La delgada línea roja del tanga (I)
 por Alatriste
La sala de ejercicios del gimnasio tiene un gran espejo que ocupa toda una pared. Las otras paredes están equipadas por espalderas de madera que suben desde el suelo hasta el techo. En un rincón de la sala hay una escalera que viene de la planta inferior donde se encuentra el resto de las instalaciones del destartalado gimnasio. El olor a sudor y  a "gel" se mezcla en el ambiente. Dos grandes altavoces en los extremos del espejo atronan con una música rítmica y sincopada. Doce personas con atuendo deportivo se mueven mientras se observan en el espejo. Entre ellos esta Enrique, el protagonista de esta historia. Mirando a la profesora, Enrique intenta imitarla para no perder el ritmo. A la izquierda de él y a un par de metros más adelante esta una joven que le ha robado la atención. Desde atrás solo le ve  un cuerpo bien dibujado por una indumentaria elegante y desenfada. Camiseta y pantalón largo de deportes. Su media melena de pelo alborotado cae hasta sus hombros. Unas piernas torneadas y un culo respingón acaban de perfilar su buena forma física.
 
Enrique cada día la busca en el gran espejo. Allí esta ella brillando más que el resto, con su camiseta de color pistacho y unos pantalones negros ceñidos de algodón que se acaban antes de llegar a los tobillos. Siempre la sonrisa en su rostro. Allí esta brillando más que nadie, o así le parecía a Enrique. Tenía una luz interior que la hacía destacar en aquel espejo.

Hoy Enrique ha descubierto el enigma,  ella siempre se sitúa bajo una pantalla de fluorescentes que hay en el techo de la sala,  con lo que la luz cenital  dibuja y alegra sus contornos. Sus pechos proyectan una sombra sobre el estomago que realza su talle. Sus muslos marcados bajo el pantalón. Su entrepierna abultada y apretada insinuaba un sexo carnoso. A él le gusta mirarla desde su posición, la puede ver por detrás y por delante con entera facilidad. Se mueve con elegancia natural y con mucha sensualidad. En cada acción acaricia el aire que la rodea.  Enrique sólo tiene ojos para la profesora y para su excitante compañera de esfuerzos. El resto de personas que se mueven en la sala, no destacan del entorno gris y anodino.
 

No es casual que ella día tras día se sitúa bajo aquella luz. Le gusta  observarse en el espejo, es evidente que es una “niña” coqueta y presumida. Cada vez que ella recoloca la cintura de su pantalón. Enrique le sigue con la mirada. En un leve movimiento con los dedos alinea en horizontal el elástico del pantalón, dejando ver la tira delgada de su tanga. Unos días, negro, otros fucsia o rojo. Siempre la misma operación, y siempre el mismo resultado. La fina tira del tanga queda por encima de la cintura del pantalón. Enrique se excita solo de imaginar como se hunde el resto del tanga en el culo.
 

Hoy ella busca con su mirada a  Enrique en el espejo. Después procede  a colocar en el final de su espalda la cintura del pantalón y el tanga. Seguro que ella ha descubierto el inicio de la erección que provoca cada día a Enrique. Entre música, sudor y ejercicio ambos se excitan. La piel de ella se eriza solo de sentirse observada. Los pezones le duelen presionados bajo el sujetador deportivo.

Acaba la clase, extenuados todos se retiran de la sala, la mayoría se van a los vestuarios, Enrique la sigue a cierta distancia por el pasillo mientras la oye decir a una compañera.

- No me esperes, voy hacer máquinas, tengo que trabajarme los pectorales y los muslos
 
 

Enrique va detrás de ella. A esa hora queda poca gente en la sala de musculación. Ella se sienta en una maquina con los pies juntos, la espalda pegada al respaldo y los brazos dibujando una L mueven dos barras situadas por encima de la cabeza  se apartan lateralmente. Empieza a trabajar los hombros y los pectorales. Enrique levanta  pesas en un rincón de la sala sin perder detalle. Miradas indirectas que se cruzan, se buscan y se rehuyen. Cada vez que ella separa los brazos  los pechos alcanzan todo su esplendor. Al separar con esfuerzo los brazos el semblante se tensa. El mecanismo de poleas sube por la barra de la maquina las pesas que ella misma se ha puesto como resistencia. El cansancio se apodera de ella. Bajo sus pechos dos manchas de sudor se dibujan en la camiseta y aumentan de tamaño por momentos.  Enrique deja de hacer pesas para situarse sobre una colchoneta ante una de las maquinas de abductores. Ella no tarda en deja la máquina de hombros y se sienta en la máquina próxima a él.

La maquina de abductores es un asiento acolchado con respaldo y las piernas se sitúan abiertas con la parte interna de las rodillas presionando los brazos acolchados. El ejercicio obliga a vencer la resistencia de la maquina e intentar cerrar las piernas. Las manos se agarran a los lados del asiento. La tendencia de la máquina es dejar  las piernas abiertas.

Ella empieza a hacer fuerza con sus piernas intentando juntar los brazos acolchados de la máquina presionando con los laterales de las rodillas. Cuando no puede más se deja ir, y la inercia y la fuerza de la maquina le separa exageradamente las piernas. Enrique la observa. El espectáculo esta servido. El pantalón se ciñe aun más a su cuerpo como un guante. Dibuja un vientre plano y  un ligero abultamiento de su sexo... Se agarra fuerte con sus  manos a la máquina y vuelve a cerrar las piernas y tras unos segundos de esfuerzo se deja vencer de nuevo. Reduce el peso de los bloques de hierro que hacen de contrapeso, dejándolo en 15 kilos. Prueba de nuevo. Y el movimiento es más fluido. Enrique empieza a hacer flexiones aguantándose solo por las punteras de sus pies y las palmas abiertas de sus manos. Sube y baja sin dejar de mirarla. Ella le sonríe, ve como se incorpora y desciende. El culo de apretado de Enrique sube y baja en cada flexión. Los dos sin darse cuenta inician un movimiento singular. Cuando ella abre sus piernas él baja su cuerpo hasta tocar la colchoneta. Cuando ella cierra sus piernas, él sube. Y así empiezan una carrera desenfrenada. Enrique no se rinde y aguanta el reto. Los dos en sus movimientos se acompasan. En sus mentes se acoplan. Van cambiando el semblante.  Se miran con sonrisas, con seriedad  y con cara de esfuerzo en un baile que les hace aumentar la excitación. Ella aumenta el ritmo y él la sigue acompasado. El sudor se adueña de los dos. Ella empieza a contar en voz alta:

45….46….47….49….50…51….

Él la acompaña:

52….53….54….55….

Los dos a la vez:

56….. 57…….58……59   y …. …. 60 !!!!!

Los dos se dejan caer rendidos. Intentan recuperar el aliento mientras el sudor discurre por sus sienes. Él sobre la colchoneta sintiendo palpitar su miembro erecto. Y ella abierta de piernas vencida por la maquina… también excitada… Sus pezones erectos la delatan. Sus pómulos enrojecidos, su respiración entre cortada.

Uff…ha estado bien….

Si,  tiene muy buena pinta… jejeje    Me ha gustado compartir el ejercicio contigo, parecía que hacíamos otra cosa…

¿Así? ..¿Él que?  …le pregunta ella sonriendo.

Algo de mucho esfuerzo y placer….

Ella se levanta y se va hacia la salida de la sala.

Necesito una ducha…..me ha subido la temperatura

Yo también necesitare una ducha y algo más.

Momentos después los dos están bajo el agua, dejando que el chorro de la ducha tibia les golpe  la nuca. Él agita con fuerza su miembro. Ella aprieta sus tetas con una mano y con la otra frota su clítoris que continua hinchado. Tensan los cuerpos, cierran los ojos. Aguantan la respiración y se dejan ir…. Los dos se corren... Cada uno en su ducha, cada uno… con su fantasía… los dos se corren… Esto no ha hecho más que empezar.
 

Continuara….

por Alatriste
 

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