|
|
Eran las tres de la tarde, pero el cielo estaba muy obscuro y parecía que iba a caer una tormenta muy fuerte. Anabelle había llegado de la universidad hacía un cuarto de hora y pensaba en lo penoso que resultaría para su hermana menor la venida a casa, en caso de que lloviera.CapituloSe metió al baño y puso a llenar la bañera. Esperjeó sobre el agua sales aromáticas para que se produjera una espuma abundante y relajante. Mientras la bañera se llenaba, ella se fue desvistiendo frente al espejo de cuerpo entero que había en el baño. A los 19 años, Anabelle, se había convertido en una mujer muy hermosa y sensual. Se quitó la blusa y el brassiere. Ante sus ojos aparecieron dos tetas preciosas, grandes y firmes. Su areola era relativamente pequeña, pero de un rosado muy sensual. En el centro, su pezón se erigía apuntando directamente al frente.
Seguidamente, se quitó la falda, las medias pantalón y la pequeña tanga de seda. Se miró al espejo y vio frente a si una mujer espectacular. Mientras contemplaba su figura, pensó en lo feliz que haría a un hombre algún día.
Enseguida desechó ese pensamiento pues sabía que primero tenía que terminar sus estudios de diseño gráfico para poder ayudar a su hermano en la agencia de publicidad que heredaron de su padre. Tácitamente, descartaba cualquier idea de casarse e independizarse, pues no sería justo para el resto de la familia.
El agua ya se aproximaba al borde de la bañera, así que cerró la llave y se metió dentro de ella. La sensación era extremadamente placentera. Sentía como la espuma y el agua caliente medio que le picaban por todo el cuerpo, pero en especial entre sus piernas y tetas. Anabelle, yacía en la bañera sin moverse tratando de captar toda sensación.
Una vez que se había acostumbrado a la sensación del agua, empezó a acariciarse las piernas, levantándolas una a una siguiendo con sus manos todo su contorno de abajo hacia arriba. Sentía una gran sensualidad al hacerlo.
Abrió sus piernas y acarició sus muslos, la parte de adentro. Esto enviaba pequeños shocks eléctricos a través de todo su cuerpo y le hacía erizar la piel de la espalda. El movimiento del agua cada vez que se movía creaba igualmente unas sensaciones riquísimas en su chucha. Sentía como el agua caliente abrazaba todo su sexo entrando y saliendo como un oleaje de placer.
Nunca, nadie había siquiera topado su sexo. Anabelle era virgen completamente.
Introdujo una mano entre sus muslos y empezó a sobarse suavemente los labios de su chucha. Con la otra mano empezó a hacer movimientos circulares aprisionando su teta y llegando hasta el pezón que introducía entre sus dedos y lo apretaba. Su mente empezó a divagar trayendo a la memoria fotografías eróticas de hombres desnudos que había visto en revistas pornográficas. Se imaginaba que era un hombre el que acariciaba su chucha y sus tetas de manera tan cariñosa. Mientras más lo hacía, más caliente se ponía.
Muy suavemente, empezó a sobarse el clítoris. Las sensaciones que esto le causaban eran deliciosísimas. Poco a poco, fue aumentando la velocidad. Su otra mano, agarraba sus tetas por turnos tratando de empuñarlas todas. Sus movimientos eran cada vez más fuertes. Recordó una instancia en que una vez vio salir a su hermano del baño con una pequeña toalla, luego de haberse duchado, la misma que se había caído mientras el se afeitaba frente al espejo.
Recordó la imagen de su verga, fláccida, pero de buen tamaño. Ella se había quedado atónita sin poder apartar sus ojos de aquella verga.
Era hermosa, había pensado en esos momentos y cada vez que la imagen se le venía a la memoria. Además, le producía una calentura tremenda acordarse.
Poco duró pensando en la verga de su hermano, sus movimientos y sus caricias empezaron a producir un oleaje de sensaciones indescriptibles. Sus músculos se tensionaron. Imaginó tener la verga de su hermano en su boca y sacando su lengua un poquito se humedeció los labios y empezó a morderlos frenéticamente.
De pronto sintió todo su cuerpo convulsionarse. Una y otra vez sentía el oleaje que el orgasmo causaba a todos sus miembros. Su mente alternaba entre un vacío y la imagen de la verga de su hermano. Terminó y se desplomó con abandono dentro de la bañera. Ahora, solo sentía una sensación deliciosa de relajamiento.
Salió de la bañera y cubriéndose con una toalla se tendió sin secarse mucho sobre su cama y se quedó dormida
ue con ella no jugase.
Octavio
Volver al Indice de Octavio