Una experiencia de altos vuelos 
 Nicte
Hacía tiempo que no me subía en un avión. Casi había olvidado esa espectacular sensación que se experimenta cuando el avión deja de estar en contacto con el suelo.

Y como no las fantásticas vistas aéreas que se pueden observar desde la ventanilla, aunque en esta ocasión no me había tocado la ventanilla ya que se la había cedido a mi mujer.

Íbamos juntos de a visitar unos parientes suyos que vivían en Caracas.

Ciertamente aquella visita a sus familiares no me agradaba demasiado pero finalmente acepté por viajar y de paso aprovechar para ver un lugar nuevo.

A mi mujer no le hacía demasiada gracia volar por ello cuando viajaba siempre intentaba relajarse al máximo e incluso dormirse.

Yo estaba cómodamente sentado en mi amplia butaca, y mi mujer hacía 10 minutos que había entrado en el reino de los sueños, cuando se acercó a mi uno de los auxiliares de cabina. Un chico joven de unos 30 años. En su mano portaba un zumo de tomate que me entregó al instante. Pero si o no he pedido nada le dije, Entonces se acercó a mi oído y me susurro en voz baja que me había invitado una pasajera. Cuando me giré me señaló una butaca del fondo.

Y allí estaba ella. Era Alicia. Hacía siglos que no la veía.

Alicia fue mi tercera novia y la mujer con la que descubrí todos los placeres del sexo.

Sigilosamente y para que mi mujer no se despertará, me levanté y me dirigí hacía Alicia.

Pero cual fue mi sorpresa cuando a su lado se encontraba un hombre durmiendo. Entonces ella me hizo un inequívoco signo de silencio y también se levantó.

“Es mi marido pero es tan aburrido que ya se ha dormido”. Me dijo Alicia mientras me acompañaba por el pasillo hacia la zona destinada a la cafetería.

Seguía siendo preciosa, una mujer realmente sexy, por ella no habían pasado los años. Seguía conservando todos sus encantos. Su larga melena rubia, sus firmes y voluptuosos senos y como no sus interminables y seductoras piernas que nacían en aquel estupendo culito respingón.

Charlamos amistosamente durante casi una hora en aquél pequeño lugar que llamaban bar.  Nos contamos nuestras vidas y batallitas. Mientras, no parábamos de mirarnos libidinosamente. No podía borrar de mi memoria todos los momentos que disfruté juntos. Mientras charlábamos, comenzó a crecer dentro de mí un oscuro deseo. Aquella fuerte atracción sexual que había sentido por Alicia estaba despertando de nuevo. Pero esta vez debía contenerla ya que ambos estábamos casados.

Durante nuestra conversación ella me confesó que últimamente se aburría mucho en su matrimonio, pero esa no era suficiente razón como para que nuestra pasión se desatase sin control.

Finalmente y tras apurar nuestras copas, ambos decidimos volver a nuestros asientos.

Ya sólo quedaban tres horas para llegar a nuestro destino y mi mujer continuaba profundamente dormida. Había pasado una hora desde que dejé de charlar con Alicia.

Llevaba un rato inmerso en mi libro cuando de repente, alguien me tocó el hombro. Me giré algo adormecido. Era Alicia. Y me estaba haciendo signos para que la siguiera.

Sin dudarlo me levanté lentamente y la seguí por el pasillo de aquél gigantesco avión. Estaba algo oscuro y prácticamente todos los pasajeros estaban dormidos.

Llegamos hasta la puerta de los baños y rápidamente nos metimos los dos en el de mujeres. Nada más cerrar la puerta nos fundimos en un interminable beso. Esa fue la chispa que encendió la llama de nuestros cuerpos. Nuestras hormonas se despertaron de su letargo y fue entonces cuando irremediablemente nuestros cuerpos se entregaron a la pasión más desenfrenada. La agarré de su cintura y la empujé sobre la pared de aquél habitáculo, al tiempo que comencé a tornear su bello cuerpo con mis ansiosas manos. No dude en introducirme por los entresijos de su ropa hasta llegar a sus erectos y turgentes senos, aún recordaba su tacto.

De repente, Alicia detuvo mis manos y comenzó a acercarse a mi hinchado pantalón. Rápidamente se sentó en la taza y me liberó de ellos sin demora.

Allí la esperaba mi sexo, pletórico y firme ante el reencuentro. Alicia comenzó a agasajarlo suavemente, al tiempo que inició su delicada degustación. Sus movimientos se fueron acelerando progresivamente mientras yo tan sólo podía acariciar su preciosa melena. Era una maestra consumada.

No sabía por cuanto tiempo más podría aguantar tal placer. Mi contención iba a ser vencida en breve. Aparté su rostro de mi inflamado pene, la agarré y la situé sobre el lavabo. Le subí su elegante falda y en un arrebato de lujuria, le arranqué sus braguitas. Continué besándola mientras le incrustaba mi pene en su interior. Fue entonces cuando inicié mis continuas y salvajes embestidas. Ella no paraba de gemir. El fin estaba próximo pero aún así, no podida controlar mis endemoniadas sacudidas. Hasta que en un alarde de desenfreno sexual, nuestros cuerpos estallaron en un océano de placer.

Tras unos minutos de relax. Nos vestimos rápidamente, salimos disimuladamente de aquél lugar y nos dirigimos a nuestros asientos no sin antes despedirnos con un furtivo beso. El vuelo estaba a punto de aterrizar aunque casi todos lo pasajeros continuaban durmiendo plácidamente, sobretodo nuestras parejas. Como me gusta volar.

por Nicte
 
 

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