La Cena
 por Nana
 
- Sabes que te digo que no voy a ir.

- Cómo, que no vas a ir, por qué?

- Pues, porque no. No me apetece

- Pero por qué?

- Ay, no seas pesado! No me apetece y punto. Además, he tenido una
jornada muy dura y estoy cansada. - Te parece suficiente como motivo?

- Mujer, no te lo tomes así, pero es que me parece demasiado tarde para decirles que no vamos

- Yo no he dicho que no vayamos, yo te he dicho que “YO” no voy a ir

- Pero como voy a ir yo, si no vienes tú?

- Pues yendo…

- Detesto cuando te pones así. Últimamente estás imposible.

- Será que tengo la regla… es lo que estás pensando verdad? Los hombres siempre buscáis la excusa de la regla para no ver más allá de vuestras narices.

- Oye, mira, vamos a dejarlo porque me parece inútil seguir discutiendo. Es evidente que estás buscando pelea y no se por qué, pero no tengo ganas de pelearme o sea que me voy…

Pedro se va dando un portazo y Eva suspira con alivio mientras escucha atenta el ruido del ascensor que le indica que está bajando. Se queda unos instantes pensativa y luego coge el teléfono y marca el número de Alfredo.

- Hola, mi amor! Por fin sola! He conseguido que este pesado de Pedro se fuera solo a la cena. Sí, ya sé que es una faena porque esta cena la organicé yo pero es que tenía tantas ganas de estar contigo… Anda, venga, no me hagas sentir culpable. Por una vez que estás libre, aprovechemos este momento. Sube rápido.

No han pasado más de cinco minutos cuando suena el timbre de la puerta y Eva se precipita para abrir y echarse en los brazos de Alfredo.

- Ven, mi amor, tenía tantas ganas de verte….

- Yo también, pero me parece una pasada lo que has hecho con Pedro.

Fuiste tu quien preparo todo y ahora le dejas colgado.

- No empecemos otra vez con eso. No se va a morir porque tenga que ir solo a una cena, además esta cena la organicé para él y no para mí, ya lo sabes. Yo no necesito ir a cenas para….

Eva no puede terminar la frase porque Alfredo se la corta con un beso y cogiéndola en brazos se la lleva hacia el sofá, pero en vez de tenderla en él, la posa cuidadosamente sobre la alfombra que está al lado y empieza a despojarla de sus prendas.

Ella se deja hacer, aparentemente pasiva, pero ayudándole imperceptiblemente en su tarea, favoreciendo el descubrimiento progresivo de su cuerpo que ella sabe irresistible para él. Este, a su vez, está totalmente concentrado en lo que hace, pendiente del placer que siente al deslizar lentamente sus manos entre sus ropas, venciendo los pequeños obstáculos que encuentra por el camino, controlando el impulso de romperlo todo porque ha aprendido a disfrutar del momento.

Cuando era más joven, su ímpetu le hacía romper barreras, llevándose con ellas gran parte de su propia fogosidad y perdiendo a menudo, en el intento, la percepción del otro, lo que convertía el juego en un placer más bien solitario aunque estuviera acompañado. Pero, ahora, la edad y la experiencia le han enseñado que es necesario crear un “clímax” y que su propio placer depende más del de su “partenaire” que de la vorágine desatada por la pasión.

Sus lentos movimientos surgen efecto y empieza a percibir el ligero temblor que la domina cuando el deseo hace su aparición. Tendida, los labios entreabiertos y la respiración jadeante, le mira fijamente con sus ojos gatunos agrandados por la pasión pero sin mediar palabra. La contempla y casi puede percibir el olor que se desprende de ella como el macho huele a la hembra. El sabe que ella está esperando y esta espera, casi animal, despierta en él un deseo desmesurado de complacerla.

Eva también le mira y adivina en sus ojos lo que está pensando y su cuerpo se estremece a la idea de lo que va a venir. Aún sin tocarla, el mero hecho de ver como la contempla, despierta en ella todos los recuerdos sensoriales que su cuerpo alberga y no necesita sentir el roce de sus dedos acariciándola para que su vulva se abra húmeda y solicita a la espera de esos dedos que no tardarán en jugar con ella.

El cruce de miradas da paso al inicio de toda una ceremonia. Cerrándole suavemente los párpados con su dedos la besa en profundidad, mientras la hace abrirse de brazos y de piernas. Luego, se aleja de ella y va a la cocina en donde empieza a hurgar. Eva oye el ruido pero sabe que las reglas del juego le impiden moverse o abrir lo ojos, tiene que permanecer inmóvil, preparada a lo que venga. Al principio tenía miedo de esos juegos, nunca se sabe en que pueden derivar, pero luego, le cogió gusto porque él tiene una fantasía desmesurada que siempre consigue sorprenderla. Ahora oye como él vuelve hacía ella y todo su cuerpo se tensa.

Alfredo se pone de rodillas entre sus piernas y abriendo el bote de miel, que ha cogido en la cocina, empieza a embadurnarle el cuerpo. La miel está un poco tibia y bastante líquida y su contacto la hace estremecerse sin llegar a identificarla, pero rápidamente el olor endulzado impregna su nariz y se mezcla con su propio olor un poco áspero de hembra en celo. Siente que su boca se llena de saliva y mueve ligeramente la cabeza para manifestar su deseo de besarle pero él no la ve porqué está absorto en la contemplación de su cuerpo chorreando de miel. Entonces empieza a lamerla a pequeños lametazos, deteniéndose en las axilas, jugando con sus pezones, que rebeldes se le escapan, bajando poco a poco hacia el pubis que brilla bajo su manto de azúcar.

Eva, sigue ansiosa el recorrido, sintiendo la piel de su cuerpo erizarse por el camino, le duelen los muslos de la tensión y tiene la sensación de que todo su cuerpo se ha convertido en un sexo ardiente que se tiende hacia esta boca tan anhelada. Sabe que él la está contemplando, disfrutando de su pose  lasciva, que retrasa a propósito el momento para así aumentar su deseo y poder observar las repercusiones de esa espera sobre su clítoris, que se yergue rojo y fiero, sobre los grandes labios que se abren como una flor dejando adivinar otros labios más jugosos y placenteros que palpitan levemente.

Es entonces, cuando se oye un ruido en la puerta de entrada. Alguien abre la puerta. Sorprendidos, no atinan a reaccionar. Alfredo se levanta rápidamente y constata con alivio que todavía no se había desvestido pero Eva... mira hacia ella y se da cuenta que la sorpresa la ha dejado en blanco. Se vuelve hacia el sofá, coge rápidamente la gabardina que llevaba puesta al entrar y se la pone por encima sin poder evitar de pensar que se la pondrá perdida.

Eva, oye Eva... dice Pedro, entrando en el salón, sin poder decir más a la vista del espectáculo, porque a pesar de la gabardina, el resto es lo suficiente explícito para comprender inmediatamente lo que está pasando. Les mira atónito a los dos y sin mediar palabra, se da media vuelta y se va.

Eva hace amago de levantarse para correr detrás de él pero se da cuenta de que en su estado lo mejor es que se quede quieta, “ya hablaré con él más tarde”, piensa. Se siente terriblemente frustrada y encima ridícula, una en el fragor de la batalla pierde el sentido del ridículo pero, a los ojos del que está fuera, este ridículo puede ser terrible. Tenía que habérselo dicho, piensa y mira hacia Alfredo que a su vez la está mirando y le dice: -tenías que habérselo dicho hace mucho tiempo. - sí, tienes razón- contesta ella y mientras se miran, un reír tonto empieza a apoderarse de ellos para convertirse en una risa histérica provocada por la reacción nerviosa. Los dos se ríen como locos sin poder parar hasta que las lágrimas se les saltan de los ojos.

- Dios mío, Alfredo, es terrible. Tu has visto la cara del pobre Pedro?

-Pues porque no has visto la tuya. Eras todo un espectáculo, desnuda bajo la gabardina y embadurnada de miel. Ya me dirás tú como se lo explicas esto a Pedro, en la vida lo entenderá.

-Ya, pero mira, es precisamente por esto que no se lo he dicho antes. Porque es tan conservador, tan poco dado a estas cosas, que siempre he pensado que no lo entendería. Y ahora que lo pienso, qué demonios hacía aquí, por qué ha vuelto? No lo entiendo.

- Quizás se haya olvidado de algo y por esto ha vuelto.

- Ay. no sé... que fastidio, con lo que prometía la noche...

- Te gustaba lo que te estaba haciendo?

- Me encantaba

- Podemos empezar de nuevo..

- No, ahora no podría. Este incidente me ha cortado completamente. Me voy a duchar porque estoy hecha un asco. Siéntate y tomate algo. Luego si quieres podemos salir.

- Bien... y Pedro..,  que harás con Pedro…, esperarás a que vuelva para hablar con él?

- No, hablaré con él mañana. Ahora me siento un poco violenta. Sé que le hemos chocado. Eso de sorprender a su admirado profesor de filosofía, que él considera casi como su director espiritual, en situación lasciva con una joven a quien dobla la edad y constatar, además, que, el dicho profesor, no solo no le hace ascos a las cosas terrenales sino que además se salta a la torera los sagrados vínculos matrimoniales, no se yo como lo va soportar. Espero que eso no haga que me considere como persona no frecuentable, porque le encuentro yo mucho encanto a este pisito y además el alquiler dividido por dos ,pues, resulta de lo más aceptable.

- No te preocupes, habla con él y si es necesario yo también lo haré, de hombre a hombre, como dicen. Venga, ves.

Alfredo se sirve una copa y se sienta plácidamente a la espera de que Eva vuelva. Se siente un poco molesto por el comentario de Eva. Esta chica tiene un don para definir las cosas de manera que parezcan brutales -piensa- vale, que soy mayor que ella, pero tampoco tanto. Solo tengo 40 años, estoy en la flor de la vida. Pero es cierto que quizás tendría que dejar de salir con mis alumnas, cada vez son más crías, aunque Eva no, Eva es toda una mujer y sabe como volverme loco

Absorto en sus pensamientos, Alfredo no oye la llamada de Eva hasta que ella le llama por tercera vez, pero en cuanto la oye se levanta y acude solícito porque algo en su voz le dice  que su estado de ánimo ha cambiado. Lo primero que ve al entrar en el baño es a Eva toda enjabonada en la bañera, los ojos cerrados, con una mano acariciándose los pechos y la otra sosteniendo el pomo de la ducha apuntando su sexo que destaca entre sus piernas abiertas. El agua sale a borbotones dividida en dos chorros con los que juega el sexo de Eva, que se mueve como independiente del resto de cuerpo, que se mantiene inmóvil con una cierta tensión. Alfredo se queda parado en el dintel de la puerta sin atreverse a mover. El espectáculo de Eva a la que nunca había visto así. le ha puesto de golpe en sintonía con el momento pero no sabe qué hacer: si quedarse allí contemplándola o bien participar.

Por fin se acerca y arrodillándose, contempla este sexo que parece tener vida propia y sin reflexionar introduce un dedo en la vagina, dejándolo quieto para que ella pueda también jugar con él a su antojo. Es evidente que la idea gusta a Eva que inmediatamente se retuerce y contonea, jugando con las dos fuentes de placer hasta correrse. Entonces cerrando el grifo del agua, coge su cabeza y la aplica con fuerza contra su sexo, que sigue hambriento, y le obliga a lamerla a fondo, bebiendo el agua que todavía chorrea. El se aplica porque sabe que esto la enloquece, pero ella no le deja y, cogiéndole, le obliga a levantarse y empieza a desnudarlo prestamente, invitándole a entrar con ella en la bañera.

Una vez desnudo se arrodilla ante él y empieza a enjabonarlo, deslizando delicadamente sus manos por los muslos y las nalgas y prestando especial atención a su verja que se yergue soberbia y desafiante. Eva no puede pasarlo por alto y la engulle presta, mientras acaricia con sus manos los huevos, aumentando el ritmo de su boca.

El se somete obediente pero no quiere correrse todavía, por lo que aprovecha la primera ocasión para separarse de ella y, esta vez, es él quien la levanta y empieza a enjabonarla otra vez, frotándose contra ella. Luego, le da la vuelta y la ensarta por detrás sin dificultad, iniciando un movimiento de vaivén cada vez más rápido. El jabón hace que sus cuerpos estén muy resbaladizos, falseando sus movimientos, por lo que, a veces, en vez de penetrarla por detrás, lo hace por delante, lo que provoca sensaciones diferentes y esta diferencia les produce una excitación cada vez más fuerte que les domina por completo y los dos exhalan un gemido al mismo tiempo, felices por haber llegado juntos al paroxismo.
 
Justo en este momento, se oye un portazo y la tímida voz de Pedro que pregunta:

- Eva, estás ahí, Eva ???

- Oh, no !!! exclaman Eva y Alfedro al unísono.

- desde luego no aprenderá nunca !!! añade Eva, sin poder contener la risa y empujando sigilosamente el pestillo de la puerta.
 

por Nana
 
 

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