente para refutar sus teorías, tratando de probar que los vampiros son un mito, que nunca han existido.
Eso no es difícil, la mayoría de la gente no cree en los vampiros.
Sin embargo, hay mucha gente que sí cree replicó Angélica por eso
se debe combatir esa leyenda desde un punto de vista serio, académico. ¿Y por qué te interesa tanto destruir ese mito? dijo David, dejando por fin su copa sobre la mesa y mirando a Angélica con una actitud seria.
No estoy muy segura... respondió Angélica, mirando pensativa hacia un lado. Al volverse de nuevo hacia David, ella pensó que el vino ya estaba haciendo su efecto, pues ahora le parecía que la imagen de David era demasiado bella; su cuerpo era muy armónico y viril, absolutamente masculino, y sus ojos parecían dos amatistas pulidas De lo único que estoy segura es de que esto es mucho más que un pasatiempo para mí. replicó, tratando de concentrarse en su pensamiento y no en los ojos de David A mí siempre me han fascinado las ciencias ocultas; desde muy pequeña me aficioné a las historias de vampiros, leyendo todo lo que caía en mis manos y viendo películas, lo que siempre me ha producido una rara sensación, como de excitación o sensualidad. Te diré un secreto: cuando veo una película de vampiros, me nace la fantasía de ser yo misma uno de ellos; pero no uno cualquiera, sino un ser muy importante, como la novia de Drácula, o algo así.
Pero tú no crees en la existencia de los vampiros.
No, en absoluto.
¿Y por qué estás tan segura?
Porque yo tengo mucha información, he investigado a fondo y hasta he realizado los conjuros y las formas correctas para que se hagan presentes.
Si los vampiros fueran reales, ya hubiera encontrado alguno, o al menos tendría pruebas firmes y seguras de su existencia.
Hay cierta lógica en eso... dijo él, mirando con intensidad a Angélica, claramente cautivado por ella.
Angélica no podía dejar de admirar a su interlocutor; las líneas de su rostro eran perfectas y su piel demasiado viva y lozana. Ella luchaba contra el deseo imperioso de acercarse y tocarlo, acariciarlo.
¿Y si yo te revelara un secreto mío? dijo David por ejemplo... que yo soy un vampiro... ¿qué pensarías?
Angélica sonrió ampliamente y se puso a jugar con su collar de abalorios de cristal negro.
Pensaría que te estás haciendo el interesante jugando al misterio, y me encantaría seguirte el juego.
Capítulo 4
De regreso al hotel, David acompañó a Angélica a su habitación.
No quiero que entres a mí cuarto... dijo ella, colocándose frente a la puerta semiabierta; él la miro con un aire divertido, como si estuviera delante de una niña que dice una obvia mentira; con suavidad empujó la puerta para abrirla por completo y con un gesto elegante le indicó que entrara, lo que ella obedeció sin protestar, mientras él entraba también.
Mira, dijo Angélica realmente no... pero ya un beso le sellaba los labios.
Sin dejar de besarla, la tomó de la cintura y la levantó en vilo, colocándola contra la pared, haciendo que el contacto y el beso alcanzaran el nivel de la pasión; con la mano izquierda levantó su falda por encima de las caderas y ágilmente deslizó las panties de Angélica hasta el suelo. Ella no había tenido tiempo de encender las luces, pero la puerta seguía abierta y por ahí se colaba la luz del pasillo... Tal vez fue mucho el vino... pensó
Angélica, mientras se perdía en la visión de los ojos de David, que ahora parecían encendidos por un gran fuego interior, mientras con una mano acariciaba los labios húmedos de la vulva de Angélica y con la otra bajaba lentamente el cierre, con lo que el vestido cayó hasta el suelo... entonces los labios de David se posesionaron de uno de los pezones, con lo que el cuerpo de ella se erizó de placer, como si una corriente eléctrica la inundara por completo; Las piernas le temblaban y sintió que no podría permanecer parada por mucho tiempo... Tal vez se perdió en un estado de inconciencia pasajera, pues de pronto se encontró en la recámara y sobre la cama, totalmente desnuda y admirando el cuerpo de David, quien ya solamente vestía su reloj de oro, que brillaba en la oscuridad. De pronto sintió que el cuerpo de él la cubría completamente y era como un sueño delicioso que se mezclaba con los sonidos y los aromas de Montparnasse, que se filtraban por las hendiduras de la ventana y llenaban la habitación que permanecía en una suave penumbra, solamente matizada por la luna nueva y las luces de París.Los labios de David no dejaban de presionar y ella abría los suyos para permitir el juego de la ardiente lengua dentro de su boca. Angélica sentía cada uno de los músculos de David como si fueran el complemento justo de los suyos; ambos en gran tensión, como animales salvajes a punto de aparearse, degustando sus cuerpos con la lengua y embelesados con la aromática humedad de sus íntimas ofrendas.
Ambos estaban en el momento del éxtasis cuando él la penetró; o más bien debiera decirse que fue ella la que entró en él, pues Angélica se colocó encima de él, meciéndose con el ritmo de un placer intenso y mirando aquel rostro hermoso y pálido que en algunos momentos le parecía más bien una invención de su fantasía, una elaboración de sus propios anhelos, como si fuera un sueño erótico.
En algún momento, y casi sin proponérselo, cambiaron de posición, y entonces él se colocó encima y la penetró lentamente, profundamente; todo en él era sólido y pesado, más de lo que ella hubiera podido imaginar.
David la besaba con una pasión que ella no había sentido nunca, su boca capturaba la de ella de una manera absoluta, como fundiéndose en una sola y todo su cuerpo se movía con un ritmo frenético que conducía a los extremos del placer, en un momento, los labios de David dejaron los de ella y se posaron en su cuello, succionando de una manera irresistible.
Angélica se entregó por completo al placer que todo aquello le causaba, deseando el abrazo de David por sobre todas las cosas, de una manera que ella no podía comprender, pero tampoco quería pensar, solamente sentir más y más, dejando que él controlara su cuerpo y su mente, llevándola hasta donde él quisiera, hasta el éxtasis. De pronto Angélica comenzó a pronunciar el nombre de él, primero con un susurro y después con un grito, cuando él rompió todos los diques y penetró hasta las recónditas profundidades de Angélica, llenando su imaginación, inundándola por completo.
Capítulo 5
¿Y ahora qué? preguntó Angélica. Ambos permanecían acostados uno al lado del otro y de costado, mirándose mutuamente. Para Angélica aquella había sido una noche realmente mágica; pero pronto saldría el sol, y en la intuición de ella aparecía una cierta inquietud, como si el advenimiento de la luz fuera el término o la conclusión de aquel sueño.
Quédate aquí, en París. dijo David, pasando su mano por el contorno del cuerpo de Angélica, como dibujándolo.
Es poco el tiempo que podría quedarme replicó Angélica este hotel es muy caro para mí.
Ven a vivir conmigo; ahora mismo haremos tus maletas e iremos a mí casa.
¿Tú duermes en un ataúd?
¿Por qué preguntas eso? dijo David, con un dejo de disgusto.
Bueno, los vampiros duermen en ataúdes, ¿no?; por lo menos esa es la tradición.
Él la miró con extrañeza, como alguien que despierta súbitamente de un largo sueño.
¿Entonces, tú ya sabías?...
Paula me lo dijo. Tú mismo dijiste que tienes una reputación... claro que yo seguía teniendo mis dudas.
¿Y no tienes miedo de mí?
¿Por qué habría de tenerlo?... Tú me vas a ofrecer la inmortalidad, ¿no es cierto?
David parecía desconcertado.
La verdad es que no había pensado en eso.
¡Y por qué no! ¿Acaso no te encuentras solo?
No completamente, no del todo. replicó David en forma balbuciente, mientras se ponía su camisa y comenzaba a abotonarla con nerviosa rapidez.
Pero seguramente tú necesitas compañía, ¿no es cierto?... todo mundo necesita un compañero... Además, tú ya me haz mordido... dijo Angélica, tocando las pequeñas incisiones que habían quedado en su garganta Si me dejas que beba un poco de tu sangre, ya todo estará hecho.
David suspendió bruscamente la botonadura de su camisa y se volvió hacia
Angélica con una mueca de violento malestar. Tengo la sensación de que tú me has usado para tus propios fines. Me siento engañado.
¿Yo usarte a ti?... ¡Vamos!... ¡La víctima soy yo!
Pues no lo parece replicó David, molesto Esto es muy raro... tú lo planeaste todo, ¿no es cierto?
¡Por supuesto!; y además estoy bien provista con mí cruz y una buena estaca. He dejado una carta que será abierta por la policía en caso de que yo desaparezca y en esa carta se te involucra en mí posible desaparición, dando todas tus señas. Y por si fuera poco, he moldeado un muñeco en cobre que se parece mucho a ti y contiene cabellos tuyos que fueron recolectados por Paula; ella piensa que el muñeco es una obra maestra y seguramente funcionará perfectamente bien el conjuro. Pero no te preocupes dijo Angélica sonriendo no será necesario usar nada de eso si me cumples este pequeño capricho; se trata solamente de que yo me convierta en vampiro, termine mi tesis y pasemos juntos el resto de eternidad que nos quede por vivir. ¿Qué te parece?
David parecía desconcertado y se mesaba la cabeza como tratando de contener la explosión de su cerebro. Pero si tú sabías que yo era un vampiro, entonces realmente crees en nuestra existencia. Así que la tesis tuya resultará falsa, ¿para qué escribirla?
Pues es conveniente hacerlo, pues así nadie sospechará que yo también soy vampiro, si soy una detractora de ellos, si afirmo que sólo es una leyenda.
¡Eso es completamente absurdo!... Tú eres más extraña de lo que imaginaba dijo David en un tono reflexivo, pero de pronto sus ojos se incendiaron de furia. ¡No dejaré que juegues conmigo! Yo nunca he aceptado el chantaje. ¡Yo no voy a transformarte!; seguirás siendo humana.
¡Ni lo pienses! De cualquier manera ya lo has hecho, pues yo he bebido un poco de tu sangre.
¿¡Qué!?
Sí, ni siquiera te diste cuente, ¿verdad?; pero yo mordí suavemente tu pene; estaba muy excitado.
El rostro de David se tornó más pálido de lo usual y se dejó caer en el sillón de la recámara.
Seguramente ya estoy muerto y me encuentro en el infierno. ¡Tú eres Satanás en un cuerpo de sirena!
Angélica soltó una carcajada y se arrodilló delante de David, tomando cariñosamente una de sus manos y acariciándola.
¡Vamos!, Después de todo no se trata de algo tan malo, ¿verdad?
Tendrás una buena alumna a quien enseñarle todo lo que sabes acerca de la muerte viva; y yo también puedo enseñarte algunas cosas de las ciencias ocultas que tú seguramente desconoces. Como estaremos juntos por toda la eternidad, tendremos grandes cantidades de sexo.
Él la miró con un toque de enojo, pero también de melancolía.
La eternidad es demasiado tiempo para pasarla con una sola mujer.
Angélica se sentó en sus piernas y comenzó a acariciarle el rostro como para consolarlo. ¡Mí querido David! Yo no soy una mujer ordinaria; estoy segura de que ya te has dado cuenta de ello.
Sólo hasta entonces David percibió que las cuentas del collar que Angélica portaba en el cuello estaban unidas por pequeñísimas alas de murciélago talladas en cobre y que durante el acto del amor ella lo había colocado en su cuello y en el de ella, a manera de enlace entre dos seres que de ahora en adelante tendrían que permanecer juntos para siempre.
por THE ANGEL OF DARKNESS
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