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Hoy me ha pasado algo que no esperaba, es más, nunca imaginé que esto me podía ocurrir.Yo creía que era una persona con una moral intachable, pero hoy me he dado cuenta de que la imagen que tengo de mí no se corresponde en nada con la que de verdad poseo.
Acabo de cumplir treinta años y hace cinco acabé la carrera de magisterio. Me especialicé en la rama de educación especial y me dispuse con toda mi ilusión a prepararme unas oposiciones, para un colegio de mi ciudad, pero al igual que ocurre en muchos lugares, el puesto se lo llevó la sobrina del director del colegio, aunque dudo mucho que se lo mereciera.
Así que me dediqué a dar clases particulares a niños y niñas con alguna minusvalía que necesitaran una atención más especial que los demás niños.
Aunque la alumna a la que ahora estoy impartiendo clases no es tan niña, tiene ya diecisiete años y estudia bachillerato superando con creces a muchos de sus compañeros de clase, y algunos dirán, y qué, será una alumna aventajada. En cierto modo lo es, Virginia es muy inteligente, pero tiene un problema que para muchos sería insuperable y para ella en cambio no supone ningún sobreesfuerzo: es ciega. Perdió la vista a los dos años y apenas recuerda nada del tiempo en el que dispuso de la visión.
Su madre me contrató hace unos meses para que le ayudara con las matemáticas, que es la asignatura que, como a muchos, más le cuesta sacar para adelante. Desde que empezó a recibir mis clases, Virginia ha mejorado mucho y creo que aprobará sin ningún problema.
Esta tarde, me dirigí a su casa como todos los viernes a eso de las cuatro y media. Estaría con Virginia tres horas intentándole explicar los fundamentos básicos de los sistemas de ecuaciones lineales.
Llamé al timbre de la casa un poco acelerado, ya que llegaba unos minutos tarde. Me abrió su madre:
-Buenas tardes Lucía -dije-. Discúlpe por la tardanza, es que he cogido un atasco impresionante.
-No te preocupes, no pasa nada.
-Gracias. Y Virginia, ¿Está lista ya?
-Si, pasa al salón, ya te está esperando. Por cierto, antes de que se me olvide, a las cinco tengo cita con el fiseoterapeuta y supongo que tardaré unas dos horas en volver. ¿No te importa quedarte solo con mi hija verdad?
-No mujer, claro que no me importa.
-Bien, he dejado en la cocina algunas pastas y café en la cafetera por si os apetece preparar algo para merendar.
-Muchas gracias. Supongo que sobre las seis haremos un descanso y tomaremos algo. Y ahora me voy con Virginia, vamos un poco retrasados y hoy tenemos que darle duro a las ecuaciones.
-Bueno, -dijo su madre-. Hasta luego. Supongo que volveré antes de que te vayas.
Le hice un gesto de despedida con la mano y me dirigí al salón.
Allí me esperaba ya mi alumna, con su máquina de escribir en Braille, su calculadora parlante y su libro de matemáticas.
-Hola Virginia -dije al abrir-. ¿Estás lista ya?
-Sí, ya lo tengo todo -respondió ella-.
-Muy bien, entonces voy a preparar mis cosas y comenzamos.
Transcurrió un buen tiempo sin novedad. Oímos el portazo de Lucía al irse y continuemos con la clase, aunque notaba a Virginia como pensando en otra cosa, no me prestaba la atención que me prestaba otras veces.
-Entonces -dije-. Si despejas x en la segunda ecuación obtendrás su valor. Haber, ¿cuánto vale x?
-Perdona, no te he escuchado, me puedes repetir la pregunta.
¿Qué te pasa Virginia? Normalmente eres muy despierta y hoy te noto como en otra parte.
No me pasa nada -respondió-.
Bueno, si te pasa algo y me lo quieres contar a lo mejor te puedo ayudar, o simplemente a lo mejor si se lo cuentas a alguien te desahogas un poco.
-Es que..., me da corte decírtelo.
-En fin, -dije-. Vamos avanzando, hemos pasado de que no te pasa nada a que te da corte decírmelo. Puedes confiar en mí, no se lo diré a nadie, si es eso lo que te preocupa.
-Bueno, te lo digo con una condición.
-¿Cuál? -pregunté-.
-Que no te rías de mí.
-Te lo prometo.
-Verás, es que en clase todas mis amigas hablan de lo que hacen con sus novios y de lo bien que se lo pasan y estoy muy triste porque aveces pienso que yo nunca haré esas cosas.
-¡Claro que las harás! Pronto encontrarás un chico que te quiera y descubrirás con él lo bonito que es el amor.
-Eso es muy fácil de decir, pero ¿cuánto falta para eso! Cinco años, diez, quince tal vez... No quiero esperar tanto tiempo.
Yo me quedé en blanco, no sabía como responderle. Cuando menos me lo esperaba, ella me sacó de mis reflexiones:
-¿Por qué no me ayudas tú?
-Pero Virginia, ¿como puedo ayudarte yo?
-Haciendo conmigo lo que dicen mis amigas que hacen con sus novios.
-Será mejor que sigamos con las matemáticas. Olvidaré esta conversación. Creo que es lo mejor.
-Ves, si fuese otra chica la que te dijera que quiere hacer algo contigo le dirías que sí sin dudarlo, pero a mí no me lo dices solo porque soy ciega.
-No Virginia -dije-. No te lo digo porque aún eres menor de edad, porque soy tu profesor, porque soy mucho mayor que tú y porque si alguien nos cogiera podría incluso ir a la cárcel.
-Nadie nos va a coger, mi madre llegará a las siete y son las cinco y cuarto, mi hermano está en el entrenamiento de fútbol y no viene hasta la cena y mi padre sale del trabajo a las nueve.
-Bueno, pero todavía me quedan excusas para no aceptar tu proposición.
-¿Cuáles? ¿La edad? Tampoco eres tan mayor. Una vez me dijiste que tenías treinta años y por otra parte, conozco muchos casos en los que el profesor acaba liado con su alumna. Ya no te quedan excusas.
En ese instante, me imaginé por un momento haciendo el amor con Virginia. Ella, que ya era una mujer pero a la que todos consideraban una niña, estaba teniendo sus primeras apetencias sexuales y necesitaba a alguien que se las calmara, pero no imaginaba que pudiera ser yo.
Sumido en mi imaginación, no me di cuenta de que ella empezó a quitarse la parte de arriba del chándal.
Lo arrojó lejos de ella y continuó con la camiseta interior que llevaba y luego se quitó el sujetador.
-¡Pero qué haces!
-Se me acaba de ocurrir una idea mejor -dijo ella-. O haces lo que yo te pida o le digo a mi madre y a todos que has intentado agusar de mí sexualmente. Me podría inventar una historia fácilmente: estamos solos y yo soy una pobre niña ciega, puedes hacer conmigo lo que te de la gana. Así que tú mismo, elige.
Mientras decía todo eso, se acabó de desnudar y se puso de pie junto a mí.
Me imaginé por un momento qué pasaría si no cedía al chantaje de mi alumna. Me vi en los informativos de los distintos medios de comunicación, soportando las críticas de toda la gente y vi tirados todos los años de estudios que había realizado.
La miré fijamente y pensé por unos instantes en quién le habría dado la idea del chantaje, me negaba a creer que eso se le hubiera ocurrido a ella. Tal vez lo habría visto en alguna película, o se lo habría oído a alguien en el colegio..., no lo sabía, intentaba buscarle la explicación a algo inexplicable.
Su olor a colonia infantil y sus pequeños pezones erectos a pocos centímetros de mis labios fueron los que acabaron de poner en revolución todo mi aparato sexual.
Así que, sin pensarlo mucho más decidí aceptar su proposición y que fuera lo que dios quisiese, al fin y al cabo, no me quedaba otra alternativa.-Muy bien, -dije-. No me dejas otra opción. Hago esto en contra de mi voluntad, solo por salvar mi carrera y mi dignidad, pero quiero que sepas que me has decepcionado. Nunca esperaba esto de ti y es probable que presente hoy a tu madre mi dimisión y no te de más clases.
Ella como contestación separó sus piernas dejándome ver un coñito virgen y sin un solo pelo.
-En fin, tú me dirás, ¿qué quieres que haga?
-Pues no sé, se supone que tú eres el profesor.
-Muy bien, túmbate en el sofá -ordené-. Y otra cosa, al ser tu primera vez te va a doler pero..., en fin, tú te lo has buscado.
Ella me obedeció. Yo me desnudé también y me acerqué a ella.
Empecé a tocarle con suavidad los pechos, hasta llegar a pellizcar levemente sus pezones.
Luego bajé por su pubis y me detuve en su coñito.
He de reconocer que para entonces yo ya estaba muy cachondo pero seguía sin gustarme la idea de hacer el amor con virginia.
Introduje un dedo en su vagina. Ella gimió de placer. Estuve jugueteando con mi dedo por allí y luego introduje otro..., y otro. Ella estaba empezando a dar gritos algo más fuerte de lo normal.
Entonces saqué los dedos de golpe suponiendo que le estaba haciendo daño. Pensé por unos instantes en que lo que le hacía no le gustaba y en que me iba a pedir que lo dejáramos. ¡qué equivocado estaba!
-¿Por qué paras?
-Si gritas tan fuerte te podría oir algún vecino, si quieres que siga baja la voz.
-Tápame tú la boca entonces.
-¿Haber, como quieres que lo haga?
-Con tu polla, por ejemplo.
Yo no creía lo que estaba oyendo. He de reconocer que era la primera vez que una chica me pedía mi polla para mamarla. Las dos o tres chicas con las que yo había estado anteriormente lo habían ello pero tras muchas peticiones por mi parte.
Así que hice lo que me pedía. Puse mi polla ante sus labios y ella empezó a chuparla. La noté extrañada, pensé que no había tocado nunca una polla, de ahí que se dedicara a explorarla suave y sensualmente con su lengua.
Yo seguía sin estar contento con lo que hacía, pero ¡lo estaba pasando tan bien!
Pasados unos minutos y viendo que me sobrevenía el orgasmo, se la saqué de la boca y empecé yo con mi lengua a explorar su cuerpo. Me encantó el savor de su coñito, dulce cual manzana madura.
Ella cerró violentamente sus piernas, impidiéndome mover otra cosa que no fuera la lengua. Creo que tuvo uno o varios orgasmos, no podría precisar. Tras unos instantes ella abrió sus piernas pudiendo yo salir.
-Bueno, creo que ya está bien por hoy -dije-.
-No, falta lo más importante, quiero que me hagas el amor.
-Te va a doler -dije-.
-No importa. Seguro que el placer supera al dolor.
Viendo que al final iba a ceder a sus peticiones, decidí no perder más tiempo.
Estuve otro rato pasando mi lengua por su coño para lubricarlo un poco, y cuando lo consideré oportuno empecé a metérsela.
Lo hice lentamente. Notaba como ella disfrutaba con cada centímetro, y como pedía más casi a gritos.
Y así permanecimos un buen rato, yo encima de ella, envistiendo con cuidado sobre aquel coñito virgen y viendo como ella se corría una y otra vez.
Pero mi orgasmo estaba apunto de llegar. La saqué de su vagina y me dispuse a hacerme una paja.
-¿Porqué has parado? -preguntó ella-.
-Me voy a correr ya y no quiero riesgos de ningún tipo, me voy a masturbar y listo.
-No, déjame que sea yo quien te lleve al placer.
Sin dejarme ni siquiera reaccionar, se lanzó a por mi polla y la chupó fuertemente hasta que me corrí. Intenté sacársela de la boca para que no se tragara el semen, pero ella no me lo permitió y se lo tragó todo.
Miré el reloj y vi que eran las siete menos veinte. Nos vestimos los dos rápidamente y limpié el sofá lo mejor que pude.
-¿Vas a presentarle a mi madre la dimisión? -preguntó Virginia-.
-No sé, lo pensaré esta noche.
-Pues te recomiendo que no lo hagas, porque ahora tengo pruebas de feacientes de que he hecho el amor recientemente y podría contárselo a mi madre. Mejor será que sigas siendo mi profesor particular y me des clases de dos asignaturas: de matemáticas y de sexo.
por David
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