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Basado en la vivencia de un gran amigo, el cual, me ha pedido que no desvele su nombre.
(Este relato no es recomendable para aquellas personas que sientan devoción o simpatía por la iglesia católica).
Llevaba ya casi un año y medio en aquel seminario, aunque más que seminario, yo lo llamaría prisión, pues el régimen de disciplina que allí seguíamos era de seguro, muy parecido al que se podía seguir en cualquier cárcel, preparándome para en un futuro no muy lejano ejercer el sacerdocio.Recuerdo todos aquellos días en que nos levantaban a toda prisa a las siete de la mañana para ir a la capilla a rezar, o todas esas largas horas que pasé recluido en aquella repugnante sala de estudio bajo la vigilancia del padre Romero, aquel cura viejo y gruñón que por cualquier cosa te ponía un castigo. Siento que todo aquello queda muy lejos ahora, pero todavía lo recuerdo, no sé si con miedo o con angustia.
La verdad es que no sabía porqué estaba allí, el primer año me hacía cierta ilusión el llegar a ser algún día sacerdote, pero en el transcurso de mi segundo año en el seminario, me di cuenta de que la iglesia no era más que un grupo de hipócritas que intentaban convencernos de que casi todo era pecado.
A mis diecisiete años, edad propensa para la práctica de bastantes pecados, se me hacían muy duros los días sin hacer lo que chicos normales hacían con toda frecuencia.Por ejemplo, el simple hecho de masturbarse, algo que considero lo más natural del mundo, estaba allí muy mal visto, es más, a varios seminaristas que cogieron haciéndose una paja, les sometieron a crueles castigos.
Y yo me preguntaba: ¿acaso ellos no se hacen pajas? ¡Claro que lo hacen!, de algún modo tendrán que saciar esos instintos que todos tenemos. Entonces, ¿para ellos no es pecado? ¿Ellos no van a ir directamente al infierno cuando mueran como dicen que nos va a pasar a nosotros si hacemos esas cosas? Posiblemente el alma de muchas personas relacionadas con la iglesia arda ahora en el infierno, si es que este existe, cosa que dudo, al igual que dudo que haya un cielo donde van las personas que han dado su vida por el señor y no han vivido en pecado.
Con reflexiones como aquella empecé a cogerle asco a la iglesia y a todo su entorno, así que decidí hacer cosas que estuvieran mal vistas para ver si me expulsaban de allí, aunque ello considerase un golpe duro para mis padres, que eran bastante creyentes, y lograr con ello volver a mi pueblo, a meterle mano a las chicas cuando salía con mis amigos los sábados, a probar los porros a escondidas y a beber ron en los botellones como todo el mundo.
Cierto día, al llegar de clase a mi cuarto para soltar mis cosas, encontré allí a una limpiadora que no había visto nunca. Su edad debía rondar entre los treinta y los treinta y cinco años, era alta, morena, no demasiado delgada, con dos grandes pechos y desprendiendo un olor a mujer que me volvió loco.
-Hola -me dijo-. En seguida acabo.
Yo me limité a asentir con la cabeza, estaba demasiado extasiado con aquella mujer como para poder hablar.-Me llamo Josefa, pero todos me llaman Pepi -continuó hablando. Y voy a sustituir a Conchi, que ya se juvila. Y tú, ¿como te llamas?
-Juan -respondí yo con un hilo de voz-.
-¿Llevas mucho tiempo aquí Juan?
-Este es mi segundo año.
-Entonces aún te quedan algunos -dijo sonriendo-. Vas a estar guapísimo cuando seas cura, ya te imagino con tu sotana. En fin, yo ya me voy, tengo que limpiar las habitaciones de tus compañeros. Pasaré por aquí los martes y los viernes sobre las dos, igual que la anterior limpiadora.
Yo la despedí con la mano. Entré en mi habitación con la esperanza de que algo de su olor se hubiera quedado allí, pero todo fue en vano, solo encontré el apestoso olor a hierbas del maldito ambientador que usaban en todo el seminario.
Los días transcurrían rápidamente y con ellos aumentaba mi malestar. Seguía intentando que me expulsaran, haciendo travesuras como poner una tabla de ouija en mi habitación, leyendo libros obscenos, pero nada, no sé si es que no se daban cuenta o que lo hacían pero pasaban, a lo mejor pensaban que yo era el prototipo de cura para el siglo XXI y perdonaban mis faltas de disciplina.
Solo había algo que me gustaba de ese lugar: Pepi y su olor. Muchos martes y viernes faltaba a la última clase con la excusa de que estaba enfermo para ir a mi cuarto y hablar con ella un rato mientras lo limpiaba.
Pero un miércoles, me puse enfermo de verdad. Cogí unas anginas bastante considerables y me quedé en cama dos días. El viernes el médico del seminario me echó un vistazo y me dijo que ya estaba restablecido y que podía volver a asistir a mis obligaciones, pero yo insistí en que me dolía mucho la cabeza y me dio permiso para estar otro día en cama, aunque en realidad me encontraba divinamente.
Me tumbé en la cama y empecé a leer "La Biblia Satánica" de Anton Lavey. En su lectura me entretuve toda la mañana. A la una y media aproximadamente, oí el carro de la limpieza. ¡Era viernes! Casi se me había olvidado.
Y pensando en Pepi, en su cuerpo, en sus pechos, en su olor, en sus gruesos labios y en sus bellas piernas empecé a tocar mi polla que no tardó en endurecerse.
Entonces una idea apareció en mi mente, algo que me pareció una locura pero que provocó que hasta el corazón se me acelerase:
-¿Qué pasaría si abriera la puerta de mi cuarto cuando oyera cerca a Pepi, me tumbara en mi cama y empezara a hacerme una paja?
A lo mejor, si ella entraba y me veía se ponía cachonda y podría incluso hasta...
No lo pensé más, salté de mi cama y abrí la puerta de par en par.
Miré hacia afuera, pero no la vi, debía estar limpiando alguna habitación cercana. Ya no podía tardar mucho en llegar a la mía.
Me desnudé casi por completo, solo me dejé una camiseta blanca de algodón muy cómoda que usaba siempre para dormir, me unté algo de crema de afeitar por la cara, se me ocurrió que ese olor podía atraerla con más fuerza y me tumbé en la cama boca arriba, con mi pene en su máxima proporción y me limité a esperar. Cuando la erección tendía a remitir, me imaginaba como serían las braguitas de Pepi o qué olor desprenderían sus pechos y mi falo crecía de nuevo.
El tiempo pasaba, y el carrito de la limpieza cada vez se oía más cerca. Yo miraba el reloj de forma insistente, a las tres y cuarto empezarían a llegar todos los demás seminaristas de clase y no podría seguir con aquel juego.
Pero la deseada hora llegó. Poco antes de las dos, el carro de la limpieza se detuvo en mi puerta y Pepi entró. Yo la esperaba tumbado en la cama, masajeando levemente mi polla y con el corazón a mil por hora.
Ella me miró asombrada. Se quedó sin palabras. Supongo que esperaba que yo me sonrojase, pidiera disculpas, dijera que no volvería a pasar y me fuese a la capilla a rogar a Dios el perdón de mis pecados. Pero nada de eso, seguía disfrutando del placer que mis manos me brindaban y pidiéndole a Satanás y a todos los demonios del infierno que se despertaran en ella sus instintos más salvajes y folláramos como lo hacen los animales en celo.
-¡Pero Juan! ¿Qué estás haciendo? -Fue lo primero que se atrevió a decir-.
Yo no respondí nada, de un salto me levanté de la cama, pasé como una exalación a su lado y cerré la puerta con llave. Luego me puse frente a ella, quedando mi polla tiesa a unos veinte centímetros de sus manos.
Ella permaneció quieta también. Parecía que pensaba en algo, me miraba fijamente a los ojos y mantenía silencio. Me dio la impresión de que estaba esperando a que yo me atreviera a dar otro paso, y ya que había llegado hasta allí, no iba a desaprovechar la ocasión.
Puse mis manos en sus hombros, y me fui acercando a ella cada vez más, con pasos casi inperceptibles. Cuando menos lo esperaba, la agarré por la espalda acercándola a mí lo más posible. Ella no oponía ninguna resistencia y eso fue lo que me impulsó a besarla en los labios frenéticamente.
Metí mi lengua en su boca, y ella la aceptó de buen grado. Ambas lenguas juguetearon un rato, mientras yo empecé a quitarle la blusa con movimientos ágiles.
Luché con su sujetador hasta lograr arrancárselo y dejar al descubierto dos grandes pechos, con unos pezones duros como rocas invitándome a deborarlos.
-Túmbate en la cama -ordené-.
Ella me obedeció sin pronunciar palabra. Yo me dirigí a mi escritorio y encendí unas varitas de incienso, para que el lugar tomase el olor de las iglesias.
Coloqué frente a la cama, la imagen de un Cristo que había en la pared para que nos pudiera ver, para que me observara mientras pecaba, encendí el equipo de música y puse un compact de cantos gregorianos y la acabé de desnudar.
Ella me miraba atónita, no podía creer lo que le estaba ocurriendo pero no decía nada, ahora, algunos años después, estoy seguro de que en su interior Pepi estaba disfrutando como nunca lo había hecho.
Tras preparar todo el escenario, me desnudé yo también y me coloqué entre sus piernas. Empecé a tocarla desde su cuello, bajando por sus pechos, deteniéndome en cada pezón, regalándole pequeños pellizcos que hacían que ella gimiera levemente. Bajé por su abdomen hasta llegar al ombligo, donde me detuve algunos momentos, disfrutando de la cara de placer que ella mostraba. Seguí con mi descenso y llegué al sitio que más veces había aparecido en mis sueños. Tenía bastante pelo y eso me excitaba aún más. Empecé a tocárselo con suavidad, y poco a poco fui introduciendo mis dedos en él: uno, dos, tres..., ella emitía pequeños chillidos que a mí me ponían a cien. Agaché mi cabeza y empecé a beber de aquella maravillosa fuente el agua más deliciosa que hombre haya probado.
Los monjes de silos amenizaban el momento, deleitándome con sus voces.
Tras varios minutos comiéndole el coño, Pepi llegó a un largo e intenso orgasmo.
Esta vez no reprimió sus gemidos, gritó tan fuerte que me preocupó que alguien la hubiera escuchado en el exterior, pero aquel día ya me daba igual todo.
Saqué la cabeza del paraíso en el que había estado sumergida y me incliné sobre Pepi, dejando mi polla a la altura de su boca, esperando que esta recibiera la primera felación de su precaria existencia, lo que no tardó en suceder.
La diosa que tenía frente a mí, metió mi falo entre sus labios y poco a poco lo fue engullendo, dando lengüetazos firmes que me provocaban un placer superior a lo imaginado.
La sugetaba con los dientes en algunas ocasiones, provocándome incluso dolor, pero no importaba, cuando el placer es superior al dolor, un poco de éste puede llegar a ser agradable.
Cuando estaba a punto de llegar al culmen de la felicidad, ella se detuvo y yo aproveché para sacar mi polla de su boca y acercarla a su coño, que me invitaba con una sonrisa a que lo penetrara.
Yo lentamente introduje mi polla en aquel túnel largo y estrecho, sintiendo en mi cuerpo algo que no había sentido jamás.
Entonces un grito salió de mi alma:-¡Dios mío! Dime, ¿es esto pecado?
Tras esto empecé a meter y a sacar con furia mi pene del coño de Pepi. Ella se aferró a mi cuello, mordiéndolo y pasando su lengua por él como si fuera una vampira.
Tras varias envestidas más, me corrí, un manantial cálido salió de mi cuerpo mezclándose con el agua pura que yo anteriormente había bebido.
Así permanecí algunos minutos, en los brazos del pecado, besándo su cuello como si de eso dependiera mi vida. Ella me abrazaba como abraza una madre a un hijo, con un cariño que me llegó al fondo de mis entrañas.
Poco después, ella se soltó de mi cuerpo, se lavó un poco y se vistió.
-Pepi, ¿tú crees que merezco ser cura? -le pregunté-.
-No lo sé -dijo ella-. Haz lo que te dicte la conciencia.
Tras esas palabras salió del cuarto.
Dos días después presentó su dimisión y se fue para siempre del seminario. Nunca más la he vuelto a ver.
Yo no acabé aquel curso allí, caí en depresión y todos creyeron que era mejor que retomara los estudios en mi pueblo.
Lo que nadie supo es que la depresión me la provocó la ausencia de la diosa con la que cometí el acto más puro que se puede llevar a cabo, aunque muchos se empeñen en decir que aquel que lo cometa verá arder su alma en el infierno.
por David
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